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Mariano Villalta pintor del silencio

JERÓNIMO PABLO GONZÁLEZ MARTINRoma ha visto desaparecer en el plazo de una semana a dos pintores españoles de significación distinta pero de gran importancia para la historia de la estética contemporánea. Antes que Fernando Zóbel, fallecido anteayer en la capital italiana, falleció allí, el 28 de mayo (véase EL PAÍS del 30 de mayo) Mariano Villalta, un creador poco conocido en España, de cuya vida y obra se traza aquí un perfil.

Acaba de fallecer en Roma, en su casa de la piazza del Satiri, su residencia habitual durante más de 30 años, el pintor aragonés, aunque nacido en Madrid en 1927, Maríano Villalta Lapayés. Su fuerte personalidad, tanto vital como pictórica, hace que su pérdida constituya un golpe duro -serían sus palabras- para una manera de hacer bien la pintura, pues el "gentil y noble caballero Villalta", como le llamó Rafael Alberti en un poema genial (véase Fustigada luz, donde está recogido), constituía en pleno un hecho insólito: el de un artista aventurero que descubre en Italia, a la sombra de su vecino Caravaggio y a través de la nostalgia por una España lejana, abandonada y soñada, el camino de la pintura tradicional expresando sus motivos en formas nuevas abstractas.No recuerdo quién llamó con todo tino a Villalta "un Zurbarán contemporáneo". No habría otra definición mejor: sus veladuras, su paleta oscura españolísima, la religiosidad llena de halos claros y oscuros que se adivinan lejanos así lo confirman.

El silencio vital que emanaba de su pintura me ha perseguido muIchos años a través de continentes y pintores. Sus cuadros parecen decir: "La vida hay que vivirla, no pintarla, y mi concepto de la vida es que hay que lucharla fuera y dentro del cuadro, desaforadamente a veces, gentilmente en otras ocasiones". Ese silencio en claroscuro se repartía armónicamente en sus telas en un abstracto duro y sin escuela. Era, en palabras de Manolo Mompó, un pintor para pintores; "no se te olvide decir", me comentaba Mompó ayer, que nosotros, los pintores, lo sabíamos ver como pintor".

Mariano Villalta formaba parte de aquel grupo tan dispar y tan español que deambulaba por el Trastevere romano durante los años sesenta y parte de los setenta, y que estaba compuesto por gentes con personalidades tan diferentes como Rafael Alberti y María Teresa León, el pintor Pepe Ortega (otro gran admirador de la obra de Villalta), el serio andaluz Aquilino Duque y el valleinclanesco valenciano Manolo Bayo, una parte peculiar de la España peregrina y dura.

Conocí a Mariano Villalta en Anticoli Corrado, pueblo de modelos para Rodin y tantos otros escultores, pueblo de pintores, de piratas como Barbarroja, de secretos..., en 1966, una noche, casi de madrugada, cantando una jota en aquel alba italiana, una jota pirenaica. Desde entonces, aunque desde 1976 le he visto mucho en su estudio de Palma de Mallorca, no he olvidado aquella ocasión.

Esta vez se nos ha ido, y para siempre, un pintor extraordinario, casi desconocido en su España, y un caballero "por don Diego Velázquez retratado", como dice Alberti.

Jerónimo Pablo González es escritor y pintor y catedrático en Trent University (Canadá).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de junio de 1984