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Tribuna:

De poesía de Nicaragua

Me llega desde San Pedro de Montes de Oca (Costa Rica) un libro del gran poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra. La editorial que lo ha publicado se llama Libro Libre, como pregonando que está junto a una frontera en peligro de que tras ella los libros y revistas se editen todos por una institución totalitaria como la que se llama en otros países editorial gubernamental.Ante todo tengo que explicar este comienzo un poco ex abrupto, pues ¿cómo voy a ponerme ni un momento del lado de los antisandinistas, cuando me acuerdo de la negra historia de los Somoza?, ¿y cómo olvidar la arrogancia con que Estados Unidos y su actual presidente, Reagan, actúan en todos los asuntos de América Central? En aquel oficialmente considerado humilde back yard está latente el peligro de la tercera guerra mundial. Ahí tenemos al Grupo de Contadora, con su apoyo en otros países latinoamericanos, desconocido por la ayuda millonaria y humanitaria a los somocistas. Como si Guatemala, Nicaragua, Honduras, El Salvador fueran sólo un corral tras el rancho riquísimo de la primera superpotencia.

Tenía que poner aquí este angustiado delantal político porque no tenemos derecho a hablar de literatura desconociendo el ambiente social en que se produce. Y además porque la literatura en nuestra lengua, que yo creo que hay que considerar en su unidad, no es más que, en parte, una literatura europea, a la que pertenece la que se produce en Madrid, en Barcelona, tal vez en Buenos Aires. Pero -y vamos a ocuparnos del libro de Pablo Antonio Cuadra- un libro escrito en Nicaragua está en español y refleja la vieja cultura europea, pero no pertenece del todo a ella. Todavía en este poeta la cultura básica es europea, pero es la historia, cada día con paso más rápido, la que pone los fundamentos de otra cosa. El mundo que refleja este poeta -y no sólo el de la naturaleza, sino el humano- es un mundo tropical, americano, que ya no acepta, como en los tiempos pasados, las convenciones de una forma europea. La libertad de la métrica, de la sintaxis, rompen de manera ostensible con ellas.

Este libro, que se titula Cantos de Cifar y del mar Dulce (volumen IV de la obra poética completa de Pablo Antonio Cuadra) es de poesía lírica, y en él se canta el gran lado interior de Nicaragua, y sus islas, y sus extrañas gentes, gentes que se expresan en nuestra lengua, pero que poco tienen que ver con Europa. Y por lo mismo, esta poesía lírica crea personas, figuras. "Ofrece", como dijo José María Valverde, "un mundillo real, un material humano que, aun sin argumento propiamente dicho, habría podido ser novela". Y según señala un crítico americano, José Emilio Balladares, el libro de poemas "no sólo toma de lo novelístico temas y realizaciones, sino también ese carácter objetivador y exteriorista por el cual el narrador sustrae su propio yo de lo narrado".

En efecto, después de leer este libro lírico vienen a nuestra memoria los personajes que no son descritos como en una novela realista, sino que son caracterizados, como en Homero, con sus epítetos, un rasgo distintivo para que no se nos olviden. Inés tiene una isla propia y "la vi desnuda correr / y hundirse entre las olas", por lo que "siempre hablo de Inés / cuando la triste y vesperal estrella / baja a las ondas / y su desnudo ardor baila las aguas".

La mujer se identifica así, como en un mito vivo, con la estrella vespertina. Pero hay personajes más de carne y hueso: Carmen, por ejemplo, la rubia dadora de su nombre a una de las islas, que "era la isla de las canciones", y es una de esas mujeres de las islas que enloquecen a los hombres llamados, con una palabra azteca, "los jugados / de cegua", las víctimas de aquellas inquietantes hembras.

Del maestro de Tarca, que explica a las gentes lo que tienen que saber, lo mismo los signos del tiempo que enumeraron Hesiodo y Virgilio, que las mejores comidas en el lago; con sus dichos enriquece a los hombres, y también con lo que insinúa.

Cifar, Cifar Guevara, alias el Cachero, era un hombre joven que nunca oyó de su homónimo, caballero medieval. El cantor sabe cómo fue parido, pues a su madre le llegó el trance navegando en el lago, y "metió el bote en el remanso / mientras giraban en las aguas / tiburones y sábalos atraídos por la sangre".

Y Cifar, que siente la tentación homérica de cantar a los héroes, conoció las tormentas y los peligros "de las aguas homicidas", y "Cantaré -me dije entonces- / a los hombres que trabajan en el lago...".

La boda, la boda de Cifar con Ubaldina fue en la noche y en la tempestad, amenazada por aquellas aguas.

En tantos recuerdos de vagabundeo por el lago se le enreda Cifar al autor de este libro. "¿Qué me pide partir?". Basta un arpegio en el arpa: "Una / vela / lejos / basta".

Todas las tentaciones del lago.

La muerte de Cifar nos la cuenta el autor en prosa en su prólogo. "Hace más de 40 años...", después de "un largo y tremendo chubasco" descubren desde la costa una lancha volcada: "¡Es el bote de Cifaf!, gritó un marino". Y el narrador se acuerda de sí mismo joven, que "llevaba en el bolsillo una gastada edición de la Odisea, miraba todo aquello y abría su corazón a lo que veía". Y así se preparaba para hacer este libro.

Esta literatura, tan vivida y a la vez tan literaria, ha sido siempre en Nicaragua un fuerte constituyente de su nacionalidad. Esto no ocurre en las literaturas europeas desde los siglos XVI o XVII, pero en América, en la tropical especialmente, estamos asistiendo a ello.

Esa literatura tan peculiar, que en una lengua europea nos habla de un mundo distinto, es el símbolo de la identidad de pueblos con existencia propia, que no son dependencia ni corral. Representa un mundo auténtico que clama con esa literatura, tan débil como parece, contra la desnaturalización que ahora se llama asesores extranjeros, los que el Grupo de Contadora querría retirar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de septiembre de 1985