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Julio Iglesias: fervor y sociología

Julio Iglesias Estadio Bernabéu. 12 de septiembre.

La princesa Cosmonópolis, el joven narrador Leopoldo Alas y yo nos habíamos vestido de hinchas de Julio Iglesias, para acudir al magno recital-despedida en el madrileño estadio Bernabéu. íbamos contentos y dispuestos a todo, pero de repente (como chaparrón de verano) nos sorprendió la aventura.Perdidos entre las galerías y los corredores con rejas y pasos cortados del templo futbolístico, entre gente que corría precipitada de un lado a otro, creímos hallarnos en una de aquellas alucinantes cárceles inventadas que diseñó el genio superrealista de Piranesi.

Y es que (nunca se dirá bastante) los estadios de fútbol son absurdos para organizar recitales de canciones. Del numerosísimo público que deseaba ver al ídolo, apenas un escaso 50% pudo hacerlo en condiciones normales. Muchos tuvieron que conformarse -no sin protestas- con lugares donde no se veía al cantante (ni de lejos) y donde, para colmo de desdichas, se le oía bastante mal.

LUIS ANTONIO DE VILLENA

T., Madrid

Protestas por la falta de visión

Se pregona que es actuación en directo, pero sólo gracias a las pantallas de vídeo un amplio sector del público pudo ver algo. Fueron tantas las protestas que momentáneamente se detuvo el recital. Se permitió que el respetable (tan poco respetado) acudiese a laterales con mínima, aunque alguna visión, y Julio al reempezar -amable y querendón- dijo saber de algunas dificultades, pero que a todos prometía una noche mágica. (Aunque es intolerable -y hay que insistir- que se vendan más entradas que las que se pueden ocupar en condiciones aceptables).

"Di que", me decía la princesa, "el público es bueno como un pan"; y tan contento estaba por ver a Iglesias, que con dos sonrisitas del divo, y un poquito que les cantó al lateral, los que vociferaban airados, aplaudieron luego. Alas comentaba: "Todo esto me parece irreal".

Repertorio tradicional

Julio Iglesias, de caballeresco azul, cantó su repertorio tradicional. He dicho ya que el sonido -si se excluye a los espectadores que estaban ante el escenario- no era perfecto, pero como aquello además de canción es sociología, funcionaba. Iglesias queda mejor en disco que al natural, pero conoce a su público, y sus resortes, y sabe actuar. ¿Qué querían -me pregunto yo- los miles de espectadores del Bernabéu? Cuando el cantante, con su voz acariciadora y gris perla, susurraba amor..., se encendían mecheros y bengalas. ¿Por la música? Imagino que no. En el Canto a Galicia -que repitió-, más y más luminarias. En Hey!, delirio de prendas 3, de chilliditos entre las damas...

Y es que Julio Iglesias (me apuntó la princesa Cosmonópolis, íntima de Truman Capote) representa la glorificación de la norma, "la norma" aclaró, "hecha brillante". Nada es extraordinario, pero todo queda como debe ser. El amor, aunque desgraciado, constante. El tiempo que se nos va, la niña que crece, la sentimentalidad siempre dulce y sana... Jorge Guillén ya dijo en Beato sillón: "El mundo está bien hecho".

El indiscutible triunfo (no sólo español) de Julio Iglesias radica en un detalle técnico: aprovechar, con estilo, una voz limitada. Y en una razón sociopsicológica: encarnar agradablemente el bien ser, teñido de frágil melancolía, que no impide otear (ya fuera de las canciones) el fulgor final de la meta: Mercedes deslumbrantes y mansiones tropicales por el mundo.

Conste que no quito a Julio Iglesias ninguno de sus méritos, simplemente intento explicar el porqué de su éxito, ajeno en buena medida a la canción misma. Éxito (en otro terreno, desde luego) un tanto similar, se me ocurre, al de Margaret Thatcher. No sólo política (ni sólo canción) sino encarnación, involuntaria acaso, de un mundo, de un tipo de gente, de una concepción, limitada y sólida, de la vida.

Al final -olvidados los primeros problemas- hubo regalo de chaqueta y corbata, delirio de mocitas y madres, apoteosis de vídeos y vivas, y general algazara. Tuve que controlar a la princesa para que no se me fuera tras un chiquito (modelo Serrano con tupé lánguido y todo) mientras volvíamos al laberinto de los pasillos sin dueño, y Julio Iglesias, aclamado, era un punto blanco abajo y fulgente al fondo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 13 de septiembre de 1983.

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