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El joven autor de dos muertes en Badajoz, acusado de asesinato

Feliciano López Corbacho, de 23 años de edad, obrero agrícola en paro será inculpado de asesinato en las diligencias que se remitan a las autoridades judiciales. El pasado jueves este joven mató a dos personas e hirió a otras 18 en Zarza de Alange (Badajoz), a 23 kilómetros de Mérida Entre los heridos se cuentan siete niños.

Autoridades judiciales de Mérida visitaron el pasado viernes al doctor José Gómez Romero, director del Hospital Psiquiátrico de Mérida, para consultar la historia clínica de Feliciano, "aunque no ha habido un contacto oficial con el juez", precisó el doctor Gómez.Feliciano ha declarado a la Guardia Civil de Mérida que planeaba la matanza desde hacía ocho meses, que había estado ahorrando para comprar las escopetas, que sabía a quién quería matar, que se vengaría de aquellos a quienes consideraba culpables de sus problemas y de su supuesta e injusta desigualdad con otros vecinos. Feliciano, por esta declaración, en la que aparece la circunstancia de premeditación, se muestra como un asesino.

Sin embargo, en contradicción con lo anterior, declaró que disparó contra los niños porque le obstaculizaban el paso, con lo que también se muestra como un enfermo mental agresivo, exactamente tal como era conocido en su pueblo y en otros municipios próximos.

Las diligencias de la Guardia Civil de Mérida sobre el caso incluirán la inculpación de asesinato, sobre la base de la premeditación, según fuentes de dicho cuerpo de seguridad, pese a que Feliciano fue tratado en un hospital psiquiátrico en dos ocasiones por conducta agresiva contra las personas. Se le dio oficialmente por inútil para el servicio militar.

Acuchilló a su madrastra

Todo el mundo sabía que hace cuatro años, en Alange, pueblo cercano a Zarza de Alange, Feliciano causó varias heridas con un cuchillo o navaja a su madrastra. El asunto quedó en familia, sin llegar a conocimiento de las autoridades judiciales. Feliciano fue internado en un psiquiátrico donde se le dio de alta al cabo de un mes y medio. Ni sus familiares, ni sus vecinos, ni los responsables sanitarios, ni las autoridades locales difundieron el hecho. Aquello quedó como si no hubiera pasado.Todo el mundo sabía también que ya antes, en un bar de Zarza de Alange, Feliciano armó una gran bronca, que agredió a otras personas, que su padre se lo llevó a Alange a vivir con él y con la mujer con la que había contraído segundas nupcias y que el muchacho estuvo internado durante 20 días en el psiquiátrico. Esto también quedó en el exclusivo conocimiento familiar-vecinal.

Luego salió del psiquiátrico y se instaló, solo, en Zarza de Alange, en la casa que había sido de su madre, de la cual había quedado huérfano cuando tenía cuatro años de edad. Se casó su hermano mayor y no fue a la boda. Murió su padre, José López, en el pasado mes de febrero y no fue al entierro. Pasaba los días solitario, en la calle, sin amigos apenas, o en su casa escuchando música, sin trabajo fijo, al amparo del empleo comunitario o del subsidio de desempleo.

Instalado en esta casa de la calle del Pozo, número 14, la vieja casa familiar de la que todos se habían ido (su padre a Alange, dos de sus hermanos a Madrid y otro a Barcelona), Feliciano daba vueltas a sus recuerdos y a sus fantasías: internado en un colegio tras la muerte de su madre; con su padre en los trabajos agrícolas cuando era un muchacho; cuando su padre se volvió a casar siendo él un adolescente de 16 años; cómo se emborrachó un día y se lo llevó su padre a vivir con él. Luego vino la medicación a base de pastillas en el psiquiátrico; empezó a hacerse cada vez más huraño con los demás, que le hacían notar su rechazo o el temor que les inspiraba. Recordaba cómo un día atacó a su madrastra y volvió al psiquiátrico; cómo al salir de allí escaseaba el trabajo. Para él los demás, y especialmente los del ayuntamiento, eran los culpables de todos sus problemas. Feliciano se dejó crecer el pelo hasta los hombros y la barba hasta el pecho.

Y se apuntó a la sociedad de cazadores del pueblo. Compró dos escopetas. Obtuvo la licencia de armas. Y un día, jueves, abierta la veda de la tórtola una semana antes, se fue al campo a cazar. Regresó al pueblo, entró a su casa y volvió a salir. Además de la paralela llevaba la repetidora y la canana repleta de munición. Y empezó a disparar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de agosto de 1984

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