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Tribuna:

Vips

Por fin alguien tuvo una buena idea y elevó el libro a la altura de un destornillador. Antes los ebanistas ya habían hecho un gran trabajo en favor de la literatura. Fabricaron estanterías para ocultar los radiadores, cubrieron de baldas lacadas aquella pared maestra y crearon entre la pequeña burguesía la necesidad de comprar fascículos y otros volúmenes cerrados cuyo lomo combinara bien con el color del sofá. Hubo un tiempo en que una porcelana de Lladró, por ejemplo, un ciervo de bizcocho, separaba en los anaqueles una batería de cuadernos sobre la Guerra Civil del diccionario ilustrado de la sexualidad, y un chino de alabastro fosforescente servía de parapeto a una colección de recetas de cocina ricamente encuadernada. Como la gente seguía sin entrar en las librerías por miedo a coger una enfermedad, los editores optaron por hacer una descubierta militar. Enviaron a domicilio a unos vendedores con bigote de protagonista de Sam Peckinpah, y chaqueta de dos aberturas. Ciertas amas de casa, que no pensaron que aquello era un atraco, abrieron la puerta a las once de la mañana y de pronto se vieron garreando bajo los diez tomos de una enciclopedia.Pero últimamente la literatura ha dado un gran paso cuando a alguien se le ha ocurrido la trampa de enmascarar los libros entre hamburguesas, tubos de pasta dentífrica, destornilladores y batidos de vainilla, todo eso bien vigilado por un guarda jurado que lleva un pistolón al amor de los ijares. Esa revolución cultural acaba de realizarse en los vips. En los grandes almacenes y en los vips, el libro comparte ahora felizmente la categoría intelectual de un refresco o de una cacerola. Ha sido elevado a la distinción poco dudosa de un cepillo para los zapatos o de un simple bocadillo de jamón. Así, el público penetra confiadamente en un establecimiento a comprar una bayeta o a esperar a un amigo y se encuentra de narices con una bancada de libros. Incluso puede comprobar que unas verdes doncellas se acercan a ellos sin peligros, acarician sus mórbidas portadas y meten la perfumada naricilla entre sus páginas, mientras cae una cascada de rock o bala Julio Iglesias. Este es el rito. Con este sistema algunos españoles han descubierto la última novedad: que leer no da dolor de cabeza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de enero de 1984