La sombra de Nelson es alargada

El subteniente Watson no tiene nada que ver con el almirante Nelson, pero ambos viven estos días juntos en la imaginación surrealista de los tinerfeños. Watson, que regresará mañana a Inglaterra al ejercicio del vuelo, parece un personaje diseñado por Christopher Isherwood, el autor de Adiós a Berlín, para ser pintado por David Hockney junto a una piscina sin fronteras en el Atlántico. Nelson, sin embargo, era un personaje: pensado por la historia para convertirse en una acuarela tranquila de Turner, con sus ojos azules apasionados. Ambos, sin embargo, coexisten estos días en la memoria de Tenerife. Watson llegó el miércoles, después de aterrizar sobre la furgoneta que transportaba un barco, pidió un peine, se acicaló y volvió a su tierra, impelido por sus superiores a olvidar la historia extraordinaria que le llevó a posarse allí donde el mar tenía un hueco. Nelson no vino envuelto en la envoltura de un Harrier de 25 millones de dólares, además aviador a bordo de un barco, sino que trató, en el siglo XVIII, de apoderarse de la isla de Tenerife en nombre de su majestad británica. Fue rechazado, pero no olvidado ni odiado ni vilipendiado. Los resistentes isleños le obsequiaron con un casco de cerveza y generosas porciones de queso, y quienes luego recordaron la gesta en la que el cañón Tigre desposeyó al almirante del brazo que más quería decidieron convertir una de las rutas más espaciosas de la ciudad de Santa Cruz en la calle de Horacio Nelson. Nadie sabe todavía cómo será recordado Watson.Ayer, en la dársena comercial del sur de Santa Cruz, estrenada por culpa de este incidente marítimo, coexistían varios elementos que el francés André Breton hubiera citado en esta época como datos para creer de nuevo que esta es la isla más surrealista del mundo. El Harrier seguía poderoso e impotente subido a una furgoneta que venía destinada a un herreño que, de momento, no tiene en qué desplazarse; y a unos metros del costosísimo avión de combate, un vagón de tren, donado por la RENFE a un barrio de Santa Cruz para que lo convierta en sede de biblioteca, vive un sueño de año y medio. Quien debía transportarlo al barrio, a tres kilómetros de Santa Cruz, padece no sé que lío burocrático y el vagón sin raíles sigue allí, en una isla donde, por otro lado, desde tiempo inmemorial no hay trenes.
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