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Editorial:

La crisis llega a Alemania

ALEMANIA HABIA sido el paradigma a prueba de crisis económicas desde que los Gobiernos democráticos salidos de la derrota en la segunda guerra mundial decidieron establecer un sistema de economía de mercado como contrapunto del dirigismo del período hitleriano. Primero, los democristianos, y después, la socialdemocracia, cosecharon éxitos continuos. El milagro alemán demostró que mercado y democracia política, con un alto grado de conquistas sociales, resultaban compatibles. Los antiguos enemigos se convirtieron en activos colegas comerciales de franceses, ingleses y americanos, así como de sus aliados en la contienda: italianos y japoneses.El crecimiento de la producción y la calidad de las mercancías ha hecho de Alemania Occidental uno de los grandes países exportadores del planeta, hasta el punto de que el valor de sus ventas al exterior es prácticamente el mismo que el de las del gran coloso norteamericano. Las mercancías desbordan las fronteras, y tanto Europa occidental como también el Tercer Mundo y los países comunistas comenzaron a ser una especie de apéndice necesario para que las instalaciones fabriles germanas trabajaran a plena capacidad. La mano de obra nacional resultaba insuficiente y a los inmigrantes tradicionales italianos se suman, a partir del decenio de los sesenta, turcos, yugoslavos, españoles y portugueses. Pero el vigor del crecimiento resultaría tan fuerte que se acumularon excedentes casi de forma natural, lo que permitió financiar vía impuestos un complejo de prestaciones sociales riquísimas y abundantes con cargo a los presupuestos públicos.

En esta especie de paraíso económico, las repetidas revaluaciones del marco no anulan la competitividad del sistema, en parte por el notable espíritu de innovación y organización empresarial, pero también por la disciplina y el buen sentido de los sindicatos, envidiados por sus competidores industriales occidentales.

Sin embargo, la carrera del Estado benefactor; la reglamentaciones laborales, cada vez más estrictas, y las alzas salariales enfrentadas bruscamente a la crisis del petróleo, están haciendo que el sofisticado mecanismo de la economía alemana empiece también a detenerse. Muchos mercados de exportación se han cerrado o por lo menos se han encogido, mientras que la competencia de japoneses les ha desplazado de muchas líneas productivas, incluso dentro de la propia Alemania Occidental. En 1981, el crecimiento de la producción de bienes y servicios ha sido nulo, y para el año 1982, el prestigioso instituto de Kiel pronostica un retroceso del menos 1% del PNB, con un porcentaje de paro sobre la población activa superior al 6,5%, después de que grandes contingentes de trabajadores extranjeros han sido ya definitivamente licenciados.

La inversión está paralizándose, y economistas, sociólogos, políticos, pero también empresarios y sindicatos, discuten nuevas formas de promoción capaces de suscitar las iniciativas empresariales. Por lo pronto, la primera fórmula adoptada consiste en la creación de áreas de iniciativa libres, es decir, una especie de zonas francas exentas de toda intervención burocrática, y en las que las reglamentaciones laborales y la contratación colectiva no siguen las mismas pautas que en el resto del territorio. En definitiva, es un intento de legalizar los experimentos de economías irregulares o golfas, e incluso de impulsar nuevos empresarios mediante pequeños préstamos a fondo perdido (25.000 marcos) y en un régimen fiscal que exime totalmente los beneficios puestos en una cuenta especial para su reinversión posterior.

El sistema ha permitido la creación de 20.000 puestos de trabajo e incluso algunos de los grandes complejos industriales alemanes han empezado a establecer filiales propias. Se afirma que, en comparación con las reestructuráciones oficiales, la eficacia de estas áreas de libre iniciativa es muy superior, y el coste, notablemente más barato. Los políticos alemanes conocen por experiencia el coste, en términos de regresión de libertades, que ha supuesto en su país en otras épocas el fracaso del sistema de libre empresa. Hoy, por eso, la necesidad es la madre de la imaginación creativa para encontrar nuevas salidas a la crisis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de enero de 1982