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Entrevista:

Peter Schneider:, "La gente de izquierda no debe dejar de lado ningún tema"

El escritor Peter Schneider visita Madrid con ocasión de la Semana del Libro Alemán. Nacido en 1940, en la ciudad de Lübeck, cerca de la frontera con Alemania Oriental, Schrieider ha mostrado en su producción, tanto de literatura de ficción como en artículos periodísticos, su gran preocupación por los mecanismos del poder. Autor de las novelas Lenz, ... Ya eres un enemigo de la Constitución y ahora de El saltador del muro, ha publicado también numerosos ensayos en la revista Kurzbuch, de Hans Magnus Enzensberger. Para el polémico autor, que el pasado miércoles mantuvo una tensa discusión con su colega español Juan Benet sobre el compromiso del escritor, "la gente de izquierda no debe dejar de lado ningún tema".

Pregunta. El muro de Berlín ha sido parte ineludible de los discursos de los políticos de la RFA. Su última novela, El saltador del muro, ha vuelto a poner el dedo en la llaga. ¿Con qué propósito quería usted llamar la atención de las generaciones más jóvenes?

Respuesta. Escribo para poder comprender algo yo mismo. Cuando sé lo que quiero decir, cuando sé la solución a algo, me siento tan poco estimulado que no escribo sobre ello. Lo que mi generación quiso poner en claro es que hemos dejado durante tanto tiempo un tema tan importante, un tema como este de la división de Alemania, en manos de las personas equivocadas. Sé que esto puede resultar polémico, porque ellos tenían los mismos derechos a expresarlo, pero pienso que eran las personas equivocadas porque lo hacían para obtener una fácil salida favorable a ellos. No se debía nunca definir lo que la libertad era para nosotros; se nos decía: mira lo que sucede ahí y sabrás lo que tienes. No se podía definir lo que era la democracia porque te decían: mira al otro lado del muro y sabrás lo que es la dictadura.

He escrito en mi libro que el muro nos servía de espejo, que nos servía para mirar cuál de las Alemanias era la más hermosa. No queríamos saber nada con ese asunto. Esta reacción era comprensible, pero habíamos usado la llave equivocada. Habíamos hecho para nosotros de este tema un tabú, con el estúpido argumento de que si hablamos de este asunto nos estamos sumando a ellos. Habíamos dejado a las personas equivocadas poner el dedo sobre la verdadera llaga.

A mediados de los años setenta yo me aparté de esta lógica. Me pregunté por qué había yo de apartarme de un tema sólo porque era utilizado como arma por gente que no me agradaba. Pienso que la gente con pensamiento de izquierda no debe dejar de lado ningún tema: ni Polonia, ni Afganistán, ni el muro de Berlín, porque, si no, seríamos tan estrechos de mente como la gente que combatimos.

Rábanos en el muro

P. El saltador del muro menciona el muro interior de los alemanes. ¿Tienen los jóvenes todavía este muro interior o se ha convertido sólo en una pequeña valla?

R. En cierto sentido, creo que así es. Los jóvenes tienen una vivencia y una idea de la división y del muro distinta que las generaciones anteriores. No conocen otro estado. El muro se construyó cuando yo tenía 21 años y llegué a Berlín. Los que hoy tienen 20 años han nacido con él y plantan a su alrededor rabanitos, organizan conciertos punk y lo pintan. El muro de Berlín es quizá la más amplia superficie libre para pintadas del mundo occidental; es una gigantesca banda de grafito, y lo que ellos piensan es que todo esto es una locura; es monstruoso, pero en cierta medida cómico. No guardan un comportamiento patético al respecto, y esa falta de sentimiento de culpa la considero, en cierta medida, productiva. Se nos ha explicado durante años cómo se hizo este muro, con diferentes matices políticos. Una de las más importantes es la que nos dice que como resultado de la II Guerra Mundial tenemos esta división de Alemania; como consecuencia tenemos esta política de la división de Adenauer, pero además con un no reconocimiento oficial del asunto.

Hay que saltarlo

P. Esta última novela incita al deseo de saltar el muro.

R. No es así porque yo lo piense, sino porque es una respuesta de la realidad. No podemos cambiarlo, pero no podemos aceptarlo. Es fácil ceñirse a uno de estos lados. No podemos cambiarlo y tenemos que acostumbrarnos, o dices: es una locura y planteo la guerra. La verdad es que es una locura que no podemos cambiar y no podemos aceptarla. Pienso que es verdaderamente lamentable cuando una situación -que no puede cambiarse se comienza a aceptar. Éste es el proceso que vivimos y que va más allá del perfil del muro de Berlín. Esta silueta del muro no dibuja solamente a Berlín, sino al mundo entero, el Este del Oeste.

P. Su última obra es un drama que habla sobre España y sobre México. ¿Qué aspectos trata?

R. Espero con mucho interés la reacción que pueda suscitar en España esta obra, porque trata de la relación de España con el Tercer Mundo. La obra trata de un encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma. Me he preguntado a mí mismo por qué lo he hecho; no me lo explico más que por la fascinación que sentí por el tema.

Cortés y Moctezuma juegan en esta pieza a la petanca, después de que el primero ha capturado al segundo. El juego para ellos se llama Totoloque, que es el nombre del drama, un juego que practicaban en México, cuyas reglas de esa época pude descubrir. Tiene un significado mítico esta partida. Se jugó en una noche en la que la luna y el sol compartían el cielo. Entre la oscuridad y la luz, entre la vida y la muerte. La jugaron uno como vencedor, el otro como vencido. Cortés participaba como el que ejercía el poder, y Moctezuma, como el mejor jugador: un juego de vida o muerte. Un enfrentamiento de culturas. Cortés llama a su contrincante Moctezuma. "Yo no me llamo Moctezuma", le responde; "mi nombre verdadero es Motecuzoma". "Descuida", responde Cortés; "dentro de 20 años nadie te conocerá con ese nombre. Todos te llamarán Moctezuma"

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de junio de 1985