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Reportaje:

El bufé de los 'rodríguez'

Se observaban fracasados intentos, reiterados intentos de acometer la paletilla de borrego y balar, tristemente, como tal. No podían. Un español medio tiene un estómago medio rellenable con dificultad.

A las puertas de El Gran Buffet, un gran mendigo con cartel puesto como un babero también bufaba: "Señores, les pido una ayuda para poder comer, se la pido porque no quiero robar". Este hombre miraba con cara de desmayo a los que entraban y con cara de vómito a los que salían. Su gesto era, pues, correcto. Era el gesto más parecido al de la clientela. Cuando le echaban una moneda al suelo, el mendigo cerraba la boca para abrir los ojos.

Los camareros ya habían colocado los palillos de dientes en todas las inmaculadas mesas. Los cocineros con mitra papal sacaban viandas y las extendían ceremoniosamente sobre el altar mayor. Con idéntica liturgia y a la misma hora, la operación se repetía en los incontables bufés de la ciudad.

No era exagerado decir que la ciudad tenía tantos bufés como mendigos. Estos bufés eran suficientes para dar de comer y de beber a los rodríguez, especie veraniega de animal racional que permanecía al frente de sus trabajos de nómina, separado de su familia, durante el mes de más calor.

Pero ahora la novedad eran las mujeres. Un rodríguez podía ser una rodríguez sin mediar el alarde del travestismo. Conservando intactos los atributos sexuales. Una rodríguez era aquella sacrificada esposa con sueldo y empleo en la ciudad que mantenía al cónyuge en la playa a cargo de los niños.

Por eso resultaba excitante el mundo del bufé. Era un mundo de citas estomacales y devaneos amorosos con precios que oscilaban entre las 750 y las 1.500 pesetas, bebida alcohólica incluida.

Los rodríguez ocupaban la zona frontal del bufé, de espaldas al mendigo que no quería robar. Y las rodríguez preferían la zona posterior del bufé, por cuya otra puerta entraban unos jóvenes que parecían sus hijos, pero que no eran sus hijos.

Todos asistían a la muerte del hambre en olor de cantidad. La cantidad era primordial.

Una rodríguez empujó a su boy al altar: "Cariño, yo te iré diciendo lo que vale la pena, ¿eh?, y a ver si evitas el ajo". Le puso ensalada de apio, paella de conejo, huevos fritos con morcilla, caracoles picantes, pepinillos en vinagre, macarrones con lomo ahumado, y el muchacho aún quería lentejas: "Que las lentejas me encantan, coño, déjame que me eche un par de cucharadas".

Por allá avanzaba, con andares de opositor que conoce el triunfo, un registrador de la propiedad. El camarero le saludó, y el registrador abonó las 750 pesetas al cajero y embistió directamente contra la vajilla.

Clientela comedora

De los pueblos bajaban al bufé para quitarse las alpargatas y ponerse las botas. El jefe de ceremonias dijo: "Hacen verdaderas burradas gastronómicas estos de pueblo: se vuelcan el pulpo con los tentáculos sobre el budín de sobrasada, que es una de nuestras exquisiteces, y, no contentos con eso, añaden callos y sopa bullabesa con tropezones de mar".

Entre tanto, la televisión emitía los Juegos Olímpicos por sendas pantallas orientadas a Norte y Sur, y por allí veían los bufetistas muslos corriendo en liso, nalgas saltando en longitud y pechugas en la natación refrescante. ¿Qué mejor lugar para admirar esos alardes de granja que cualquier bufé a 15.000 kilómetros?

Un caballero vitoreaba a los atletas dejando grandes marcas de salsa marrón en la servilleta de hilo. Otro jugaba a las maquinitas entre eructo y eructo. Los camareros se sentían felices por toda esta felicidad: "Tenemos una cliente buenísima, o sea muy comedora, y cuando no puede más, cierra los ojos y suelta un sonoro eructo, 'rrroooc', y luego abre los ojitos y se levanta y vuelve a empezar por los platos fríos".

Otro quería invitar con el vino de la casa comprendido en el precio del bufé a clientes desconocidos del bufé: "Pare usted, hombre, se está pasando, tenemos prohibido invitar".

En un recogido ángulo de la sala, las rodríguez con pichón achuchaban al pichón. Querían fortalecerlo: "Te gustan las lentejitas?, ¿eh? Sabes que tienen mucho hierro, amorcín de agosto".

La banca sabía comer a la europea. Leían la Prensa y se servían ensalada de zanahoria y remolacha con arenques, un flan, y a temblar en la bolsa. Eso era todo. Pero los subinspectores de Hacienda cuidaban,meJor su persona física luego de una agotadora mañana de peinado: "¿No hay arrocito a banda?", preguntó uno, dispuesto a levantar un acta. Y el mozo gritó: "¡A ver, cocina! ¡Uno a banda y rápido! ¡Y un Boyerín sin gas!".

Las ligonas rodríguez cambiaban de distrito postal para la operación bufé. Era prudente. "Evitan nuestro bufé en El Corte Inglés", dijo solícito el gerente, Amador García, "porque saben que aquí, entre el asado y el postre, pueden ser vistas por amistades, señoras que vienen a comprar calcetines en las rebajas".

Así que las rodríguez ardorosas del estío buscaban platos en barrios alejados de su residencia, no fuera a ser que incluso toparan con las astas del cónyuge celoso.

Aquí, en un vasto bufé situado en la avenida del Antiguo Reino de Valencia, el encargado accionista colgaba carteles de aviso: "Coma cuanto guste, pero no desperdicie comida". Y el comedor era como la cantina de un regimiento de húsares, con 250 bufetistas a 1.100 pesetas enfrentados con 20 ensaladas, babillas de ternera sobre el carbón y cabritos despiezados junto a los pimientos. El señor Virgil dijo: "Mi eslogan para el boom del bufé que estamos viviendo es simple; yo sólo digo: 'Guste mucho y gaste poco"'.

Y eso hacía el personal. Un francés agarraba ahora la bandeja entera de langostinos y la volcaba como se vuelca un camión español al otro lado de la frontera y, adiós, adiós langostinos. Los camareros ponían cara de croupier de casino ante un jugador peligroso. Pero el señor Virgil esperaba pacientemente. Y cuando el galo glotón, avaricioso en su gula, ya no podía más de langostinos, el señor Virgil le acosaba: "¡Vamos, monsieur, vamos, hay que acabarse hasta las cuernas del petit langostino! ¡Usted no se los deja en el plato!". Así había que actuar. ¿Querías fósforo? Pues, hale, a reventar de cabecillas a 1.000 pesetas kilo.

"No tire la comida"

Otro hambriento ' apilaba crema catalana, tarta de manzana, melocotón de la huerta, cerezas y rodajas de melón en un platillo que sólo pedía, para caer hecho añicos, el perdigón del cazador. El caballero todavía preguntó si iban a sacar arroz con leche.

A una mesa modosita de damas rodríguez la convidó Virgil a sorbete de la casa. "¡Venga, señoras, sorbete, sorbete a falta de maridete!", vitoreó un vecino.

En el epicentro del estómago ciudadano, El Corte Inglés atraía a rodríguez nacionales., importados y a plazos. Había incluso rodríguez infantiles, que ya es decir. Por 1.200 pesetas salían manjares a go-go, y el jefe del negocio bufetero, García, daba vueltas en torno a la mesa de la huerta, la mesa fría, la mesa caliente, la mesa humeante y la mesa refrigerante, con filigranas de repostería maciza.

También colgaban del cielo inglés los avisos hispanos: "No se permitirá sacar comida de este recinto", advertía uno. Y muy cerca flameaba otro, con la gracia de una vela en alta mar: "Por favor, no tire la comida".

¿La arrojaban los tripulantes por la borda? Podía darse el caso. ¿Se llevaban fiambres en el bolsillo para la cena solitaria? Podía darse el caso. Era una época, la nuestra, de rotulomanía aguda: el mendigo avisaba que podía robar, y los que no robaban eran avisados para que evitaran la tentación.

La tentación era fuerte. Si no a sacar bajo mano el jamón de pata negra, a meterse en el tubo gástrico más de 500 gramos de filetón. "Aunque hemos de aceptar un hecho", explicaba García científicamente: "hemos de aceptar que en el estómago humano no cabe más de medio kilo de lo que sea, y el que se pone morado de chuleta ya no puede con el budín ni con la trucha; intenta y no puede".

Se observaban fracasados intentos, reiterados intentos de acometer la paletilla de borrego y balar, tristemente, como tal. No podían. Un español medio tiene un estómago medio rellenable con dificultad. Y el furor del bufé en la canícula levantina, o en la ardiente estepa manchega, o en la húmeda y tórrida franja catalana, no da para más. Si te pasas, la pagas sanitariamente. Y ningún rodríguez desea la compañía de la embolia al atardecer.

Comían, pues, conforme eran. En media hora, aquellos que se sentían capaces de despachar cualquier asunto en 30 minutos. Un negocio, una quiebra, un despido, un coito o un bofetón en el coche. Y se tomaban más tiempo los que despreciaban el tiempo.

"De todas formas, lo normal del bufestista español es jalar en media horita", dijo el experto de El Corte Inglés, "y cada vez lo hace mejor, gastronómicamente mejor".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de agosto de 1984

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