La función pública
Después de las expectativas del cambio, que en lo que respecta a la función pública se ha quedado tristemente en un ajuste de horarios para los funcionarios de a pie -¡cómo contrasta esta especie de bofetada a los más modestos frente a las palmaditas dadas a los cuerpos de elite: notarios y registradores!- sin contrapartida económica racional y suficiente para paliar lo duro de la medida y ganar así la confianza y el respeto de los afectados, aparecen ahora las noticias sobre las medidas urgentes relativas a la función pública. Y, por las noticias que de ellas vamos teniendo, nos sorprendemos una vez más al comprobar que el PSOE -¡oh paradoja!- nos está resultando el partido más clasista de todos los partidos habidos y por haber, si tenemos en cuenta la titulitis que propugna. Es decir, que los funcionarios que ahora peinamos canas y que, por razones obvias, no pudimos asistir, al igual que lo hicieron muchos de nuestros actuales dirigentes, a liceos franceses, colegios estudios y similares, y ni siquiera a institutos corrientes y molientes, por la sencilla razón de que en aquellos tiempos no existían jornadas nocturnas, y que, sin embargo, hemos demostrado nuestra suficiencia en el desarrollo de funciones superiores a nuestro grado de auxiliares, ahora se nos va a castigar duramente reduciéndonos todas las posibilidades de acceder a puestos mejores. Esperemos que todavía haya posibilidad de rectificación y se acabe teniendo en cuenta la labor de muchos auxiliares, ya maduros, que nunca han tenido la posibilidad de promoción con que cuentan hoy en día los jóvenes, entre otras cosas porque han necesitado y necesitan trabajar duramente por la tarde para poder alimentar a sus hijos de una forma conveniente, y que, sin embargo, trabajan con toda seriedad y al máximo en la Administración y están realizando funciones muy por encima de su titulación.
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