Cháchara
El castillo está en ruinas, las cinco primas que lo habitan van a venderlo a una extranjera, para irse a vivir cada una a un pisito; disputan entre sí, se unen después y deciden seguir juntas y bailar por sevillanas. Y estalla una bomba. El castillo es España; las primas son Galicia, Andalucía, Cataluña, Vasconia y Madrid -que a su vez representa a otras primas que no están-. De la bomba se sabe poco: se oye su explosión cuando cae el telón y queda en duda si es obra del novio-chulo de la vasca Begoña o la explosión nuclear.Esta situación única no da de sí para una obra de teatro, y el autor la rellena con la cháchara -conversación animada pero insustancial-, para cuyo uso -y en este caso abuso- tiene mucha facilidad. Se trata de insistir en lo obvio y presentarlo como algo original y gracioso. Las chicas se llaman Carmiña, Rocío, Montserrat, Begoña y Paloma: esta obviedad se acompaña, claro, del acento pronunciado de cada una y de la descripción de carácter adecuada. Cada una exalta sus propios tópicos y ridiculiza los de las otras. Cada una canta sus canciones y evoca sus buenos tiempos rústicos. Y luce su gastronomía y su traje típico. De cuando en cuando hay una antología del romancero y de los clásicos, venga o no a cuento; o de trabalenguas, o del refranero. Algunas danzas regionales. Los efectos de teatro se repiten: por ejemplo, Carmiña, la gallega, trepa innumerables veces al mirador para ver llegar un barco que espera siempre, desde que la obra empieza hasta que termina. Y Begoña, la vasca, se mete entre bastidores para que su novio la pegue y le robe. De cuando en cuando una da una bofetada a la otra, con el efecto hilarante que esto ha producido siempre en el circo. Y Paloma-Madrid toca el silbato del árbitro... Hay también evocaciones históricas que terminan en chiste, y recuerdos insistentes de quien fundó todo aquello, los Reyes Católicos. A veces escapa de todo esto un rasgo de ingenio, un chistecillo gracioso o una metáfora poética limpia. Principalmente está el tópico, y en gran parte la palabrota, la obscenidad, las palabras de doble sentido y sobre todo las de sentido único.
El hotelito
De Antonio Gala. Intérpretes: Beatriz Carvajal, María José Alfonso, Julia Martínez, Josele Román, Pilar Bardem. Escenografía, ambientación y vestuario: Francisco Nieva. Música: Gregorio García Segura. Dirección: Gustavo Pérez Puig y Mara Recatero. Estreno: Teatro Maravillas. 12 de diciembre de 1985.
Es una obra insólita. La construcción es nula; la trama, elemental, y la intención, oscura. Está suficientemente fuera de cualquier compromiso que no sea más que vagamente el de recordar que esta familia española tiene que vivir junta frente al extranjero, como lo ha hecho siempre. Aunque eso quizá la lleve a la destrucción final. Algunos espectadores tratan de ver si alguna de las regiones está bien tratada y alguna menospreciada, y cada uno proyecta lo que quiere, aunque se coincide en que Andalucía está más entrañada con el autor.
A gritos
Obra de cháchara, Gustavo Pérez Puig y Mara Recatero, directores, la montan a gritos y desplantes, como en un escenario de variedades, como en el circo -la zaragata- y como parece requerir el texto. Las cinco actrices se desgañitan, generalmente en fila frente al público. No es justo destacar a una sobre otra, ni en lo bueno ni en lo malo. Están apayasadas por el texto y por la dirección (que probablemente no podría ser de otra manera). La escenografía de Francisco Nieva recuerda su especialidad en decadencia o decrepitud sugerente: es bella, mejor ideada que realizada. Los figurines no pasan de lo obvio.
En el estreno del jueves por la tarde había quizá un centenar de personas mayores y un aluvión de estudiantes de COU. Fue un buen público para la obra: las palabrotas, los acentos y las coplillas, les hicieron reír abundantemente a todos y aplaudir; con efecto redoblado ante la presencia de Gala, que pronunció unas palabras recordando que estamos en Navidad.
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