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Tribuna:

La recepción

Nada hay más moderno que un artista solitario y resentido, nada hay más deprimente que un escritor maldito vestido de corneja en una recepción oficial. A uno le da un poco de dentera cuando ve a un literato triunfante, que en los papeles ejerce de rebelde, saludando a jefes de Estado con una reverencia de bisagra, o abrazando con alborozadas llaves de yudo a sucesivos ministros, o haciendo el pingüino con los pies planos en besamanos de salón rodeado de políticos y de marquesas generalmente fláccidas. Sucede lo mismo con eso de la Real Academia. A cierta edad, según parece, alguna gente de la pluma se siente atrapada por una imbecilidad transitoria y es capaz de someterse a cualquier humillación para sentarse en un sillón inmortal, aunque lleno de polilla. Comprendo que la Real Academia es muy buena para la próstata y que cualquier escritor o lingüista está en su derecho de asegurarse una plaza en ese balneario de Panticosa, porque la Real Academia da la inmortalidad en vida. Una vez se ha ingresado en ella, uno ya no se muere nunca. En ese panteón, todo tiene el aire perenne de la avutarda disecada, y allí dentro sólo se realizan labores de taxidermia entre los propios habitantes.Con la democracia ha comenzado a funcionar una trampa. A los escritores, cantantes, pintores, poetas, filósofos y científicos se les invita continuamente a recepciones en los palacios, a fiestas de sociedad, a cócteles de cumpleaños y a otros bautizos. Se les pide que adornen cabeceras de mesa en banquetes administrativos, y no hay ningún consejero delegado, marqués, financiero, político rastrero o dama de alcurnia dudosa que en estos días de libertad no quiera acariciar a una de estas fieras. Ellos se dejan. Acuden a todo. Y entonces se produce un espectáculo degradante. En esas recepciones oficiales se ve a intelectuales dinamiteros rodilla en tierra, a marginales de barba que respetan los búcaros de porcelana, a delincuentes en la vida real posando los labios en el dorso de la mano de princesas de la aristocracia pontificia o a revolucionarios departiendo los canapés de unos contrabandistas. Ya no quedan lobos esteparios. Hoy, los dioses pierden el culo por pisar alfombras, y hasta los terroristas se visten de corneja.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de junio de 1983