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CARTAS AL DIRECTOR

Poetas zarandeados por el poder

Castelldefels, Barcelona.

¿Cómo desbrozar el camino de los signos? He ahí un gran problema que plantea la poesía que sale del gusto y se oficializa. De poco vale la voluntad del creador, su mensaje inicial, si es que tal hubo. Lorca y Espriu han sido dos grandes poetas marcados, zarandeados, saqueados. Lorca, aprisionado en su muerte y en sus metáforas populares. Espriu, cuatribarrado, convertido en arma arrojadiza. ¿Cómo puede, entonces, abrirse paso la emoción de las palabras? Es ésa una membrana tan fina y delicada que sólo brilla en el sosiego y en la soledad del cuarto, entre el flexo y el sofá. Si hasta el creador no es ajeno a su propio drama cuando no hace ascos al éxito fácil y a la gloria efímera, traída por sendas extrañas, cómo podría sobreponerse a las pasiones que le atraviesan y le zurcen.Ambos han tenido mala suerte. Lorca, muriendo en el momento más inapropiado, a punto para ser izado como espantajo; Espriu, viviendo en un momento equivocado, cediendo su nombre, más que su poesía, como enseña. Es difícil recuperar la emoción primaria cuando el propio creador se convierte en signo. Todo Lorca, todo Espriu, en la mente del pueblo, tiene un significado unívoco. Y hasta en signo negativo pueden convertirse cuando llega el poder con sus fanfarrias, succionando, tomando lo que no le corresponde. Cercanas están las ceremonias fúnebres, con forenses y certificado de defunción incluidos, que no hace mucho se oficiaron en los; teatros madrileños en homenaje a Lorca. Aún se pueden ver los empujones para chupar cámara ante el túmulo de Espriu.

Las supuestas palabras de los poetas, que recitan voces engoladas, no suenan mejor que los sones monocordes del ditirambo y el elogio fúnebre. Son sólo pretexto para que se muestren los rostros anodinos con los que los ciudadanos de este fin de siglo hemos decidido pasar a los libros; de historia.

Lorca es una cáscara de nuez; Espriu, una naranja sin jugo: eso es lo que queda hoy de tan grandes poetas- J. A. Izquierdo Santillán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de febrero de 1985