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Tribuna:LECTURAS DE VERANO

La peña de la loba

Félix Monteira es periodista. Nació en Ponferrada en 1949. En este relato cuenta una historia de lobos, impregnada de misterio y poesía, y también de terror, que transcurre en una región montañosa y nevada y en un tiempo ya ido. Monteira trabaja en la sección de Economía de EL PAÍS.

Cuando los perros comenzaron a ladrar, ella ya había dejado, paralelas y nítidas, sus huellas impresas en la nieve helada, allí donde el camino termina la curva desde la que se divisa el pueblo. Lucio el capador -un breve escalofrío le recorría la espalda, años después, cada vez que recordaba su tan remota participación en la historia- contó muchas veces el vuelco sentido por aquel rastro profundo y ahuecado, de pies desnudos y gruesos, con los dedos curvados hacia adentro como garras. Pero, de ser cierto, Lucio lo vio dos días después y entonces ya nada tenía remedio.La fecha nos quedó para siempre grabada, unida a la nevada que el día antes había sorprendido a los soles otoñales. El furor de los perros cuando olfatearon la presencia cada vez más próxima sacó a las ventanas algunos ojos curiosos, menos de los que después confesarían haberse sentido alarmados por la sospecha de algo inexplicado, y hubo que contener a los chuchos con requiebros y órdenes para dejar a la mujer adentrarse en el pueblo. La extraña venía muy cansada, casi exhausta, cubierto su cuerpo con harapos desiguales y las huellas del frío en las piernas y en la cara. Protegía abrazado un hatillo al que los perros gruñían temerosos y que, a intervalos, despertaba su airada algarabía.

No respondió a los saludos de las comadres, ni pareció importarle que un discreto círculo de mirones, entre los que yo me encontraba, se formase a su alrededor cuando escogió como reposo los troncos hacinados a la puerta de la que fue casa de mis padres. Se mantuvo ajena a las solicitudes y huraña a los ofrecimientos. Su extraño aspecto, la inquina de los perros y la holganza sobrevenida con la nieve convocaron a la mayor parte del pueblo junto a la casa. Ella, con gravedad de cuarentona, se mantenía ajena a las ofertas hospitalarias de casi todos.

CÁBALAS Y COMENTARIOS

Las preguntas sin respuesta y el inquietante augurio que se desprendía de la forastera hicieron, como era inevitable, surgir las cábalas y comentarios, de una forma blanda en principio, igual que el vaho de las mañanas cuando atropas el ganado a la puerta de las cuadras. Por un momento el murmurado cuchicheo pareció, fundirse con el frío de la tarde, en un acoso inquisitorial y expectante. Entonces daba pena verla a ella, de mirada huidiza, esconder su minúscula e indefinida propiedad entre los brazos, jadeante todavía por el camino y asustada de los perros.

Al poco llegó la tía Valentina y las comadres abrieron círculo para incorporarla a su cabeza por la preeminencia que le era reconocida. Las dos mujeres se miraron, y alguien quiso ver, mucho después, un algo de resignación y sabiduría en los ojos de la mejor echadora de la oración al santo Antón que el pueblo siempre tuvo. Pero ella tampoco pudo apreciar las raras palabras de la recién llegada y todos, ya sin orden, tomaron el relevo.

No sé cuánto tiempo hubiera pasado en esa inversa subasta hospitalaria que nos honra de no haber llegado mi madre. Después de unos primeros intentos vanos probó con las palabras traídas de Cuba, las mismas que atormentaron mis escasos días de estudiante, y la magia se rompió de pronto. El asombro de los ojos de ella se desvaneció y casi una sonrisa arrugó su rostro. Todos pudimos asistir maravillados a un intercambio de palabras, parecidas pero ajenas, de las que entendimos, un poco por el gesto, que ella se negaba. con tozudez reconcentrada, que se encontraba bien y que sólo quería un rato de reposo.

Acaso esta escena bastó para que alguien dedujera que venía de Palencia, extremo este que quedó incorporado en el relato como verdad irrefutable. Y en todos se extendió por un momento una dorada visión de trigales bien cebados que algunos segaban en cuadrilla cada año, hoz y coraje, a cambio de jornal. El recuerdo de esa riqueza distante y llana hizo surgir la duda de una mujer expulsada de su ambiente, puede que por la maldad que apretaba entre sus manos, enredada en el hatillo.

El sol se fue de pronto y ese primer frío, ayer inesperado, se escondió en el interior de los zuecos y trepó por nuestras piernas. Quizás fue por eso por lo que ella acabó cediendo a los ruegos de mi madre y con la camaradería del idioma compartido entró en la casa. El disgusto de la tía Valentina, apenas murmurado en palabras inconcretas, serviría después para hacernos culpables de aquella hospitalidad que todos habían ofertado. Ese comentario y los hechos que vendrían sobre el pueblo serían la razón de nuestra ruina y también de la de todos.

'VIENTO'

Dentro de la casa fue diricil a mi madre hacerla hablar y sólo a duras penas aceptó el pan y el caldo. Cuando al poco nú hermano llegó del monte y entró en la casa con Viento, la penumbra de la cocina pareció estallar con sus ladridos. No hubo forma de hacerle entrar en razón y mi padre, por una vez, mandó atarlo en el corral. Sus aullidos reprimidos, la inquietud de las vacas y el brillo de los ojos de ella nos dejaron más tiempo aquella noche sentados alrededor del fuego coronado con el pote.

Viento era un perro listo, alegre, amigo de la familia. Su especial olfato para el lobo lo habría de completar años después con su intuición de los fascistas, lo que evitó a mi padre algunos de los muchos disgustos que le dieron. Mientras los hermanos estuvimos en la guerra, Viento cuidó solo el rebaño y avisó siempre a padre, con justa antelación, de los fachas que venían al pueblo y lo asolaban con multas y palizas. Su muerte puede que fuera descuido de viejo y nunca quedó claro a cuál de las dos especies que tan bien conocía cabía atribuírsela. Yo lo lloré mucho en lo hondo de la trinchera, mezcladas mis lágrimas con el color de la pólvora, pero entonces ya era casi un hombre.

Cediendo a mi insistencia, ante el silencio de ella que parecía sobrecogemos, sin nada mejor que mi tozudez de niño para conseguir prolongar la velada junto al fuego, mi hermano contó aquella historia que él había vivido un día con las vacas y que me alimentaba un miedo insuperable. Hacía años, cuando yo era así de pequeño, se había ido con el ganado al prado que mi padre tenía junto al río, bien lejos del pueblo. Antes de salir, recibió' para todo el día, un mendrugo de pan y un trozo de tocino -aquél que yo recuerdo el único alimento siempre presente en nuestra casa-, y marchó no sin antes escuchar de padre la conocida monserga de que en sus tiempos hasta aquel trozo de grasa rancia era un lujo inesperado.

Mi hermano recuerda que llovía y que ya en el prado, mientras las vacas pastaban, él labraba con la navaja un palo, protegido por un cobertizo improvisado de ramajes. Del río surgía una bruma honda, desmechada por los sauces, que asombraba el día y amortiguaba el ruido del arroyo. Llegada el hambre hizo una fogata y se puso a asar el trozo de tocino pinchado en una vara. Recuerda que una vez que miró hacia la orilla, vio surgir de entre la niebla un viejo diminuto y harapiento, que le pareció más pobre que el do Segundo, aquel que era el mendigo en un pueblo de niiseria como el nuestro.

Lo primero que sintió fue el miedo a perder su comida o tener que compartirla, pero no pudo huir -dijo- para no dejar las vacas sin amo y, aunque tenía 10 años, también para no ser un cobarde. Escuchó del hombre un "qué haces muchacho" y "debe estar bueno eso que asas", con una voz que le hizo daño en las tripas y se dobló sobre sí mismo, acaso para esconder de su mirada el mendrugo de pan que sostenía en sus rodillas. El viejo huroneé un rato cerca y luego, de cuclillas, provisto también él de un palo, se puso a asar babosas, la única caza conseguida por el prado. Comían los dos en silencio,y sólo el otro, de vez en cuando, comentaba aprobatoriamente su pitanza. De repente, mi hermano sintió que se había ido cómo absorbido por la niebla.

Recogió las vacas pronto y las azuzó más de lo que era prudente una vez llenas, y cerca ya del pueblo se encontró con tío Severiano. Con voz apresurada, urgido por un miedo irrefrenable, le contó lo que había vivido poco antes. Quiso saber quién era aquel viejo estrafalario y pobre, de voz tan aflautada, capaz de desaparecer como por encanto. Severiano, mi tío, que luego se Yiao comunista, no supo más que responderle: .¡Ah burro, no viste que era el diablo!"

Cuando terminó el relato, como siempre me pasaba, brotaron por mi espalda tinos surcos de frío intermitente y me acurruqué junto al fuego, más cerca de mi madre.

LOS AVISOS

No sé cuanto más rato pasamos allí, todos juntos, pero ni siquiera mi hermano con su alegría siempre viva pudo hacemos hablar mucho, mientras padre, pensativo, chupaba sin descanso su pipa inapagable. No, reparamos entonces en los ojos de ella, ni en sus manos aferradas al hatillo aun cuando comía, ni en los avisos de Viento, lo que habríamos de la,mentar por muchos años.

La insistencia de mi madre no pudo esta vez con su negativa a aceptar una cama y sólo la dureza de la helada la convenció de dormir bajo techo. Se acomodó tras la puerta, junto al pórtico de entrada, siempre abrazada a su hatillo, mínimo tesoro de misterios. Aquella noche los perros aullaron sin descanso y sentimos alguno rondar ante la casa.

A la mañana ya no estaba -nunca la puerta se cerró con llave- y nadie pareció preocuparse por su poco amable despedida. Sólo lo sucedido a partir de la siguiente noche fue la base de esta historia, pero todos después recordamos su llegada y su aspecto, buscando quizá el indicio que hubiera evitado nuestra desgracia.

Cuando Emesto, el mayor de Recaredo, llegó al atardecer diciendo que la había visto, al regresar de los prados que están detrás del monte que se enfrenta con el pueblo, cortando hurces y hacinándolas en el hueco de la peña, muchos encontraron la corroboración de la locura que le habían pronosticado. Únicamente la tía Valentina torció el gesto y se persignó ante la iglesia, lo que nadie recordaba que nunca hubiera hecho. Más tarde, meses, después, Ernesto agrandó el relato y contó también que ella no había respondido a su saludo y, que no pudo evitar en aquel instante que la piel se le erizase y asir más fuerte la batedera.

Aquella noche, el largo aullido del lobo surgió antes de las diez del mismo pico de la loma, encima de la peña. Pronto fue respondido desde la cumbre cercana y se transmitió por los montes como un eco cada vez más débil y ondulado. Los perros, asustados, buscaron todos cobijo de casas y corrales, y alguien comentó en el bar, al amor de la partida, que se anunciaba una lobada. La fiesta de lobos, reunidos junto ala peña, fue larga, entremezcladas sus canciones con silencios, y nadie pudo dormir en el pueblo.

Guiados por la experiencia de antiguas lobadas transmitidas por los viejos, a la mañana siguiente los rebaños salieron reforzados de perros y pastores, y las vacas se quedaron en praderas próximas al pueblo. Los mozos no pudieron evitar que volvieran dos cabras y cinco ovejas menos, y todos coincidieron en el miedo insuperable de los perros ante nueve lobos comandados por una loba fiera, que parecía dirigirlos con los destellos de sus ojos. Aquel año fue abundante de nieves y los rebaños regresaron diezmados con frecuencia. También murieron muchos lobos.

Un domingo, a pesar del frío, acudieron al pueblo cazadores en busca de la gloria y en pos del premio del municipio. Antes de la batida, en la explanada de la iglesia, los muchachos escuchamos un disputado recuento de proezas conseguidas a base de pólvora y puntería, un relato con exageraciones producto del orujo. También los perros hicieron de las suyas y hubo que echar mano de dureza y sabiduría de ojeadores para poner fin a las peleas. La batida fue larga y las botas rompieron aquel día la escarcha de los arroyos, asustaron las liebres y pusieron en peligro a los escasos urogallos. Ya por la tarde, alguien quiso adivinar el trote corto y la silueta movediza de lobos huyendo entre las peñas. La voz de aviso desencadenó un estruendo de disparos inútiles, de gritos, ladridos y carreras, pero ni aquel día ni otros que después se sucedieron pudo nadie matar a la loba grande, de ojos de hielo y fauces desmesuradas, que todos juraban haber visto encabezar la manada asesina. No fue nuestro pueblo el único elegido y todos sufrieron la depredación de unas bestias jamás tan atrevidas.

Poco a poco, con medias palabras y cuentos sin rienda se fue salmodiando la maldición que habría de caer sobre nuestro pueblo, que, a su vez, escogió en nosotros la causa que provocó la ira del destino. También surgieron las leyendas. En una aldea que lindaba nuestras brañas se decía que un niño había sido raptado por un lobo de tamaño inusitado, que lo arrastró en la calle sujeto entre sus fauces, antes de desaparecer para siempre. Resucitaron por un tiempo las historias de maldiciones arrojadas por padres cegados de la ira, que hacían de sus hijos lobos cuando la luna llena aparecía entre las nubes. En esas historias la maldición era liberada. cuando el padre acudía a la presencia de su hijo travestido en bestia para deshacer la desgracia. Hubo también preces presididas por un cura llegado desde lejos, pero nada pudo evitar el diezme, de los ganados desgranado poco a poco, ajeno a las mutaciones de la luna.

Nosotros todo lo intentamos. Al fin, desesperados de esa maldición que en sus correrías agrandaba más nuestra pobreza, recurrimos al remedio de los viejos. Fue una consigna transmitida con seereto, al margen del cura y el pedáneo, enemigos, por motivos no distintos, de prácticas contrarias a las leyes del Gobierno. Preparamos todo con sigilo. Y una noche de marzo, cargada de luna, salimos todos, grandes y pequeños, al camino con los carros. Las vacas uncidas llevaban más tapados que nunca los ojos para que no rehusaran los abismos de la ruta ni los fulgores de las antorchas que llevaban los hombres. Aquella noche, salmodiando la oración antigua, la que sólo saben viejos y comadres, recorrimos, con el alma en puño, los caminos y senderos que circundan los comunales del pueblo. El conjuro y los fulgores que engendraban fantasmas en las peñas quedaron apagados por el chirrido tenso y monocorde de los ejes de los carros, como un lamento de madera desmembrado por los ecos. También los zuecos de la gente retumbaban por el laberinto recorrido de quebradas, prados, pedregales, sendas y no pocos atajos. Nunca podré olvidar la procesión de aquella noche que, todavía hoy, resucita los fantasmas de mis sueños.

VUELVE LA RAPINA

Nuestro desario al orden se vio coronado por el éxito durante un tiempo, pero luego volvió la rapiña de las bestias y con ella el dedo acusador de casi todos contra los míos, culpables de una hospitalidad maldita que hacía a la comarca renegar de nuestra aldea.

Nadie sabe cuándo fue que se rompió la fuerza que mantenía la existencia del pueblo, y todos, uno a uno, fuimos decidiendo la partida. Comenzamos nosotros, malqueridos desde entonces y arruinados por la guerra, disimulando el viaje con querencias de emigrante. Fue como una señal y en tres años todos nos siguieron. El pueblo se quedó solo, demoliendo con paciencia los techos de paja y los muros que dan al norte, donde azota la lluvia en otoño y se acomoda la nieve hasta bien entrada la primavera.

Hace poco, después de muchos años, he regresado a mi pueblo, que no ha podido conservar más que una coraza de paredes derruidas, con zarzales que lo asedian y lo encubren, y su nombre escrito en ciertos mapas. En la aldea de al lado me contaron una historia separada de la mía por versiones y remiendos, que es mucho más cruel y de final disparatado. Aún ahora, después de tantos años, mi hermano asegura que en un descuido imposible pudo entrever en el fondo del hatillo la piel del sortilegio.

También algunos cuentan que, a veces, en la noche, un fulgor de ojos recorre los campos llenos de abandono y el bosque enramado con exceso. Me dijeron, y esto sí que pude confirmarlo, que en la peña de la loba, ya desde el atardecer, si uno se aproxima al recoveco, puede oírse, indistinto y rumoroso, un aullido plural, como de lobos, al igual que el mar en una caracola.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de agosto de 1986