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Una quimera del oro negro a la española

El sueño frustrado del 'Oklahoma burgalés'

20 años más tarde, la comarca de la Lora está más deprimida que cuando apareció el petróleo

A las 12.15 horas del sábado 6 de junio de 1964, unos 6.000 litros de petróleo salieron de las entrañas de la tierra en el pueblo burgalés de Valdeajos de la Lora. Era la primera vez que el oro negro aparecía en España y la noticia se recibió con alborozo en todo el país. Hubo excursiones masivas al lugar, proyectos económicos que iban desde una refinería hasta infraestructura hotelera, triunfalistas declaraciones de la clase política de la época y fiebre del oro desatada entre los habitantes de la comarca. Hoy, 20 años después, cuando de la Lora han salido algo más de 12 millones de barriles de crudo, los lorianos en número notablemente inferior al de entonces, vuelven a cultivar patatas y trigo y tratan de olvidar aquel sueño de riqueza que nunca se hizo realidad en el que entonces fue llamado el Oklahoma burgalés

Luis Garrido Palacio, de 28 años, casado, natural de Madrid, estaba a 27 metros de altura en la torreta de perforación aquel 6 de junio y oyó, poco después de mediodía, un largo silbido que salía del sondeo. Instantes después, unos 6.000 litros de petróleo fluyeron durante 10 minutos por la válvula abierta y se desparramaron por los campos colindantes.Fermín Santidrián Hidalgo, secretario del Ayuntamiento de Sargentes de la Lora, al que pertenece Valdeajos, iba de paseo con el cura de la localidad, Daniel Gómez Martínez, y vio el chorro de petróleo. "Yo creo que el hallazgo hizo más impacto fuera que aquí. A nosotros nos pareció normal que lo encontraran. Después, cuando comenzó a llegar gente y más gente, fue cuando pensamos que aquello podía ser muy importante para la comarca y para España".

En pocos días pasaron por Valdeajos todas las autoridades provinciales, desde el arzobispo, Segundo García de Sierra, hasta t1 gobernador civil, Eladio Perlado pasando por el gerente del polo de promoción industrial de Burgos, que por aquel entonces echaba a andar, y el alcalde de la ciudad. No faltó ni siquiera la visita ministerial en la persona de Jorge Vigón, que ocupaba la cartera de Obras Públicas.

Todas las declaraciones fueron tan triunfalistas que la fiebre del oro negro se desató entre expertos y profanos. Así, Campsa, que tenía el 50% de participación en el sondeo, suspendió su cotización en bolsa el lunes 8, y cuando volvió al parqué el jueves 11, sus acciones subieron en 10 minutos 40 enteros en Madrid y 43 en Bilbao. En Valdeajos, mientras tanto, el alcalde, Segundo Ruiz, convocaba fiesta para el sábado 13, y el vecino Justo Hidalgo, que hasta entonces cultivaba patatas y trigo, como el resto de sus paisanos, abría, de la noche a la mañana, su snack-bar El Rey del Petróleo, que fue pujante, negocio durante algún tiempo "Eso de snack-bar se lo inventó un periodista de Bilbao. Me dijo: 'Si usted me lo consiente, voy a poner aquí un rótulo'. Otros periodistas se portaron peor. Vinieron unos de Madrid y tenía yo el comedor lleno; me pidieron por favor que les sirviera en cualquier sitio. Total que les metí en la cocina, les preparé unos huevos y les cobré una cosa, pues, normal. Y resulta que luego ponen en el papel que les había cobrado 50 pesetas. Si les pino...".

La polémica de las expropiaciones

Luego, con el transcurso del tiempo, los técnicos supieron que el de la Lora era un muy limitado campo petrolífero, del que además era costoso extraer el crudo y casi imposible refinarlo, y los lorianos vieron que aquella riqueza subterránea no dejaba en sus pueblos más dinero que los escuetos que por los terrenos se pagaron.

"Estuvimos en negociaciones con gente de la empresa y de la Delegación de Industria", recuerda Aurelio Arce, entonces jefe de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos de Sargentes. "Nosotros queríamos que se nos pagara siquiera a siete pesetas el metro, y ellos que a cuatro, que no podían pagar más. Y a ese precio creo que nos pagaron lo primero que se expropió en tierra baldía". Eladio Perlado, gobernador civil entonces de la provincia, recuerda también la polémica de la expropiación. "La gente de la Lora creyó que tenía allí un Eldorado y quisieron obtener buenos precios. Quizá esaban manejados por alguien de entre ellos, quizá alguien envenenó la negociación. Yo hice de hombre bueno; hablé con el ministro de Industria, Gregorio López Bravo, y le dije que la gente se sentía defraudada. Al final se les trató generosamente".

Fernando Dancausa, hoy abogado en ejercicio en Madrid y entonces presidente de la Diputación de Burgos, entiende que la expropiación "no provocó ninguna circunstancia grave sobre el lógico enfrentamiento que todas las expropiaciones produce porque la Administración valora más bajo de lo real y el particular pretende conseguir un precio superior. Pero creo que el interés de los burgaleses no estaba centrado en conseguir más o menos por sus terrenos, sino en la prosperidad de los pueblos con las instalaciones que habían de crearse".

Las instalaciones nunca se llegaron a hacer. Un estudio del gabinete técnico del Consejo Económico Sindical Nacional realizado en 1966 fijaba como rentable la refinería a partir de un millón de toneladas de producción de crudo al año. El campo de la Lora no alcanzó nunca ni una cuarta parte de esa cifra. Otra posibilidad, la de realizar una central térmica, fue rechazada por las autoridades industriales por respetar las áreas de influencia de la central nuclear de Santa María de Garoña, que por entonces se construía, de la térmica de Santander y de las de León y Palencia. Esta decisión y la de descartar también la creación de una industria petroquímica de base fue anunciada por López Bravo en la casa sindical de Burgos en una tumultuosa reunión que acabó con la intervención de las Fuerzas de Orden Público.

1.580 barriles diarios

Defraudadas estas expectativas, los ayuntamientos de la comarca hicieron numerosas gestiones, todas ellas sin éxito, para conseguir que la empresa explotadora del petróleo pagara en los pueblos algún tipo de canon o de impuesto. "Mientras no cambie la ley de Minas, no hay forma de cobrar nada. El subsuelo es del Estado. Pagan únicamente el suelo, que no compran, ya que es una cesión para 50 años. Y los impuestos industrial y de radicación los pagan, al parecer, en Madrid, donde está la sede de las empresas", manifiesta Fermín Santidrián, que sigue siendo, aunque está cercano a jubilarse, secretario de Sargentes.

La explotación industrial del campo de la Lora comenzó en 1967, fecha en la que entra en funcionamiento una estación receptora de 11.000 barriles de capacidad, que recibe el crudo de los diferentes pozos, y un oleoducto de 10 pulgadas de diámetro y 11 kilómetros de longitud, que saca el petróleo a la estación terminal de Quintanilla Escalada, en la carretera de Burgos a Santander, desde donde camiones de Campsa lo llevan a distintas empresas de Valladolid, Burgos, Miranda y Bilbao, donde, se usa como combustible.

Cuando se halló el petróleo, la concesión de la Lora pertenecía a Campsa en un 50%, y a Amospain, consorcio formado a partes iguales por Chevron y Texspain, el restante 50%. En la actualidad, la participación de Campsa está en manos de Eniepsa, empresa perteneciente en su totalidad al Instituto Nacional de Hidrocarburos. Amospain sigue siendo la empresa operadora.

El sueño frustrado del "Oklahoma burgalés"

Según Hilrey J. Watson, jefe de exploración de Chevron, el petróleo de la Lora no se puede refinar porque tiene un alto porcentaje de arsénico, que, unido a la relativamente pequeña cantidad de producción, haría muy gravoso el proceso. Desde 1964 se han obtenido de este campo unos 12.400.000 barriles de crudo. "La máxima producción", manifiesta Watson, "se alcanzó en 1969, con unos 4.000 barriles diarios. Después se produjo una caída constante hasta llegar a los 800 barriles. Desde el pasado año hemos puesto en marcha un programa para limpiar los pozos, ya que la parafina que tiene el crudo obturaba las tuberías, y hemos abierto nuevas perforaciones, con lo que estamos ahora en unos 1.580 barriles diarios".La producción sale de unos 28 pozos en funcionamiento de los 47 que hay abiertos en los términos de Sargentes, Ayoluengo, Valdeajos y Barrio de Panizares. Trabajan en el campo 40 personas, de las que solamente cinco viven en la zona. El resto se desplaza diariamente desde Burgos.

La decadencia del 'snack-bar'

Cualquier viajero que cruce el páramo de Masa hacia Santander durante la noche verá hacia el Noroeste el resplandor lejano de un fuego. Es el gas de la Lora. Desde hace 20 años, se queman diariamente un millón de pies cúbicos de gas. "Utilizamos una pequeña parte como energía para caballetes y bombas. El resto, lo ideal hubiera sido venderlo a fábricas de la zona, pero no las hay lo suficientemente cercanas como para pensar en hacer un gasoducto", manifiesta Watson. "Ahora se estudian algunos proyectos; uno de ellos, su aprovechamiento para producir electricidad".

Los proyectos ya se comentan en la Lora, pero sin la expectación que hace 20 años levantaba el crudo. "No fue una desgracia que apareciera aquí petróleo", dice Aurelio Arce, "pero tampoco nos hemos beneficiado en grandes cosas". Y Joaquín Cidad, cura de Sargentes desde hace 13 años: "Sí, ha habido beneficios, por ejemplo, en el importe que se pagó por los terrenos, y otros indirectos: por ejemplo, nos hemos aprovechado durante muchos inviernos de la máquina quitanieves de la empresa cuando no existía la de la diputación. Se ha hecho, además, el asfaltado de carreteras, la traída de aguas y el encementado de los pueblos, y a ello ha contribuido la empresa con generosidad y con justicia". Leoncio Ruiz, alcalde de Sargentes desde 1979 y empleado de la empresa petrolera desde 1966: "Si ventaja no ha sido mucha, desventaja tampoco. Yo, personalmente, estoy contento de que apareciera el crudo en el pueblo".

De otra opinión es Abelardo Gómez, alcalde pedáneo de Valdeajos: "Esto ha dado mucha riqueza, pero a la empresa. A nosotros no nos ha dado nada. Aquí vivimos del trigo y la patata, no del petróleo".

Justo Hidalgo, aquel repentino industrial hostelero, aquel rey del petróleo, tiene hoy 79 años y vende una docena de cervezas al día en un oscuro local frontero al que antaño fuera flamante snack-bar donde se pedía un whisky y se hablaba en inglés. "Mis hijas estaban todo el día en el mostrador, venga a dar comidas y bebidas. Teníamos

local lleno a todas las horas. Nos decían: 'Esto va a ser un segundo Madrid'. Claro, las cosas, como las desconoces, pues las crees. Y luego resulta que no ha sido nada, que no hay trabajo, que lo hacen con cuatro personas".

En invierno, cuando en la Lora la nieve inunda la paramera y los balancines de los pozos destacan aún más su negrura entre los campos, Justo Hidalgo marcha al sur de la provincia, a Aranda, donde pasa los meses del frío. "Aquí ya no queda casi nadie. Y porque se han puesto mal las cosas para trabajar en la capital, que si no no queda aquí ni uno, pero ni uno. San Andrés de Montearados, que queda ahí al lado, está vacío. Lorilla, vacío. Barrio de Panizares, también vacío. Y en los demás pueblos sólo quedamos los viejos".

La población, en efecto, ha bajado y ha envejecido notablemente en la Lora en los últimos 20 años. Sargentes tenía cuando apareció el petróleo 287 habitantes; Valdeajos, 135; Ayoluengo, 43. Vivían, además, en la comarca unas 250 personas que trabajaban en los sondeos o en el tendido del oleoducto, esto sin contar a esposas e hijos. Hoy, Sargentes tiene 140 habitantes; Valdeajos, unos 40, y Ayoluengo, 10. Y lo que es peor, no hay jóvenes, no hay bodas, no hay nacimientos.

Los lorianos que aún quedan se han acostumbrado ya a que entre sus tierras haya caballetes sacando petróleo del subsuelo y tuberías conduciéndolo a la estación receptora. De cuando en cuando, alguno se queja de la contaminación, del olor a gas..., pero las relaciones con la empresa son armoniosas. Aunque, eso sí, aquella fiebre del oro negro ha remitido por completo. Todos han vuelto de nuevo a la patata de siembra y al trigo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de junio de 1984

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