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Tribuna:

Un mensaje del Rey

El carácter irreversible de la democracia en nuestro país, la realidad de la reconciliación nacional, y la constatación de que la soberanía popular está en manos del pueblo, son tres de las afirmaciones que se contienen en este mensaje de don Juan Carlos. El Rey de España ha escrito este texto para Diario 16, y aparece en el dominical del citado periódico, culminando así la serie sobre la "Historia de la transición", que durante todo un año ha publicado el periódico madrileño.

Como Rey de España quiero expresar mi agradecimiento, que representa el de toda la nación y de la inmensa mayoría de los ciudadanos, a los medios de comunicación, que han prestado y prestan tan importantes servicios al entendimiento entre los españoles en estos años, sin duda trascendentales, para la historia de nuestro pueblo.Durante los últimos doce meses, Diario 16 ha publicado todas las semanas un gran número de páginas dedicadas a lo que el periódico mismo ha llamado Historia de la transición. En unos cuadernos que al final forman ya dos gruesos volúmenes se han expresado muchos testimonios, seleccionados sin parcialidades ni prejuicios, de personalidades públicas en este proceso político. Se han aportado también relatos de buenos periodistas y de intelectuales, y de hombres y mujeres informados. A los textos se han unido documentos gráficos de acontecimientos que forman parte ya de nuestra historia, y cuya sola presencia es muchas veces más elocuente que las palabras.

Mi gratitud por la obra acometida por Diario 16 con su Historia de la transición corre a la par del aplauso que el intento y su realización han merecido, y al que el Rey de España se suma, extendiéndolo a todos los profesionales de todos los medios de comunicación, sin cuyo noble y arriesgado esfuerzo profesional no existirían el entendimiento mutuo y el espíritu de comprensión, que felizmente animan hoy la vida nacional.

La transición es historia

De la llamada transición, yo diría que es una continuación de la historia de España, ajustada a las demandas del actual momento de nuestra patria y del mundo, e inspirada por valores morales de nuestro más auténtico y profundo patrimonio. Su protagonista ha sido el pueblo español.

Para el Rey de España, que se siente parte de ese pueblo e integrado en él, es una inmensa satisfacción proclamarlo. Me gusta pensar y decir que el Rey no habla del pueblo español como si éste fuera una cosa y la Corona otra.

Por un dichoso azar de la historia, la dinastía española, de la que yo soy actualmente cabeza y representante supremo, es la misma desde hace 13 siglos y 40 generaciones. Asturias, Aragón y Cataluña, la noble tierra vasca, la de León, la de Castilla, de Valencia y de toda la España peninsular, las islas mediterráneas y atlánticas, y las entrañables ciudades del continente vecino han sido el solar de mis mayores, la patria de mis antepasados, la razón de ser y el destino de la monarquía española.

Igual ocurre con la España y los españoles de hoy, que son todos ellos no sólo mis compatriotas, sino paisanos míos. Los demás españoles, además de españoles, son otras cosas más. Son catalanes, vascos, andaluces, canarios, etcétera. Tienen sus trabajos, oficios o profesiones particulares. Comparten todo ese ser y ese hacer con sus obligaciones familiares y ciudadanas. El Rey, en cambio, es un español que ha de ser tal y serlo exclusivamente en todos los momentos. Mi familia participa del honor y de la responsabilidad de ser españoles y nada más que eso. La Corona en estos años

Sé bien que son muchos los intelectuales, escritores, periodistas, políticos e historiadores de España y de todo el mundo que afirman, sin reserva alguna, que la Corona y el Rey han sido clave de la transición española. Yo sólo tengo una respuesta para esas interpretaciones tan halagüeñas para mí de la más reciente historia de España. El Rey, la Corona y la dinastía no han hecho otra cosa que cumplir con su deber y afrontar, con lealtad a los españoles y a España, las responsabilidades que les imponían la historia de la patria y las exigencias del momento.

Yo doy gracias a Dios por haber podido aprender la disciplina del deber y el sentido del patriotismo en el hogar de mis padres y en las Fuerzas Armadas españolas.

La casa de los condes de Barcelona, que cuando yo nací era ya la del heredero de la titularidad de la Corona española, fue siempre un hogar español, o una isla española, en Italia, en Suiza y en Portugal. Cuando con apenas nueve años vine por primera vez, a España, nada me resultaba nuevo: conocía a cientos de españoles, había oído hablar de todas las ciudades y con todos los acentos regionales. Había podido ver, por ejemplo, el empeño de mi padre por aprender el catalán, que igual que el vasco y el gallego era una lengua española como el castellano, que se habla como idioma común en la totalidad de la nación.

El destino -para los creyentes la providencia de Dios- nos había situado a mi padre y a mí en los sucesivos eslabones de una cadena dinástica, que no tenía otra razón de ser, repito, que el servicio a España. Por eso mi padre quiso que mi educación discurriera aquí y entre españoles: mis estudios de bachillerato, mi formación en las academias militares de Tierra y Aire y en la Escuela Naval, mis cursos universitarios. Y desde que cayó sobre mí el honor de ser el Rey de España, no por un mero artificio legal, sino con el asentimiento de los españoles inequívocamente manifestado ya en los primeros días, tuve el apoyo moral y humano de mi padre, el conde de Barcelona, con toda la fuerza histórica y la responsabilidad que eso significaba para mí, que tan bien conocía, y conozco, su personalidad y que nunca he ocultado mi admiración por él.

Yo, en efecto, me hice cargo de todos los poderes legales del Estado, pero con una finalidad bien precisa y enunciada explícitamente en mi primera intervención oficial como Rey de España: "Ser Rey de todos los españoles".

No fue una improvisación. Fueron unas palabras cuyo alcance estaba bien medido y a las que yo estaba resuelto a hacer honor.

Cuando no había instancias por las que pudiera manifestarse la voluntad nacional, al Rey le correspondían el riesgo y el privilegio de tomar las iniciativas indispensables para que España quedara, como acertadamente ha escrito un ilustre pensador de nuestros días, en manos de los españoles. "España en nuestras manos" , pensaba yo, como Rey y como un español más.

Ésa es la más noble vocación de la dinastía española, que es mi dinastía y mi familia, y de cuya jefatura me había investido mi padre, desde el principio con su aliento y después depositando formalmente en mí sus derechos históricos.

La reconciliación nacional

España necesitaba esa gran reconciliación nacional que cerrara las heridas abiertas en siglo y medio y diera paso a las transformaciones necesarias para la modernización de la nación. Por eso, yo animé y promoví los sucesivos pasos de la reforma política. Aunque los Reyes no deben tomar parte en las votaciones populares, en aquella ocasión del referéndum de diciembre de 1976, la Reina y yo acudimos al colegio electoral correspondiente para depositar nuestros sufragios.

Tras las elecciones generales del 77, al inaugurar la legislatura el 22 de julio, yo propuse como principal tema del Parlamento la elaboración de una Constitución que sirviera de marco para el desenvolvimiento de la vida política nacional de España. Las palabras de aquel discurso, al igual que las de todos los que he pronunciado como Rey de España, podrían repetirse hoy.

Por eso reitero mi afirmación inicial. El Rey de España no ha hecho más que cumplir con su deber. Mi deber y mi responsabilidad tienen tres dimensiones específicas: la política, o la de hombre de Estado; la que se deriva de mi condición militar, que me otorga el honor de ser el primer soldado de la patria; y la más íntima, en la que confluyen las demás, de ser un español más.

En las tareas que me ha impuesto la circunstancia histórica de ser el Rey y de haber nacido para ello nunca me he encontrado solo. He contado en todo momento con la inestimable ayuda y comprensión de la Reina, de mis hijos y de toda mi familia. En las tareas de Estado me han acompañado los políticos de los diversos partidos e ideologías, que han asumido sus funciones dentro del mareo, trazado por la Constitución. Como soldado he experimentado la leal asistencia de la disciplina y el patriotismo de las Fuerzas Armadas, en las que no han hecho mella ni las criminales agresiones de unos pocos ni torpezas ni irresponsabilidades. El Rey de España, como jefe supremo de los Ejércitos y de la Armada, se siente orgulloso de los militares españoles y de la profesionalidad de que han hecho gala en el proceso de modernización del Estado y de la defensa nacional.

Finalmente, como español, experimento una emoción, que en ocasiones es difícil de contener, cuando me envuelve el calor de mi pueblo.

Por una España renovada

Querría añadir una advertencia final. El proceso democrático en España es un hecho históricamente irreversible. La soberanía nacional está en las manos de nuestro pueblo y nadie osará arrebatársela. La reconciliación nacional es una realidad. Pero la tarea nacional, la de esta generación, la de los españoles que han vivido la transición o han llegado a ser ya hombres y mujeres en estos años, no está cumplida.

Hemos de renovar y modernizar España, cubriendo con un esfuerzo incesante, en el que no caben la fatiga o los desmayos, la distancia que todavía hoy nos separa de los países más avanzados de nuestro mismo continente. No podemos ni debemos ser el apéndice final de la comunidad de naciones en que nos vamos a integrar muy pronto. La hora presente pide de los españoles el impulso preciso para situar a España a la altura histórica de este final de siglo, sin merma de sus valores propios. Ellos serán nuestra aportación al Occidente y al mundo hispanoamericano y a la paz del mundo.

Estamos convocados a la tarea histórica de elevar nuestros niveles culturales, morales, sociales, técnicos y económicos, para que nuestra incorporación a las agrupaciones internacionales en las que vayamos progresivamente entrando constituya la aportación que de nosotros se espera y que debemos ofrecer. España no es una simple yuxtaposición de un territorio vasto y en no pocos lugares esquivo y una mano de obra apreciada y con frecuencia barata.

Nuestra aportación ha de consistir en cultura, en técnica, en civismo, en ciencia, en ética, en valores espirituales e históricos. Mientras no hayamos alcanzado ese progreso no estará terminada la transición, que no consistía simplemente en pasar de un sistema político a otro, por beneficioso que haya sido para España el restablecimiento de las libertades y la recuperación de la soberanía nacional.

Yo, como Rey de España, aspiro a que igual que la Corona fue el estímulo propulsor de la transición, sea ahora también el acicate que empuje en la línea del progreso y de la modernización de España.

El Rey no faltará a esta cita con nuestro destino e invita a todos los españoles a que, al doblar la última página de la historia de la transición, descubran el inmenso y atractivo horizonte hacia el que hemos de orientar nuestros pasos para que los sigan las generaciones futuras, que ya están llamando a la puerta o pronto se asomarán a la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de septiembre de 1984