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Unamuno, prohibido

18 de junio de 1953Tertulia en el café Lyon. Celebramos el regreso de Dámaso Alonso de Estados Unidos. Hay pleno: Aleixandre, Dámaso, Gerardo, Muñoz Rojas, Spiteri, Bousoño. Dámaso nos cuenta su fallido encuentro con Vicente Gaos en Nueva York. Le había puesto un telegrama desde Baltimore anunciándole su llegada para que fuera a la estación a esperarle. Pero cuando llegó el tren a la estación neoyorquina, Gaos no apareció por ninguna parte. Coge Dámaso un taxi y llega a la calle 21, donde vivía Gaos. Sube al piso, llama a la puerta, pero nadie contesta. Desesperado vuelve al taxi y se lanza a buscar un hotel. Inútil. Todos están llenos. El chófer le aconseja una residencia para jóvenes, de una secta protestante. "Pero yo no soy joven ni protestante", alega Dámaso. "No importa, le admitirán". Y, en efecto, le admitieron, quedando encantado Dámaso de la baratura del alojamiento: dos dólares diarios. Además podía dormir por las noches gracias a unas opacas persianas que impedían entrar la luz en la habitación, cosa que le había molestado siempre en los hoteles neoyorquinos, y para evitarlo solía llevar en la maleta unos grandes paños negros con los que tapaba las ventanas. Nos cuenta después Dámaso lo ocurrido ayer en la junta de profesores de la facultad de Filosofía y Letras. Apenas abierta la sesión, Entrambasaguas presentó una propuesta para que se expedientara al estudiante Diego Catalán -nieto de don Ramón Menéndez Pidal- por repartir unos folletos acusándole de haber incurrido en graves errores científicos en algunas de sus obras. Dámaso se levantó entonces para decir que si Entrambasaguas había incurrido en esos errores había algo más grave: su ataque en el plano de la intimidad familiar a un maestro venerable como don Ramón Menéndez Pidal, en un cuento publicado en la Revista de Literatura, dirigida por el propio atacante. "Ah", le interrumpió Entrambasaguas, "entonces, ¿usted afirma que yo me refería en ese cuento a don Ramón?". "Sí, lo afirmo", le contestó Dámaso. "Pues pido que conste en acta esa afirmación de don Dámaso Alonso". "Y yo pido", replicó Dámaso, "que conste en acta que no sólo lo he creído yo, sino también el presidente del Consejo Superior de Investiga ciones Científicas, todos los pro fesores que aquí están y la Real Academia Española en pleno. Por tanto, pido que no se tome en consideración la propuesta del señor Entrambasaguas". Se aprobó por mayoría la petición de Dámaso y así terminó la sesión.

18 de septiembre

Visita a Vicente en Miraflores de la Sierra. Le encuentro con un aspecto magnífico y de buen humor. Ha recuperado la salud gracias al aire puro de la sierra. Pasa horas leyendo y escribiendo. Me habla de Eva, que ha pasado 10 días con él, dando largos paseos e intentando traducir a Brecht en colaboración. Eva sigue enamorada de Vicente, a sus 60 años, y desde Berlín continúa enviándole tiernas cartas.

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20 de septiembre

Cóctel en el Ritz ofrecido por la poetisa cubana Dulce María Loynaz, en cuya hermosa casa vivió García Lorca los días que pasó en La Habana en 1930, de regreso de Nueva York. Entre los invitados, Carmen Conde, Elena Quiroga, Josefina Carabias, Gerardo Diego, Fernández Almagro, López Rubio, Rosales, Rafael Montesinos, Mostaza, Rafael Morales y José María Souviron, que acaba de regresar de Chile, donde ha vivido 20 años dirigiendo la editorial ZigZag y enseñando en la universidad Católica de Santiago. El marido de Dulce María, que es cronista de sociedad en un periódico de La Habana, nos ofrece a cada uno de los invitados una caja de puros habanos de primera calidad, aunque pocos de los que estábamos allí fumábamos. Lo cual nos obligó a aplaudir con más calor el recital de poética con que nos obsequió Dulce María.

1 de octubre

Frase de Vicente cogida al vuelo: "El amante desea la felicidad de su amada, pero siempre que esa felicidad la comparta con él y no con otro. El amor es siempre egoísta. Todo eso de que el amante desea sobre todo la felicidad de su amada aunque sea a costa suya son monsergas. Prefiero que mi amante sea desgraciada a que lo pase muy bien con otro".

10 de octubre

Cena con Vicente, Dámaso, Muñoz Rojas y Bousoño en el restaurante Casa Lázaro, en la calle de Zorrilla, muy cerca de donde vive Azorín. Dámaso, que siempre es el más hablador del grupo, acapara la conversación contándonos historias del II Congreso de Poesía celebrado en Salamanca, donde -nos dice- lo pasó bomba yendo con los jóvenes poetas -Montesinos, Caballero Bonald y otros- a tomar copas. La última noche, ya de regreso al hotel, se encontró con una pareja americana que había cogido una cogorza de primer grado. "Ella era un peso pesado, alta y gorda. Iban dando bandazos por las calles solitarias de la ciudad, y de puro milagro se sostenían en pie. Yo cogí del brazo a la americana para evitar que se cayera y los acompañé a la pensión donde vivían, cerca de la plaza Mayor. Abrió el sereno. La escalera era estrecha y empinada, y tuve que ayudar a la americana a subir empujándola con todas mis fuerzas por el traste. Pero seguía dando bandazos, y la escalera, que era de madera, crujía como si hubiera un terremoto. Por fin logré meter a la pareja en su cuarto y me fui a dormir. Eran ya las tres de la madrugada y me dormí de un tirón".

Terminado el relato, todos admiramos la resistencia de Dámaso, que a las siete de la mañana estaba ya levantado y tan fresco, camino de la estación para regresar a Madrid.

25 de noviembre

En Velintonia. Comentamos la última felonía del régimen. El obispo de Canarias ha lanzado una pastoral contra Unamuno, condenando sus obras y amenazando de excomunión a quienes las leyesen. El obispo envió copias de la pastoral a las autoridades civiles y universitarias de Salamanca, precisamente en los mismos días en que la universidad celebraba su séptimo centenario, entre otros actos con la inauguración de la casa-museo de don Miguel. Resultado: el Gobierno dio órdenes para que el homenaje a Unamuno se suspendiera, y que no se citara su nombre en ninguno de los actos, ante el asombro de los delegados extranjeros y los rectores de muchas universidades. El odio a Unamuno es ya una verdadera manía de la Iglesia española, cuyos representantes en el Gobierno -los ministros del Opus- siguen fielmente las consignas contra el autor de La agonía del cristíanismo.

Me cuenta Vicente lo que ha ocurrido con el drama inédito de Unamuno Soledad. La compañía del Teatro de Cámara, que dirige José Luis Alonso (que es quien se lo ha contado a Vicente), pidió autorización al ministerio para dar una sola representación del drama. Costó bastante trabajo conseguir la autorización, pero al fin se obtuvo. El estreno -pues de estreno se trataba- fue un gran éxito, y miles de personas se quedaron sin poder asistir a él. En la misma función se representó -y gustó poco- una obrita de Cocteau, quien está estos días en Madrid. El éxito de Soledad molestó tanto al ministro de Información, Arias Salgado, que ni corto ni perezoso dio la orden a las periódicos de que no se publi caran críticas de la obra, ni si quiera la noticia de su estreno. Hubo un crítico, Luis Calvo, que, obedeciendo la orden, habló en Ábc sólo de los intérpretes, elo giando su actuación, pero el lec tor que no estuviese en el ajo no podía saber a qué obra se estaba refiriendo el crítico, ya que en su reseña no se citaba el título de la obra ni a su autor.

27 de noviembre

Tertulia en el Lyon. Seguimos comentando el estreno de Soledad, de Unamuno, y Dámaso suelta un durísimo ataque contra el régimen, al que califica de vil y de haberse entregado de pies y manos a la Iglesia, cuyos obispos son en realidad quienes controlan el pensamiento y la cultura de este país. "Yo me debí quedar en América", nos dice, "enseñando allí en una universidad, pero no lo hice por no dejar abandonada aquí a mi madre, con sus 70 años. La vil campaña contra un genio tan español como Unamuno descalifica a un régimen".

12 de diciembre

Tertulia en el Lyon. La fobia de Dámaso contra el Opus sigue al rojo vivo. "Quizá esa gentuza tenga la culpa", nos confiesa, "de que yo no me haya ido acercando más a la fe católica. Hace más de 20 años que no comulgo, y no voy a hacerlo ahora, cuando veo en qué manos está la religión en España.

Pero me hubiera gustado ser amigo de san Agustín, que era un hombre extraordinario. Las confesiones es uno de los libros más hermosos que he leído en mi vida. Estoy más cerca del catolicismo que Vicente, y soy una pera madura que puede caer cualquier día en la conversión". Muñoz Rojas asiente, y le dice con burlona retórica: "¡Oh, Dámaso, gran blasfemo, gran irreverente, más tarde o más temprano tú te acercarás a Dios!".

16 de diciembre

José María de Sagarra está en Madrid, y Vicente nos invita a comer, esta vez en L'Hardy. El tema de la conversación ha sido el número de Ïnsula dedicado a las letras catalanas, que ha pasado la censura no sin dificultades, y la situación de los escritores catalanes que siguen condenados a no poder publicar sus libros en su idioma. Sagarra ha estado, como siempre, conversador y ameno. Pero ha salido en la charla el tema Carlos Riba, y esta vez nos ha confesado amargamente sus quejas. No creíamos que el duelo Riba-Sagarra se hallase tan enconado, sobre todo después de las aparentes muestras de reconciliación entre ellos y de la intervención de Sagarra en el homenaje a Riba en Cadaqués. Aparentemente, la relación entre ambos parecía correcta y aun cordial, pero por dentro se cocía la rivalidad y el encono mutuo. Sagarra no le perdona a Riba lo que él cree una permanente voluntad de aislarlo y restarle categoría de poeta. "Admito", nos dice, "que Riba es algo muy importante en la poesía catalana, pero le reprocho el haberse rodeado de una camarilla de jóvenes que le halagan y le endiosan, lo que le hace un daño evidente".

También acusa a Riba de que en el número de Ínsula dedicado a las letras catalanas, orientado por Riba, no se haya hablado de un gran poeta catalán, José María López-Picó. Incluso ha publicado un artículo en el Diario de Barcelona elogiando el número de Ínsula, pero insistiendo en la injusta ausencia de López-Picó en sus páginas, "que no debe achacarse", escribe, "a la dirección de la revista", lo que era una forma de aludir a Riba como culpable sin nombrarlo. Mucho me temo que la enemistad Riba-Sagarra no tenga solución.

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