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Tribuna:

Ni me callo ni otorgo

Juan María Bandrés prosigue en este artículo -que además de en EL PAIS se publica hoy en los diarios del País Vasco- la polémica que se inició con sus declaraciones sobre las relaciones de Xabier Arzallus con ETA, a las que contestó el ex presidente del PNV el pasado domingo en el periódico vasco Deia. EL PAIS ofreció a Deia reproducir, junto al texto de Bandrés, el nuevo artículo que hoy publica Arzallus en Deia, pero la dirección del diario declinó la invitación, ya que deseaba publicar el artículo en exclusiva.

El tranquilo verano se ha visto perturbado por la llamada polémica Arzallus-Bandrés. He permanecido en silencio voluntario esta última semana, y parece llegado el momento de explicar públicamente mi conducta.Es importante recordar el origen de la discusión. El pretexto es mi respuesta a una periodista sobre la posibilidad hipotética de mi pertenencia al PNV. Contesté que en ese partido no creía que me fuera posible respirar. Puedo asegurar que, como es natural, diría lo mismo de cualquier otro partido político distinto del mío propio.

En un estilo abrupto, Arzallus replica con una agresividad y una virulencia evidentemente desproporcionadas. Es como un navajazo dialéctico. Un puñetazo inesperado en plena mandíbula. Creo que sus palabras son conocidas. En transcripción libre, podrían ser las siguientes: "Usted, aquí, en Euskadi, no tiene aire para respiar. Como usted no es PNV ni VIB , no es nacionalista. Hasta se ha atrevido a mandar a sus hijos al Liceo Francés. Usted solamente es marxista y eurocomunista, y hasta hace poco ha convivido a gusto con la violencia".

Quienes conocen el que hacer político de Arzallus me han asegurado que Maquiavelo fue un niño de coro comparado con él. Seguro que exageran. Si es así, yo retiro mi comparación con el célebre florentino, y todos en paz. No quiero nuevas polémicas.

Pero lo cierto es que Arzallus -cuya inteligencia reconozco debió de darse cuenta de que con sus palabras hería profunda e innecesariamente los dos objetivos a los que he dedicado fundamentalmente mi vida y han orientado toda mi actividad política y hasta profesional: la paz entre los vascos y el autogobierno de Euskadi.

Es entonces cuando yo hice pública mi verdad. Verdad que se refiere a tiempos ya felizmente pasados, porque lo cierto es que, fueran como fueran las cosas, todos los polimilis de séptima están tranquilamente en sus casas -honrosamente, sin delaciones, sin claudicaciones, sin ninguna clase de humillación-, y los octavos, o están en libertad o esperan en la cárcel el indulto que vendrá a anunciarles cualquier día un senador del PNV.

Yo sabía que mi verdad iba a doler. Y, lo que es peor, que iba a ser aprovechada por quienes menos derecho tienen a ello, los eternos pescadores de aguas revueltas, los que, sin problemas morales, se instalaron o connivieron en o con el franquismo y que ahora, erigidos en ángeles guardianes, no tienen inconveniente en abrirnos y cerramos a su gusto -a los Arzallus y a los Bandrés- las puertas del paraíso democrático. A éstos es preciso recordarles que su actitud antidemocrática de antaño les impide mediar en esta polémica.

Pero preferí los inconvenientes de la verdad -de mi verdad- al silencio que suponía la admisión de la vergonzosa sentencia que me negaba el aire puro en mi propia patria.

El nacionalismoY es que Arzallus y quienes piensan como él tienen que comprender que nosotros, en materia de abertzalismo, no admitimos ni propósitos ni definidores generales.

En este país existe una tendencia irrefrenable a entender el nacionalismo en clave teológica.

Por un lado, la iglesia institucional y jerárquica, fuera de la cual no existe salvación. Se trataría del PNV de Arzallus.

Por otro, los cristianos díscolos, los pecadores. No cumplen bien los mandamientos, pero vuelven y son absueltos de sus pecados de juventud. !Ellos también perdonan a su madre, la iglesia, su excesivo conservadurismo, su rigidez y su intransigencia. Porque, al fin y al cabo, es la madre. Pueden ir juntos a muchos sitios. Desde luego, a misa, y también a los ayuntamientos. Serían los de HB.

Luego, los heterodoxos. Los protestantes. Los reformadores, aunque algunos les llamen reformistas. No reconocen la jerarquía. No se confiesan. Son socialistas, están condenados- sin remedio. No tienen salvación. Seríamos nosotros, los de EE.

Naturalmente todos los demás -PSOE, CP, PC, etcétera- serían simplemente infieles- No pertenecen a la cristiandad. Ni siquiera se comprende qué hacen aquí. Su verdadero sitio estaría más allá del Ebro.

Este sentido de la abertzaleidad (tan parecido al concepto de hispanidad difundido también por un vasco) no puede ser admitido por nosotros. Y se comprende muy bien que Arzallus nos niegue el pan y la sal del nacionalismo precisamente porque hemos definido nuestro abertzalismo en términos de modernidad que nada tienen que ver con imprecisos derechos históricos y sí con la voluntad actual de la gran mayoría de un pueblo. Por eso estamos satisfechos de ser heterodoxos, porque luchamos por un nacionalismo democrático, integrador, respetuoso, abierto y solidario que hace realidad la afirmación de que es vasco quien vive en Euskadi y que este postulado, sinceramente sentido y practicado, deja de ser una fórmula de ciertos manuales para campañas electorales.

Además habrá que recordar a los flojos de memoria que mi partido, y yo en su nombre, en el de bate constitucional, defendimos la autodeterminación y votamos a favor de ella, mientras Arzallus, con la derecha e izquierda española, votaba en contra de este derecho inalienable e imprescriptible de todos los pueblos, sin excluir el nuestro.

En cuanto a las ikastolas, no valen maliciosas generalizaciones. Yo estuve hace 15 años con tra un modelo de escuela parroquial que reflejaba una sociedad vasca capaz de excluir cultural mente a un Gabriel Aresti, del que ahora todos presumimos. Mi partido sabe muy bien lo que quiere: una ikastola que sea es cuela pública, euskalduna, laica, gratuita, plural e integradora.

Respecto a la violencia y a la lucha armada, es notorio que muchos militantes de EE pertenecieron a ETA durante la lucha contra la dictadura. Considero hoy un honor tenerles como compañeros de partido como consideré ayer un honor defenderles ante los tribunales especiales en aquellos tiempos.

Jamás me ha consultado nadie sobre si debía disparar o no. Si me lo hubieran preguntado, hubiera contestado, entonces y ahora, que no. He dicho y repito que existen muchas razones por las que estaría dispuesto a morir, pero ninguna por la que pudiera matar. Mis únicas armas han sido mi toga y los códigos. Mis manos, puedo decirlo muy alto, no están ensombrecidas por la muerte, y sí, en cambio, enriquecidas por las vidas a cuya salvación contribuí con mi trabajo político y profesional.

La violencia

Pero comprendí entonces y comprendo ahora que el recurso a la violencia es legítimo cuando a una comunidad (clase social, pueblo o minoría de cualquier signo) se le niegan sistemáticamente los derechos que son las señas de identidad de su condición humana. Por eso EE encontró justificación política a la lucha de ETA hasta el día en que a Euskadi llegó la democracia, que no fue el 15 de junio de 1977 ni el 6 de diciembre de 1978, como en el resto del Estado, sino el 25 de octubre de 1979, cuando el pueblo vasco aceptó mayoritariamente, en referéndum, el Estatuto de Guernica y concretó el grado de autogobierno deseado y posible en tal momento histórico.

Hoy, el PNV y EE mantienen una gran coincidencia sobre la naturaleza perjudicial de la violencia en Euskadi -lucha armada, actividades incontroladas y torturas- y sobre los medios para superarla: respeto escrupuloso a los derechos humanos, desarrollo generoso y amplio del estatuto, negociación y diálogo. Hay mucho camino que recorrer todavía, y EE quiere contribuir a la construcción de esa Euskadi que tanto amamos. Pero se nos debe aceptar tal como somos. Con nuestra claridad, con nuestra franqueza, diciendo las mismas cosas aquí y en Madrid, diciendo las mismas cosas en público y en privado, con nuestra verdad, a veces amarga. Como somos.

El resto de los infundios que han rodeado la polémica no merecen más que nuestro desprecio, lo que sería mejor, nuestra invitación a formular la correspondiente denuncia ante el juzgado, lo que agradeceríamos hiciera Joseba Azcárraga o cualquiera de quienes vienen repitiendo sus insinuaciones, y así no tendrían necesidad de reproducirlas cada vez que se acerca una nueva campaña electoral.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de septiembre de 1985