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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

La diplomacia, renovación y permanencia

CARLOS ROBLES PIQUER"Permítasele", dice el autor, "a un profesional de la carrera, que ingresó en nuestra Escuela Diplomática casi un tercio de siglo atrás y dos de cuyos hijos practican el mismo oficio terciar en el debate que seguramente suscitará el editorial dedicado por EL PAIS a las nuevas y viejas embajadas. Mi deseo simultáneo de permanecer en aquélla y no desempeñar ahora puestos de relieve en su seno tal vez me ofrece una perspectiva capaz de ayudar a la claridad de la visión".

Querría comenzar por corregir un error que quizá distorsione el texto al que acabo de aludir: los edificios, venerables o funcionales, que albergan nuestras misiones en el extranjero no tienen por cometido principal el de amenizar morosos almuerzos con charlas sobre literatura. Este lugar común, impropio de la sutil tribuna que lo emite, resulta muy alejado de la realidad, por más que la literatura merezca, sin duda, el placer de la charla y que el almuerzo siga siendo un arma tan valiosa como pacífica en la residencia de un buen diplomático. Ni siquiera la era del jet o los viajes de los gobernantes han desprovisto de contenido las funciones permanentes de enlace entre Estados y pueblos, defensa de los intereses propios y comprensión de las posturas; ajenas que constituyen el meollo de las relaciones internacionales. Es más: una visita de alto rango tendrá poco valor práctico si no ha sido debidamente preparada y, sobre todo, si carece de ese seguimiento que sólo puede lograrse sobre el terreno.La diplomacia es un servicio a las especialidades, como dice EL PAIS; pero prestarlo sigue siendo, a la vez, una difícil especialidad. La imagen del director de orquesta explica bien la tarea del embajador, con el matiz de que éste la desempeñará mejor si ha tocado antes el mayor número posible de instrumentos de su orquesta. Es decir, si ha sido secretario de embajada, cónsul de la nación, agregado cultural o consejero comercial, por ejemplo; y -a ser posible- en diversos países así como en algunas de las muchas conferencias y organizaciones internacionales que forman la tupida trama de la diplomacia multilateral. Por tanto, las deseables preparaciones específicas sirven a una función genérica -representar, convencer, comprender-, que conserva tanta vigencia como en los tiempos de Maquiavelo.

Ningún diplomático niega al Gobierno la facultad de nombrar, sin embargo, embajadores políticos, por más que países tan avanzados en su sistema democrático no lo hagan nunca, caso de Italia, o lo hagan muy. raras veces, caso del Reino Unido. Al fin y al cabo, sólo expresamos nuestro sentido del humor cuando decimos que somos ya bastantes los tontos en nuestras propias filas como para necesitar que nos traigan otros desde fuera... Pero constituiría una insigne torpeza eliminar a funcionarios diplomáticos, de experiencia, talento y lealtad bien comprobados, por el hecho de que hayan servido en tiempos anteriores, como si servir al Estado en el exterior no fuera la esencia misma de una función tan ajena a todo partidismo como pueden serlo el servicio a las armas o la Administración de la justicia.

Para mí, conocedor de ambos compañeros, no puede caberme duda alguna de que Gabriel Mañueco, que me sucedió en la negociación última con Estados Unidos, sería un idóneo representante del Gobierno en Washington, tal como lo es allí, o lo sería en otra parte, ese no menos excelente diplomático que se llama Nuño Aguirre de Cárcer. Y cito sus nombres porque puedo dar testimonio de ambos y porque el editorial que comento arroja una sombra injusta sobre sendas hojas de servicio, que tengo por inmaculadas.

Ninguna duda cabe tampoco de que los embajadores, siempre, deben servir con celo y fidelidad la política del Gobierno al que representan. Pero sería malo para su propia función que alguien quisiera otorgar, más allá de la Constitución, patentes de democracia o sambenitos de totalitarismo, llevando así a nuestras embajadas tensiones que causarían en su seno peligrosas fisuras; más todavía si patentes o sambenitos están influidos por amistades personales. No debemos olvidar, por ejemplo, que un buen diplomático debe defender los legítimos intereses globales o sectoriales del país que lo envía y debe informar fielmente a su Gobierno sobre lo que ocurre en el lugar de su residencia. Algunos creen, de todos modos, que tan ¡mportante como ambos cometidos es mantener abiertas y expeditas las vías de comunicación con la autoridad ante la qué está acreditado, tanto si él comparte la actuación de éstos como si las repudia.

En momentos de crisis, que a veces llegan a ser dramáticas, este acceso fluido al poder ante el que fue acreditado debe permitirle la evitación de graves males y debe contribuir a salvaguardar una relación, por encima de filias y fobias, entre los Estados que integran la comunidad internacional. Justamente, las valijas precintadas y los mensajes cifrados, casi tan antiguos como la democracia, existen para que los juicios descarnados y hasta agresivos que un enviado quiera transmitir a sus propios jefes sobre las fechorías del Gobierno ante el que trabaja sean compatibles con la sonrisa que habitualmente debe enarbolar en sus relaciones visibles con éste, incluso cuando le amenaza, le presiona o le plantea las más amargas quejas. Tal hipocresía es un aceite obligado para engrasar las articulaciones internacionales, a menudo chirriantes y herrumbosas.

Cierto es, asimismo, el dato de que nuestras propias misiones, a menudo huérfanas de suficiente información y carentes de elementos auxiliares básicos en la diplomacia moderna, necesitan una profunda reforma. Pero es mi opinión la de que se trata de una reforma sobre todo técnica, en línea con esa modernización que el actual Gobierno tiene por uno de sus objetivos. Y que irá, por desdicha, acompañada de algún incremento en los presupuestos y de cierta racionalización, incluida la supresión de alguna embajada que se creó por motivos pintorescos y hasta personales.

Pero si la modernización consiste en enviar algunos políticos sobrantes para reemplazar a profesionales a los que nombró hace pocos meses otro Gobierno no menos democrático que el actual, entonces se habrá producido un regreso fáctico al célebre spoil system que ha destrozado tantas administraciones públicas a lo largo de la historia. No se tiene de pie la crítica. A mi modo de ver, el último Gobierno de UCD -que confió a diplomáticos la totalidad de nuestras embajadas- tenía perfecto derecho para actuar como lo hizo y para gobernar, plenamente, en esta y en otras materias, hasta el día mismo de las elecciones generales. ¡Bueno estaría que no tuviéramos que depender de éstas sino de los sondeos pre electorales!

Renovar los métodos y las personas es conveniente y a menudo necesario. Pero España dispone, por fortuna, en su conjunto, de un servicio diplomático que le permite lograr esos objetivos en el ámbito de la política exterior sin destruir la continuidad imprescindible para el logro de los altos objetivos que nuestra patria debe conseguir en el mundo en que vive, y alguno de los cuales han sido atinadamente anunciados por EL PAIS.

Carlos Robles Piquer es diplomático. Fue embajador en Libia, Tchad, Italia y Malta, secretario de Estado de Asuntos Exteriores y presidente del Instituto de Cooperación Iberoamericana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de febrero de 1983