Entrevista:

José Luis Alonso: "La labor de un director de escena para hacer ópera en España es algo heroico"

José Luis Alonso, responsable de la dirección de escena de la ópera Armide, de Gluck, que se representa hoy (y los próximos días 19, 22, 25 y 28 de abril) en el teatro de la Zarzuela de Madrid, opina que "la labor de un director de escena para hacer ópera en España es algo heroico". En esta obra reaparece la cantante catalana Montserrat Caballé, tras la afección de rinorrea que le obligó recientemente a suspender sus actuaciones previstas en el teatro del Liceo de Barcelona. La ópera Armide es una de las producciones más complicadas y caras de la presente temporada del teatro de la Zarzuela.

La fallecida Lola Rodríguez de Aragón le invitó hace unos años a colaborar con la Escuela Superior de Canto, y José Luis Alonso pasó de ser un aficionado a la ópera desde las butacas a ser un profesional de la escena lírica. Cuando Pamias, antiguo empresario del Liceo, conoció sus trabajos con la compañía del María Guerrero le intentó contratar para su coliseo, pero la limitación de tiempo para ensayos, que allí era una constante, impidió el acercamiento. Desde entonces, el Teatro de la Zarzuela ha conocido numerosos montajes con su firma: Don Pasquale, El secreto de Susana, La serva Padrona, Fidelio, Julio César, etcétera. Él fue uno de los primeros directores de prosa que se introdujo en el género lírico.Pregunta. Se halla muy de moda el que los más famosos directores teatrales aborden la ópera. ¿A qué cree se debe?.

Respuesta. Sí, efectivamente, es algo que sucede desde hace dos o tres años en nuestro país, pero hay que tener en cuenta que aquí llega todo con bastante retraso y no hay que olvidar que en el extranjero es un fenómeno habitual desde hace mucho tiempo. Todo un Stanislavski se ocupó ya de la ópera e incluso escribió estudios y algún libro sobre ella. Con la Callas es cuando nos llegó el teatro total, revalorizándose la importancia de la escena y revolucionando toda la interpretación lírica. Al igual que Zeffirelli, pienso que habría que hablar de antes y después de la Callas en la historia de la ópera.

P. ¿Qué diferencias existen entre la dirección de teatro y ópera?

R. En el teatro se ensaya durante dos meses y se prepara con menos tiempo; en la ópera se prepara muchísimo más porque, como apenas hay tiempo para ensayar, hay que llevar todas las ideas muy claras al primer ensayo.

P. Supongo que la presencia de una orquesta con su director debe introducir alguna connotación especial.

R. Claro, la música no puede desvirtuarse. Para ello hay que estudiarse la partitura a fin de ver qué movimientos son posibles y cuándo y cómo puede evitarse esa penuria del cantante o los coros inmóviles frente al público. La colaboración entre director escénico y orquestal es algo fundamental. Son muy famosas las fricciones entre unos y otros, pero cuando realmente funciona se refleja perfectamente en el espectáculo. Yo recuerdo una experiencia maravillosa con Gómez Martínez en el Fidelio. Realmente me sorprendió su interés en proteger y favorecer a los cantantes frente a la orquesta. Normalmente te encuentras todo lo contrario: directores a quienes sólo les interesa que suene la orquesta.

Diferencias

P. También habrá diferencias a la hora de dirigir a una María Dolores Pradera o a una Montserrat Caballé, ¿no es así?R. Con María Dolores Pradera he hecho muchas obras e incluso casi empezamos al mismo tiempo. No cabe duda de que con ella he ensayado siempre dos meses como mínimo y con Montserrat Caballé ensayo todo lo más una semana. Lógicamente supone una diferencia en cuanto a tiempo de estar en contacto, trabajando, elaborando poco a poco un papel. La ópera en Madrid es una cosa rápida; por eso el director de escena lo que ha de tratar es de poner todo su empeño, imaginación y posible talento en la visión del espectáculo. Es una cosa bastante difícil y heroica.

P. Muchos de estos grandes cantantes, después de interpretar un mismo papel más de 100 veces, tendrán la tentación de creerse ellos mismos los directores.

R. No cabe duda de que tras cantar un personaje un montón de veces les es prácticamente imposible adaptarse a otra producción y otro director en los cinco días anteriores a una premier. Tienen que imponer su voluntad en ciertos movimientos que les permiten quizá cantar mejor e incluso también tienen sus supersticiones. Recuerdo, por ejemplo, que a Plácido Domingo hubo que cambiarle la túnica de Lucia di Lammermoor porque quería interpretar la escena de su muerte como en Otello, y en esta obra siempre lo hacía cantando desde el lado contrario. Son costumbres que tienen su lógica y que serían iguales en el teatro de verso si un intérprete cantase un mismo papel en producciones diferentes. Por eso yo prefiero montar una ópera partiendo de cero, como el Julio César, El árbol de Diana o esta Armide.

En cuanto a problemas con los divos nunca he tenido ninguno. Quizá no me hayan tocado divos difíciles. Por otro lado, creo que los divos son un poco como los caballos: si notan que el que los monta sabe montarlos y que les dice cosas razonables, sin olvidar que sólo se cuenta con cuatro o cinco días, pues se comportan con bastante docilidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 15 de abril de 1985.