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Tribuna:

Madrid

En el reciente programa vivir cada día, su director creyó necesario presentar personalmente el programa y justificar que trataría sobre Madrid. Tal como se hace a veces un momento antes de decir una barbaridad o de pasar una película que pudiera herir la sensibilidad del público, el director explicaba a toda España que si se hacía un reportaje sobre la capital era sólo por razón de la. festividad de san Isidro. Y aludió a anteriores programas dedicados también a otras ciudades, como Sevilla o Valencia, en sus correspondientes días de fiesta. Debía, por tanto, el espectador apartar de su mente la idea de que se escondieran intenciones de dominación centralista. Ya se le veía a él mismo que no tenía un porte dominador, sino efectivamente muy cordial, y ya se comprobó en seguida que, con el afán de no molestar a la nación, solamente apareció el Retiro.Una parte de madrileños o habitantes de Madrid con vieja con ciencia antifranquista soportan esta misma culpa. La izquierda cultural, el progreso, el noble proletariado, pero ante -todo la razón moral, residía mitológicamente en la periferia. Como consecuencia, el alza de Madrid -y no digamos del Real Madrid- ha llegado a sentirse como una operación opresiva. Con frecuencia, mientras los demás son exculpados de cualquier decadencia, a Madrid -y al Real Madrid- se le tiende a inculpar de sus sospechosos auges. No hay vacación en la playa en la que no les toque a los residentes capitalinos afrontar un debate sobre esta pesadísima cuestión.

Tendrían que comprobar algunos amigos en provincias de qué modo Madrid no es el Madrid que despierta su animadversión o sus celos. No conozco en toda España una ciudad menos ensimismada en su identidad. La idea de ser o tener que ser comunidad es tan laxa que se puede uno ciscar en lo que sea y no pasar por el sacrilegio ni por el sacrificio. Buena parte del actual orgullo municipal radica en la condición de no ser y de poder ser cualquiera. Incluso un cual quiera. De esa manera ha ganado fama de ser un lugar vivaz o seductor y, en mi opinión, de convertirse en el espacio más libre de España. No pienso pedir disculpas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de mayo de 1986