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Tribuna:Ante el cincuentenario de la guerra civil

Los del 13

Comenzó a sentirse como un imperativo nacional la plena incorporación de España a la vida europea, cuando el vigoroso auge de la ciencia moderna mostró a unos pocos la grave deficiencia de nuestra vida histórica. Dos siglos más tarde, Costa lanzará la consigna de la europeización de España, y en el cultivo de sus respectivos disciplinas algunos españoles -Cajal, Hinojosa, Menéndez Pidal, Julián Ribera, Asín Palacios- se moverán en el mismo nivel intelectual que las vanguardias europeas. "La luz nos viene esta vez de la luminosa España", dijo el venerable Kölliker ante los hallazgos y las ideas de Cajal. Pero el metódico empeño de hacer del nuestro un país normalmente europeo, sólo con la generación subsiguiente a la del 98 -Ortega, Ors, Marañán, Pérez de Ayala, Américo Castro, Blas Cabrera, Azaña, Madariaga, Ángel Herrera, los discípulos de Cajal (Achúcarro, Río-Hortega, Tello, Lorente de No, Lafora), Rey Pastor, Pi y Suñer, Pittaluga, Nóvoa Santos, Hernando, Jiménez de Asúa, Picasso, Vázquez Díaz, Victorio Macho, Pijoán, Carner, Gabriel Alomar, Carande...- alcanzará formal realidad. ¿Qué nombre dar a esta espléndida generación española? Puesto que en 1913 tuvo lugar uno de los actos que mejor simbolizan su acceso a la plena vigencia social, el homenaje a Azorín en los jardines de Aranjuez, ¿por que no llamarla generación del 13?Europeizar a España de modo que los hábitos nuevos se fundan con lo mejor de su pasado y de su vida popular, tal es el objetivo común. El quijotismo adquiriría real eficacia transformadora, haciéndose cervantismo, en un sentido nuevo de este término. "Si algún día viniera alguien y nos descubriera el perfil del estilo de Cervantes, bastaría con que prologáramos sus líneas sobre los demás problemas colectivos para que despertáramos a nueva vida", escribió Ortega. La imaginación creadora, el ejercicio racional de la inteligencia, la documentación correcta, el trabajo metódico y la oportuna educación -es aquí obligado el recuerdo de lo que ya venía haciendo la Institución Libre de Enseñanza- deberán, ser los recursos principales para el logro de esa alta meta.

Educación de España, de toda España, para una vida españolamente europea. "Liga para la Educación Política" llama Ortega a la más temprana de sus empresas públicas. Educación es lo que en Cataluña se propone la primera heliomaquia de Eugenio d'Ors. Reformar y educar son las metas principales de El Sol, órgano periodístico de buena parte de la generación. Marañón quiere enseñar en su instituto medicina al día y convivencia ciudadana. Con El Debate, Ángel Herrera se propone europeizar nuestro catolicismo. Cultura europea actual y vida española se combinan en las novelas y los artículos de Pérez de Ayala. Ciencia a la europea hace y enseña en Barcelona Augusto Pi y Suñer, tras el valioso, pero poco metódico prólogo de Turró. Para ser estudiantes a la europea se prepara a los pupilos de la Residencia de Estudiantes. A caballo entre la generación del 98 y la del 13, a tal fin contribuye Juan Ramón, huésped y bautista de la Colina de los Chopos. Todo ello sin mengua de la admiración por Antonia Mercé, de la amistad de Juan Belmonte y de una nueva estimación de nuestro inagotable paisaje campesino.

Crítica, pues; dura crítica de las viejas lacras de la vida social española. En este orden de cosas, la continuidad con la obra de los hombres del 98 es patente. La novedad se produce a la hora de pasar de la censura al remedio. En lugar del ensueño, el proyecto. No la transfiguración, sino la reforma. Obra personal, desde luego; mas no imaginada y labrada en escotera soledad, sino arraigada en el seno de una institución educativa. Ahondar, sí, en los senos de la realidad de España; mas no para proclamar la oculta e inmaculada virginidad de ellos, como Ganivet, o para desde ellos mover la cruzada de la españolización de Europa, como Unamuno, sino para entender cabalmente nuestra historia y, sobre ese fundamento, edificar una España eficaz y europea. Frente al quijotismo, el cervantismo. La soñada ambición quijotesca de la generación del 98, ¿queda empequeñecida y alicortada en los ideales de la generación del 13? "Todo es conforme y según", respondería el sofista Manuel Machado.

Ahora bien: la proyectada europeización, ¿a qué Europa se refería? En un primer momento, a la anterior a 1914. No poco cambiará la vida europea con la I Guerra Mundial; pero la Alemania de Weimar, la Francia de Proust y Valéry y la Inglaterra de Oxford y Cambridge continúan siendo el modelo. Pasan los años. Casi todos ellos verán en la República de 1931 la gran oportunidad para la realización definitiva del proyecto común; hasta el propio Angel Herrera, tras las elecciones de 1933. Acaso sea Ors el único en torcer el gesto, aun cuando se halle lejos de compartir la postura y la doctrina de Acción Española. ¿Se cumplirá por fin la gran ilusión?

El "no es esto" de Ortega indica que la decepción va ocupando en su alma el lugar de la esperanza, y me atrevo a pensar que también en el alma de sus conmilitones. No creo, sin embargo, que el común brío reformador se extinguiera entonces. Y así reciben todos, sin sospecharlo, el golpe atroz de la guerra civil: él evento que más ruda y abiertamente podía oponerse al objetivo de la generación entera. Vista desde julio y agosto de 1936, qué tenue, qué frágil, qué limitada en extensión era, respecto de la total y ensangrentada realidad de España, la película que constituían las instituciones a que esa generación había dado vida: el círculo de Revista de Occidente y El Sol, las dos Residencias de Estudiantes, la Junta para Ampliación de Estudios, el Institut d'Estudis Catalans, la nueva universidad, la Asociación Católica de Propagandistas. En sólo unos días todo lo echó por tierra la ferocidad de las dos Españas que entre sí luchaban a muerte.

Cualquiera que fuese el grado de su afección a la España republicana, y descontados los más directamente comprometidos en la acción política, como Azaña, Besteiro, Fernando de los Ríos y Giral, casi todos optan por el exilio. La saña de los que en modo alguno querían convivencia civil y educación europea segó a otros la vida. Y luego, salvo aquellos a quienes su arraigo en otras tierras, la cerrazón de los vencedores o un imperativo de su conciencia vedaron el retorno, todos van regresando a la tundida piel de toro de su origen. ¿Para qué?

Volvieron para, en la medida de lo posible, seguir cumpliendo el noble designio de su generación. Su destino como españoles no podía ser el de los hombres del 98. A diferencia del ensueño transfigurador, el proyecto de reforma tiene siempre ante sí -tal vez exigua, tal vez amenazada- alguna posibilidad. Dos casos, a modo de ejemplo: el de Ortega y el de Marañón.

Apenas ha rebasado Ortega los sesenta años de su vida cuando se instala de nuevo en Madrid. Está en la edad de la "melada plenitud frutal", como de la plena madurez dijo el poeta Keats. ¿Para qué ha vuelto Ortega? Fundamentalmente para, en cuanto le sea posible, seguir siendo como español el mismo que fundó la Revista de Occidente: un educador intelectual y civil de su pueblo, a la altura de lo que entonces pide el nivel de la historia universal. ¿A qué sino a esto as-

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Viene de la página 13piraba el malogrado Instituto universal. ¿A qué sino a esto aspiraba el malogrado Instituto de Humanidades? Más joven es Marañón cuando regresa a España, reconstruye su Instituto de Patología Médica y prosigue la tarea interrumpida en 1936. Pero, contra lo que algunos pretendimos, la España imperante siguió oponiéndose al magisterio de Ortega, y en digno y recatado aislamiento hubo de morir el filósofo. No fue otra, contra lo que digan las apariencias, la suerte de Marañón. El imponente homenaje popular que recibió el día de su entierro, ¿qué era en el fondo, sino la tácita adhesión cordial del pueblo de Madrid a la persona, a la obra y a los no realizados ideales del hombre a quien entonces se enterraba?

Oigo la objeción inmediata: "¿Y Ors? ¿Y Herrera? Estos dos, ¿no fueron acaso triunfadores en la España ulterior a 1939?". Vale la pena examinar atentamente uno y otro caso.

"Esta es mi hora", debió de pensar Eugenio d'Ors al venir de Francia a España, a comienzos de 1937. Así pareció demostrarlo su paso por Pamplona, y luego su gestión en la Dirección General de Bellas Artes y la acogida a su personalísima invención del Instituto de España. Ors, sin embargo, no podía ser el intelectual de la España de Franco; se lo impedían su inteligencia a la europea, su incontenible ironía frente al mundo en torno ("Yo no soy Goethe, pero tampoco él es Napoleón") y el carácter doctrinario de su orsianismo ("Soy el alejandrino de mí mismo"). Así iban a demostrarlo su expulsión de la secretaría del Instituto de España, empujado por muy conspicuos representantes de la cultura oficial, y su melancólica retirada final a Cataluña, para en ella acabar de morir.

Otro trompe-l'oeil veo yo en el aparente triunfo político y social de Ángel-Herrera. Fue obispo, pudo fundar instituciones, tuvo a alguno de sus más fieles en el Gobierno y brindó a Franco el sabroso tanto de imponerle la birreta cardenalicia. Pero el régimen que había impedido la pervivencia de El Debate, la más personal y acaso la más querida de las creaciones seculares de Herrera, ¿podía admitir de veras la resuelta europeización de nuestro catolicismo que Herrera había propugnado? La tan invocada "doctrina social de la Iglesia", ni siquiera ella, ¿cabía de veras en la España franquista? Pese a la granjería del posibilismo colaboracionista, a cuya seducción tan notoriamente cedió, el europeizador Ángel Herrera murió en secreto fracaso. La vida religiosa ulterior al Concilio Vaticano II lo hace patente hasta para aquellos cuya mirada no traspasa la piel de las cosas.

Quienes con tanto ahínco habían tratado de educar a los españoles para que, entre otras cosas, la guerra civil no fuese posible, murieron con la visible o invisible amargura de ver cómo una guerra civil, la más sanguinaria de todas, arruinaba muy buena parte de su obra; tanto más si la muerte tuvo como suelo el exilio. Pero un ideal noble y no utópico, ¿puede fracasar por completo y para siempre? El horaciano non omnis moriar, ¿les estuvo enteramente vedado, en tanto que reformadores de España, a, los hombres de la generación de 1913? De lo que hoy hagamos nosotros depende la respuesta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de noviembre de 1985

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