Después del adiós a PaquirriTribuna
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Mucha gloria, pero mucha muerte

Paquirri tenía un contrato de millón y medio por la corrida de Pozoblanco

Sobre el albero de la plaza de toros de la Maestranza, Manuel Benítez El Cordobés reflexionaba amargamente: "El toreo da mucha gloria, pero también mucha muerte". El féretro de Paquirri estaba saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe, entre miles de personas que daban la espalda al Guadalquivir y a Triana y le aclamaban: "¡Torero, torero, torero!". Pero esta vez lo hacía en un cajón de madera y con los pies por delante, después de que una nube de manos de compañeros le llevara en volandas desde la puerta principal a la de chiqueros, como en las tardes de gloria, como él mismo había salido hacía dos años."Mucha gloria, pero mucha muerte". A Paquirri, que era un torero criado entre Cádiz y Algeciras, entre la serranía y el Atlántico, la muerte le quebró la gloria cuando se estaba luciendo con verónicas de recibo en el último toro de su temporada, Avispado, negro, 425 kilos, bien armado, un toro del que sólo quedan los pitones, porque a nadie se le ocurrió que la cabeza disecada del animal podría ser pieza de museo y terminó, como todas, en el desolladero. Como vacía quedó la mesa reservada por el torero en un restaurante de Córdoba para celebrar con su gente el final de la temporada, antes de cruzar el charco y empezar la gira americana.

Al final, Paquirri fue a morir por un millón y medio de pesetas, que fue lo que contrató con el empresario Diodoro Canorea por torear en Pozoblanco. Tener el cartel fácil en San Isidro o en la Feria de Abril a veces conlleva torear en pueblos pequeños, aunque se cobre lo mismo, porque el empresario que contrata en Madrid o Sevilla pide como contrapartida la presencia en plazas menores a lo largo de la temporada.

Pero el de Zahara de los Atunes, que quería ser algo grande porque su padre intentó ser novillero y terminó como conserje de un matadero, estaba por encima de eso. Él mismo solía decir que el mejor torero era el que más cobraba y el que podía elegir carteles, y en eso él estaba el primero, era el as de oros. Lo hacía en buena medida por amistad con Canorea, que quería levantar la feria de Pozoblanco, como en los viejos tiempos. Y en eso Paquirri no escatimaba. Canorea le había ayudado al principio, desde los tiempos en que había confirmado la alternativa de manos de Paco Camino. Y él no era un desagradecido.

Pero, como decía la gente del toro que le acompañaba en su último viaje, con 100.000 personas más (en una escenografía que no hubiera, mejorado el propio Buñuel si hubiera rodado el entierro de un torero en Sevilla y hubiera tenido que distribuir a los extras), qué necesidad tenía Paquirri de torear en una plaza como ésa.

Como decía José Antonio Campuzano, que acababa de hacerle un guiño a la muerte: "Los días de uno están cumplidos y eso no hay quien te lo quite, pero estas cosa no deben de pasar". Campuzano que sufrió otra cornada de caballo hace sólo unas semanas, se había enterado de la muerte de su amigo cuando toreaba en Logroño en su reaparición. Se habían cruzado los caminos de los toreros. Paquirri volvía de la capital riojana, como recordaba en el velatorio, envuelta en un llanto silencioso y continuo y rodeada de familiares y comadres su viuda, Isabel Pantoja: "Me llamó desde Logroño y luego desde Valladolid, y ya no volví a hablar con él nunca más".

"¡Vete del toro, chiquillo!"

O como decía Manili, después de besar el féretro del amigo y después del abrazo de Isabel Pantoja -"¡vete del toro, chiquillo!"-, ante la muda presencia de los dos angelotes rubensianos que presidían la estancia, agregando además: "La culpa la tuvo la Prensa". Había salido a la calle, los ojos rojos, inyectados en sangre, y había visto a periodistas. Habrá que entender por Prensa las exigencias de los críticos, en una ciudad donde se defiende la blandura del toreo y los cuernos afeitados. Teoría que comparte Curro Romero, presente también en la última vuelta al ruedo del joven torero, visiblemente conmovido.

"Mucha gloria, pero también mucha muerte", como está de acuerdo El Yiyo, el torero que mató a Avispado, le hizo un faenón, le cortó las dos orejas y se las entregó al peón de confianza de Paquirri para que se las llevase a la enfermería. Un gesto que emocionó a la cuadrilla, pero para entonces el maestro no podía disfrutar ya del detalle del compañero y del amigo.

Como de acuerdo está José Mari Manzanares, quizá el más afectado de todos, con Tomás Campuzano y Espartaco, porque a la hora en que Sevilla rendía homenaje en la Maestranza a los restos del torero gaditano aún no sabía que el gobernador civil había atendido la petición de suspender la corrida anunciada para cuatro horas más tarde, la primera de las dos de abono de la Feria de San Miguel. En cualquier caso, de ninguna manera estaba dispuesto a torear ni este festejo ni otros venideros, y para ello presentó certificado médico, suscrito por el doctor Domingo Martínez Obrado colegiado 3.337, de que padecía "síndrome de depresión reactiva" por la muerte de su compañero "por lo que debe de guardar reposo absoluto al menos durante 72 horas, durante las cuales estará imposibilitado para ejercer su profesión". En la corrida de ayer sería sustituido por Pepe Luis Vázquez

Lo cierto también es que de la misma forma que un nutrido grupo de toreros y gente del toro, entre ellos los integrantes de su cuadrilla, hizo convertir en una triunfa vuelta al ruedo del féretro de Paquirri lo que iba a ser una parada simbólica del coche mortuorio frente a la Maestranza, hubo otro grupo de toreros, no menos notable, que comentó que si el ataúd entraba en la Maestranza no volvían a hacer el paseillo en este coso. La discreción que la viuda del torero quiso darle al entierro era un término medio. En una profesión de supersticiosos, las apuestas se centraron en saber quién sería el primer diestro en ver asomar los cuernos de un toro por la puerta de chiqueros, que resultó ser Tomás Campuzano.

Una 'guita' en el bolsillo

Gloria y muerte también en opinión de Angel Peralta, que confesaba haber llorado por dentro desde que conoció el drama, pero no pudo reprimir unas lágrimas en el momento en que los servicios funerarios sacaban el cadáver camino del cementerio.

O como decía el taxista que se escapó del trabajo para decirle adiós al torero a la altura del puente de San Telmo: "A ver qué necesidad tenía de torear en un sitio así. Con esa enfermería. Y con esa carretera de Pozoblanco a Córdoba, que es como una guita (cuerda) colocada en un bolsillo. Ya me dirá qué ambulancia corre por una carretera así". O bien, más corazón que cabeza, profano en la materia: "Que le hubiesen amputado la pierna antes de meterlo por esos caminos. Por lo menos estaría vivo".

El día en que enterraron a Paquirri una fina lluvia lloraba sobre el Guadalquivir al amanecer, la gente del toro lucía ojos enrojecidos y llevaba corbatas negras incluso con camisas negras, la Maestranza tenía las banderas a media asta y la madre de la tonadillera, doña Ana Pantoja, recordaba ante el difunto el día de la boda, cuando le dijo: "¡Mira, Paco, que yo quiero una nieta cuanto antes para llamarla Ana Isabel. Como volváis de la luna de miel y no me traigáis apuntada a la niña no entras en esta casa".

E Isabel Pantoja guardó las fuerzas justas, después de 30 horas de velar el cadáver y otras cuatro de penoso duelo, para exclamar, antes de desvanecerse y ser retirada por policías, un "¡adiós, amor mío!" que heló la sangre a los más cercanos, mientras los 10.000 presentes gritaban más atronadoramente que en la Maestranza -"¡torero, torero, torero!"- y la tierra golpeaba el ataúd de caoba negra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0029, 29 de septiembre de 1984.