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FERIA DE SAN SEBASTIÁN DE LOS REYES

Estafar al próximo

Organizar una corrida con toros y con precios como los de ayer en San Sebastián de los Reyes, tiene una calificación: estafa al prójimo. ¿Se entiende la indirecta? Los organizadores de este tipo de corridas aducen que la plaza es de tercera categoría y, en efecto, el reglamento permite que en ellas los toros tengan menos peso que en cosos de rango superior -sólo eso-. Por extensión, el público acepta que el trapío de las reses no llegue al inequívoco respeto que exige, por ejemplo, en Madrid.Pero una cosa es que el toro tenga trapío moderado y otra muy distinta que no tenga trapío ninguno; una que vaya aligeradíto de peso y otra que esté derrengado; una que no infunda precisamente pavor, y otra que aparezca con las astas sospechosamente cornicortas, supinamente romas, rematadas en escobón, o desmochadas por las buenas. De estas segundas modalidades eran los toros en San Sebastián de los Reyes, plaza que el reglamento taurino clasifica en tercera categoría y los aficionados, ya consideran de ínfima condición.

Chaparral / Niño de la Capea, Oliva, Camino

Toros de El Chaparral, indecorosamente anovillados, sospechosos de pitones y derrengados excepto el 62. Niño de la Capea: estocada corta caída (algunas palmas);pinchazo, otro hondo, rueda de peones y bajonazo (algunos pitos). Emilio Oliva: pinchazo hondo trasero bajo y estocada atravesada (oreja); pinchazo bajísimo y estocada trasera ladeada (silencio), Rafael Camino: estocada corta (silencio); pinchazo y estocada corta (silencio). El público protestó varios toros y abroncó a la presidencia por no devolverlos al corral. Plaza de San Sebastián de los Reyes, 28 de agosto. Segunda corrida de feria.

En cambio, para los precios, era más que de primera; de lujo, monumental y catedralicia debía de ser. Una localidad de tendido, tipo medio, costaba 2.600 pesetas. Y luego, el trato y los servicios. Seguramente con el propósito de ahorrarse empleados, abren unas pocas puertas y el público ha de guardar largas colas para entrar en la plaza. Las almohadillas, a 50 pesetas la unidad (más caras que en Las Ventas), son un atentado contra la higiene; un roto y sucio utensilio que da asco cogerlo. Los refrescos que venden por los tendidos cuestan más que en cualquier otro coso del país.

Lo de ayer parecía montado deliberadamente para quedarse con la cartera del usuario. Que protestaba el abuso, los toros, el fraude -es cierto-, pero le daba lo mismo, porque la autoridad que presidía la corrida, mientras tanto, hacía el Don Tancredo, atacado de sordera total para todo cuanto fueran peticiones de seriedad, orden y concierto. Ahora bien, una vez que el público pidió una oreja, entonces recuperó el oído y se apresuró a concederla, una amplia sonrisa iluminándole la faz.

La indignación crecía por momentos, pues no sólo fueron los toros causa de protesta. También los espadas. Ninguno de ellos hizo un quite en toda la tarde; es que ni intentarlo. Si se reservaban para el último tercio, la intención les resultó fallida, vista su absoluta incapacidad de cuajar faenas que remotamente recordaran los cánones del arte.

Pases, eso sí, pegaron cientos, cada cual a su aire. El del Niño de la Capea incluía buen perneo, dentro del legítimo marco de su estilo esencial, y perneó gozoso el remate de las suertes, después de tirar muletazos colocándose fuera de cacho y citando a una banderilla que le caía al arruinado toro por el brazuelillo del lado contrario. Embarcada la embestida bobalicona, el inquieto diestro corría a buscar nuevo terreno, cite y zapatillazo va. La afición antigua encasillaba en el subgrupo de "bailarines" a estos toreros de ratonera traza, mientras en la modernidad hay quien los designa maestros. Los tiempos, que evolucionan.

A un torito de clamorosa boyantía Emilio Oliva le hizo una faena larguísima, y cuanto más duraba, más se advertía que allí no había clase. A otro manejable no logró ligarle los pases. Rafael Camino aplicó un soporífero muleteo a un torete de media arrancada, y con el enterizo sexto no pudo.

La sensación de pérdida de tiempo y de tomadura de pelo cundía en los tendidos. Voces airadas intentaban zaherir con expresivos epítetos a empresa, presidente y lidiadores, apenas sin conseguirlo pues sonaba más fuerte la charanga, cuyos músicos se quedaban sin resuello atacando pasodobles durante los interminables muleteos.

Revisteros de la posguerra aprovechaban ocasiones así para decir que las faenas fueron "musicadas y oleadas". Ayer, en efecto, fueron musicadas, a modo; oleadas, ya no. A no ser que llamen ole a lo que gritaban en el tendido; cosas muy gordas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de agosto de 1986