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Tribuna:

Porque las mujeres odian todavía sus cuerpos

La autora del texto, especializada en temas femeninos, analiza lo que considera una actual y trágica paradoja: la de que la mujer ha visto aumentar la preocupación con respecto a la imagen de su cuerpo, en una década, los ochenta, en la que tiene, por otra parte, un mayor sentimiento de su derecho al mundo exterior, al hogar. Al mismo tiempo que la liberación de las mujeres -señala- sela puesto en marcha un nuevo movimiento que insiste en que hacer del cuerpo un foco de atención es, en realidad, una palestra apropiada para los intereses femeninos.

Han pasado nueve años desde que me senté a escribir Fat is a feminist issue (La gordura es una cuestión femenina), una obra surgida del sentimiento de que la crítica implacable que las mujeres dirigen hacia sus cuerpos tenía que acabar. En el curso de mi ayuda a las mujeres en sus problemas con la comida, yo me he visto desagradablemente sorprendida al descubrir hasta qué punto muchas mujeres, mujeres que se ajustan más que adecuadamente a nuestros estándares estéticos actuales, se angustian diariamente a causa de sus cuerpos.En aquella época me sentía optimista respecto a que la marcha hacia la igualdad social haría posible que las mujeres encontraran nuevas fuentes de autoestima, haciendo así menos compulsivas las obsesiones sobre la imagen del cuerpo. Pero para lo que no estaba preparada, y lo que todavía me hace trastrabillar, es para reconocer la extensión, realmente masiva, del malestar de las mujeres con sus cuerpos y su preocupación respecto a los mismos. Una preocupación general por el cuerpo, una atención obsesiva a lo que una debe o no debe comer, un sentimiento subyacente de incomodidad y una enorme susceptibilidad al delito de hacer demasiado de una cosa o no lo bastante de otra son las marcas de contraste de una obsesión con el cuerpo que afecta actualmente a millares de mujeres.

Un curioso efecto lateral de la búsqueda de la igualdad por las mujeres ha sido lo que quizá se describe mejor como un retroceso. Las mujeres todavía sienten profundamente -y son estimuladas a sentirlo- que una parte esencial de la feminidad está vinculada a su capacidad para proyectar una imagen atractiva. Al mismo tiempo que la liberación de las mujeres ha venido desafiando la noción de que el camino que buscamos ha de ser la fuente más importante de la identidad femenina, se ha puesto en marcha un nuevo movimiento que insiste en que hacer del cuerpo un foco de atención es, en realidad, una palestra apropiada para los intereses femeninos. El empuje de esta campaña tiene que ser, con seguridad, un sentimiento de los años ochenta; no se trata simplemente de la misma vieja propaganda con una nueva puesta en escena. Ahora, la mujer liberada o moderna tiene que ser sana y atlética. El no al ejercicio lleva a sufrir la misma clase de culpa que se acostumbraba a asociar con las mujeres que comían chocolates. Los cuerpos de las mujeres han dejado de ser vistos como puramente decorativos. Tomando prestada la retórica del movimiento de las mujeres, esos verdaderos fabricantes que nos vendían cuerpos para lucir, nos venden ahora ese modelo a la última de este año completado con las distintas opciones de salud corporal de 1986. Fuera los pies vendados (o, en la versión occidental, los tacones altos), a la moda los cuerpos diseñados para el jogging y los bíceps a lo Bridget Woods. Hoy las mujeres son/deben ser fuertes y flexibles. Deben invertir su tiempo y su energía emocional en procurar ser sanas y tener una buena apariencia.

Junto con la tendencia hacia la salud como parte de la nueva estética está la tendencia, por parte de la industria de la belleza, a dividir nuestros cuerpos en fragmentos cada vez más pequeños. Coincidiendo con los deseos de las mujeres de ser vistas, como todo el mundo, al margen de su papel de esposas y madres, la industria de la belleza, paradójicamente, ha venido trinchando nuestros cuerpos y presentándonoslos en las páginas de las revistas para la mujer en porciones cada vez más pequeñas. Las mujeres no pueden evitar el pensamiento de que las distintas partes de sus cuerpos tienen que ser como se les muestra. Unos labios brillantes, unos ojos pintados, un suave par de piernas de rodillas para abajo llegan a representar la feminidad. Supone un esfuerzo especial reunir de nuevo esos fragmentos. Tan indefensas estamos ante este fenómeno que apenas nos damos cuenta de lo que el mismo nos afecta. Hacen falta unas circunstancias muy especiales para dejárnoslo ver. Una veterana editora de una revista nacional recuerda que al volver de un viaje de cuatro semanas a China se dio cuenta por primera vez de los embistientes senos de seis metros y de las piernas arrancadas de sus cuerpos que se elevaban sobre ella desde los tablones de anuncios de las calles. Se sintió impresionada ante el reconocimiento de la forma rutinaria en que tales imágenes se insinuaban por sí mismas en su vida diaria. Pero la mayoría de nosotras no somos tan afortunadas. A medida que intentamos enfrentarnos a esas imágenes, en lugar de simplemente recibirlas de forma pasiva, nos encontramos a nosotras mismas atrapadas en el esfuerzo de lograr una mayor perfección en cada una de las partes de nuestros cuerpos. Cremas, cirujanos plásticos, magia, hipnosis, uñas falsas, dientes cosméticamente enfundados, pestañas semipermanentes, senos de silicona y extracción de la capa de grasa de la zona de las caderas son sólo algunos de los artículos y servicios con que el mercado atosiga actualmente a las mujeres. ¡Demasiado para los holísticos ochental

Y, desde luego, los ochenta no han visto ningún amainar en el objetivo de la esbeltez. Cuando la mujer lucha para ocupar un mayor espacio en el mundo, la tendencia a presentar el ideal del cuerpo femenino todavía más delgado continúa cada año. Miss Mundo, las modelos de la moda, los maniquíes de las tiendas e incluso nuestras estrellas de cine favoritas son cada año más delgadas. No es sorprendente, pues, que las obsesiones de las mujeres con sus cuerpos apenas hayan disminuido. Se ha dado nueva vida a una vieja preocupación mientras las mujeres buscan reafirmar ante sí mismas y ante los demás su continuada feminidad. Una incursión en un probador de señoras de unos grandes almacenes nos proporcionará amplias pruebas de en qué medida siguen sintiéndose inseguras las mujeres en relación con su aspecto. Una mujer se pone unos pantalones vaqueros, barbotea en un lenguaje infantil, contrae los músculos del trasero, pone su cara de mirarse al espejo, se coloca en el ángulo cuya reflexión piensa que le favorece más y mira a su propia imagen esperando en contrar algo con lo que pueda convivir. La pregunta que se hace a sí misma: "¿Cómo estoy?", encubre tanto la esperanza como la ansiedad que pesadamente le agobia. La esperanza de que haya sido capaz de confeccionarse una imagen que funcione; la ansiedad de no resultar bien sino, por el contrario, resultar ridícula o no atractiva. "¡Uf", puede pensar, "estoy horrible". Si el pantalón no le va, la culpa es de ella. Está convencida de que necesita cambiar algo respecto a la forma en que ella/su cuerpo es. No está sola. Casi todas las mujeres quieren cambiar algún aspecto de sus cuerpos. RELACIÓN TORTURADA

Para algunas mujeres, este deseo les lleva a una relación con sus cuerpos partícularmente torturada. Llegan a creer que la transformación de éstos es una solución para toda una multitud de problemas vitales. No comer y conseguir una ultraesbeltez deviene una mínima exigencia de autoaceptación. El aumento en la incidencia de la anorexia y de su condición gemela, la bulimia, en los últimos pocos años es un doloroso indicador de cómo la incómodo relación de las mujeres con sus cuerpos ha cambiado el foco de atención en vez de atenuarla de manera significatíva. De hecho, la anorexia nerviosa afecta ahora a miles de mujeres más que antes. Se ha convertido en el síntoma psicológico de los años ochenta, en paralelo con la histeria que Freud encontró en las mujeres victorianas y ejemplificando los conflictos que las mujeres arrastran hoy. Cuando actualmente las oportunidades están en apariencia tan a disposición de las mujeres, una rígida pauta de negación de la comida y una negación de los apetitos sexuales y emocionales nos permite conocer que no todo va bien para las mujeres de hoy. Rechazan la comida en una negación simbólica de lo que la cultura pretende ofrecer.

Pregunta a una mujer por su cuerpo y voluntariamente te ofrecerá información sobre sus defectos. Si no mide algo más de lo que ella imagina debe medir, estará convencida de que sus particularidades necesitan ser mejoradas. Sus caderas son demasiado anchas; sus pechos son demasiado pequeños, demasiado grandes, no están firmes; sus muslos están demasiado fofos; sus piernas son demasiado cortas, sus tobillos están demasiado hinchados; la carne de la parte superior de sus brazos, demasiado floja; su cabello es demasiado fino; su nariz es demasiado larga; su vello facial es demasiado visible. La lista es interminable. Puesto así, resulta casi una parodia. Una puede quejarse para sí misma diciendo seguramente que esto no puede ser así; que es seguro que las mujeres no piensan realmente, de esta manera, no

se preocupan mucho de esto, no están preocupadas por materias tan triviales. ¿Ciertamente las mujeres no son sino autoindulgentes?Pero, en verdad, esta lista de defectos imaginarios del cuerpo es, ¡por desgracia!, sólo una transcripción fiel de la realidad de, literalmente, millones de mujeres actuales. Un comentario lanzado al aire por una mujer sobre sus muslos encubre unas ansiedades profundamente sentidas. Ocupan tiempo, restan energía emocional y hacen mella en la autoestima de una mujer. Sin ni siquiera ser conscientes de ello, las mujeres se miran a sí mismas con ojos enjuiciadores, previendo. defectos e imperfecciones y descubriendo algo que mejorar en cada zona de sus cuerpos.

Y mientras tanto, los hombres están siendo sometidos a más y más presión para que tomen en cuenta su apariencia; son todavía sus realizaciones lo que para ellos cuenta. Pregunta a un hombre acerca de su cuerpo y mientras que, a tono con la década de los ochenta, puede expresar su preocupación sobre el colesterol o la sal, la pregunta, básicamente, le deja cortado. No está acostumbrado a pensar sobre sí mismo de esa manera. Estará intrigado de que se le pregunte eso y contestará con una respuesta original antes que con una liturgia de defectos: "Mis manos son fuertes..., tengo buenas piernas..., puedo hacer 50 levantamientos de pesas...". Los defectos no son lo más importante en su conocimiento de sí, y de sus activos hablará con orgullo.

Por el contrario, hasta el ritual matutino de arreglarse puede estar lleno de tensiones para las mujeres. De tal manera es, a menudo, un ejercicio de composición de imagen y de elevación, de la moral. Para algunas, se trata de un acto creativo, de reunir materiales, colores y formas, de manera que resulte algo expresivo. Para otras, sin embargo, el mismo acto de ponerse la ropa supone una dolorosa confrontación con un cuerpo que no es satisfactorio. Es un juego de camuflaje, ocultación y engaño para transformar en sentimientos positivos los sentimientos negativos que tienen hacia sus cuerpos.

Hubo un tiempo en que se tenía una buena figura o no se tenía. No había mucho que se pudiera hacer por ella y simplemente se realzaban los puntos buenos. La moda sobre las formas del cuerpo cambia con las épocas más que con las estaciones. Las mujeres se preocupaban por sus cuerpos a través de las decenas de sus 20 y 30 años, y luego se acostumbraban a ser de edad media y se les pasaban esas preocupaciones. La belleza era una cualidad asociada con la juventud y tenía importancia para ese grupo de edad. Cuando las mujeres llegaban a la cuarentena, sólo las muy vanas -o las que pertenecían al mundo del espectáculo o la diversión, que dependían para su trabajo de su aspecto, admitían prestar mucha atención al estilo y la apariencia.

Pero en la actualidad son tales las presiones que las mujeres encuentran, en cualquier etapa de su vida, que durante los últimos años su implicación con sus cuerpos realmente se ha incrementado. Lisa es una próspera productora de televisión. Tuvo un gran éxito con una serie de docudramas cuando estaba en la veintena y desde entonces se ha visto siempre muy solicitada. Es feliz en su matrimonio y tiene una hija de dos años. Esbelta, bonita y muy bien vestida, resulta adorable e irradia confianza. Pero... Está preocupada de que sus muslos se pongan flácidos o tengan demasiada celulitis. Está tan obsesionada con ellos que emplea el poco tiempo libre que tiene entre la producción y el cuidado de su hija para ir al gimnasio. Va como mínimo tres veces a la semana. Es una adicta al ejercicio, al examen ritual del problema de sus muslos y a la sensación de que está obteniendo una mejoría y haciendo algo. Prefiere tomar una clase de baile por la noche que encontrarse con un amigo. Tanto mejor si el amigo la toma con ella, pero la prioridad es clara. Mantenerse esbelta y tener una buena apariencia son cosas realmente importantes para ella.

Cinco semanas después de que naciera su hija, Lisa se emocionó al comprobar que le estaban bien los vestidos de antes de quedarse embarazada. Podemos preguntarnos a qué se debía tal triunfo. ¿Por qué las mujeres actuales tienen que poner fin a la evidencia de tales indicadores de la feminidad? Lisa -en común con otras muchas mujeres- cree que, para que se la tome en serio, se le exige no sólo que sea competente y que se presente bien, sino que además debe tener una buena apariencia. Como si su feminidad fuera de alguna manera un vuelo de alto riesgo, las mujeres están, paradójicamente, más preocupadas hoy por la imagen del cuerpo y la salud física que las pocas mujeres que una o dos generaciones atrás, en las mismas posiciones, lo estuvieron. El seguir la moda y tener una buena apariencia no es precisamente un entretenimiento o una actividad placentera: es un imperativo. El mantenimiento de las proporciones alimenta la vieja obsesión por el cuerpo de unas formas nuevas y siempre ingeniosas.

Al igual que muchas mujeres, Sarah tenía toda una jerarquía de cosas que quería cambiar. Su vida de trabajo era atractiva, pero su vida personal no iba bien; su marido la había dejado poco después del nacimiento de su segundo hijo y ella trataba de encontrar un asidero en el que sentirse fuera de control en su vida, embarcándose en un programa de salud y belleza. Ella sabía en lo más profundo de sí que no era el estado de su cuerpo el causante de que su marido la abandonara; en realidad, ni siquiera estaba segura de que deseara estar con ese hombre, pero se sentía desolada y ansiosa y se aferraba al ejercicio y la dieta como una forma de probarse a sí misma que podía tener una actividad seria. Se aficionó al ejercicio y al salón de belleza. Cuando los amigos le preguntaban cómo se encontraba, Sarah. comentaba el estado de su cuerpo como si éste fuera un indicador de su bienestar emocional. Porque hablar de los cuerpos, de la dieta, de la gordura, de la esbeltez y de lo que no va bien en el cuerpo es un cómodo tópico para la conmiseración. Además, al ser algo con lo que casi todas las mujeres pueden indentificarse y, por consiguiente, un tópico en sí mismo afianzador, se ha convertido en un código que éstas utilizan para hablar de sus sentimientos íntimos.

En ninguna parte está esto mejor ilustrado que en el ambiente de los nuevos clubes de salud que han surgido como hongos, que primero fomentan y luego intentan satisfacer las necesidades de la incrementada preocupación de las mujeres por la política del cuerpo. El verano último pasé un día y una noche en un club de salud en el condado de Leicester. No había más que un huésped varón entre más o menos 50 mujeres. Mujeres de todas las edades, tamaños y rangos, desde las que habían ahorrado duro durante mucho tiempo para esta su vacación anual hasta las que podían tirar 60 fibras en una noche por la habitación y las 800 calorías comidas en comunidad y discutidas en detalle con todas las demás y con el mayor interés y compasión por sus problemas de belleza.

Mujeres que rozaban algunos de los magníficos estándares y que podían haber despertado la envidia de otras menos a tono con el look del verano de 1985, discutían con sus compañeras de hospedaje los defectos de sus cuerpos, atormentándose con los detalles. "No debo", u "odio" era la forma de empezar casi todas las conversaciones, señalando los "no debo" y los "odio" su ansiedad respecto al cuerpo. Detrás de las declaraciones de intentos de restricción de dietas o de empezar algún tipo de ejercicio, estaban las historias de represiones y resoluciones sobre otras materias, sobre el tabú en tanto de lo que las mujeres desean, sobre la necesidad de mantenerse activas. Si. controlo mi apetito puedo controlar mi angustia. Si comienzo a correr, acallo la parte de mí que me ve como perezosa. Los sentimientos de infelicidad se traducen en sentirse gorda; los sentimientos de incompetencia general o de holgazanería son trasladados al cuerpo como señales de flojedad. Además, gastar tiempo en el cuerpo es para las mujeres una manera legítima de estar pendientes de sí mismas o comprometidas consigo mismas. Si ello duele, tanto mejor. El aerobic y el esfuerzo físico han remplazado al peluquero como formas de tortura que nos aportan un bien. El fin de toda esta privación y castigo es el de que podamos sentirnos bien en nosotras mismas y atractivas. Y, sin embargo, la recompensa de esto no es más que transitoria. Lo que se ha logrado y conquistado hoy tiene que ser logrado y conquistado de nuevo mañana. El fin de la feminidad aceptable es siempre cambiante y esquivo.

LA EDAD

La tensión relacionada con la belleza y la salud corporal se ha extendido ahora a las mujeres de todos los grupos de edad. La vida no se acaba necesariamente a los 40, siempre que podamos mantener una imagen juvenil. Mientras a primera vista la mayor visibilidad de mujeres por encima de los 40 en Dallas, Dinastía y las revistas satinadas puede hacemos pensar que hemos atravesado las barreras de la edad, una mirada más atenta nos revela que: podemos librarnos del castigo de tener más de 40 años ¡con tal que continuemos pareciendo encantadoras, sexy y jóvenes! Las mujeres residentes en Los Ángeles se regalan mutuamente liftings faciales con motivo de su 40 cumpleaños. Para los 50, están en su segundo o tercer lifting. Se supone que el paso del tiempo no afecta a los cuerpos de las mujeres, ni tampoco, incidentalmente, los embarazos o el dar de mamar a los hijos. Ahora, el proceso de la edad y el reproductivo hay que ocultarlos detrás de una fachada de belleza esplendorosa y juventud. Esta evolución a duras penas puede decirse que represente todo un avance para las mujeres.

La preocupación por la salud y el aspecto del cuerpo también trasciende a las distintas clases y a algunos grupos étnicos extensos. Imágenes similares de esbeltez aparecen en revistas dirigidas a las mujeres de ingresos diferentes. Las modelos que aparecen en Honey, Vogue, Harpers Queen, Cosmopolitan, pueden llevar vestidos diferentes y estar situadas en ambientes distintos, pero todas estas revistas muestran sus modas sobre mujeres delgadas. Y dado que convertirse en parte de una cultura multitudinaria supone la adopción del código del vestir y de los estándares estéticos predominantes, en el Reino Unido hoy, una primera generación de mujeres jóvenes asiáticas, griegas, turcochipriotas y de la India Occidental están atrapadas cada vez más en la necesidad de ajustar sus cuerpos a las imágenes que ven a su alrededor en anuncios y revistas de moda. Es una forma de llevar, de expresar la pertenencia. Es a menudo un punto de fricción entre una joven asiática y su madre; porque la hija quiere adoptar la forma de vestir y los hábitos de dieta occidentales, mientras que la madre desea transmitir las pautas que ella ha manitado.

Así, paradójica y trágicamente, parece como si la última década -una década en la que, a pesar de las tremendas dificultades económicas, las mujeres occidentales tienen indudablemente un mayor s.entimiento de su derecho al mundo exterilor al hogar- haya sido testigo, no de una disminución de la preocupación de las mujeres con respecto a la imagen de su cuerpo, sino de un aumento deprimente. La implicación de las masas con la moda, el marketing de la salud corporal, la estética de la esbeltez y la presentación de las mujeres en perfectos fragmentos, se han aliado para atizar el fuego de la inseguridad respecto al cuerpo, en mayor o menor medida, en casi todas las mujeres. En un mundo de opciones espectacularmente cambiantes, la preocupación por el cuerpo es una constante obsesión. Una vez más, estamos siendo engañadas en un área tradicional de interés femenino, en lugar de mantener una saludable relación con la políticadel cuerpo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de abril de 1986

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