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CARTAS AL DIRECTOR

Amarse en la plaza

El 22 de diciembre pasado envié una carta al alcalde de Madrid explicándole el calvario que estamos pasando -un año más- los vecinos de la plaza del Conde de Barajas, en razón de la forma en que algunos conciudadanos (vamos a llamarles así) celebran las fiestas navideñas; al mismo tiempo le rogaba pusiera alguna vigilancia para evitar los desmanes que estamos soportando.En síntesis, esto viene ocurriendo: 1. La plaza se ha convertido en lugar de encuentros de jóvenes borrachos. 2. Continuamente lanzan botellas al aire, que, naturalmente, se estrellan contra el suelo, dejando un mar de vidrios rotos, con los consiguientes peligros. 3. Hace unas noches, una pareja hacía el amor, sin el menor recato, en plena plaza. 4. Cualquier rincón o portal se ha convertido en urinario público. 5. Los petardos (creo que está prohibida su venta) son un concierto continuo hasta altas horas de la noche. Ante estos hechos avisamos a la Policía Municipal; acudieron, eso sí, pero para manifestar que "no era asunto de ellos"; "que los petardos no eran culpa de los chicos, sino de quienes los venden", y "que si se llevaban a uno de esos chicos se jugaban el puesto". Previamente hicimos una visita al ayuntamiento, de donde nos remitieron a la Tenencia de Alcaldía, en la plaza Mayor. Allí un funcionario explicó que "tienen prohibido a los comerciantes de la zona vender envases de vidrio", pero esto es letra muerta de una disposición que no se cumple, y, si no, a los hechos me remito.

Nada tenemos contra la diversión (esa sana diversión que preconiza nuestro alcalde), pero sí contra las gamberradas, lo obsce-

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no, lo antiestético, la cochambre, la ordinariez y la guarrería. Y lo peor es que todo esto se produce ante la tolerancia y la inhibición de quienes están investidos de autoridad. / Salvador Enríquez Muñoz y María Isabel Monroy Morante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de enero de 1984