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Tribuna:TEMAS PARA DEBATE

Bases para un entendimiento

Ejército y sociedadLas relaciones entre el poder militar y el poder civil, pero también las actitudes recíprocas y el grado de compenetración entre las Fuerzas Armadas y la sociedad son cuestiones de capital entidad para definir la clase de organización política y la consistencia de un Estado. Tras la serie de atisbos de golpismo interpretados por minorías castrenses, tras algunas distorsiones o graves deficiencias en la comunicación, parte de la sociedad española puede haber llegado a temer y desconocer a su Ejército tanto como parte del Ejército español se encuentra todavía en trance de integrarse en las coordenadas de una sociedad democrática. En vísperas de - la Pascua Militar, EL PAIS ha convocado a este debate a dos prestigiosos militares, los generales Manuel Gutiérrez Mellado y Ramón Salas Larrazábal, para contribuir directamente con sus opiniones y diagnósticos a la necesaria transparencia y acercamiento que debe existir entre la sociedad y el Ejército.

La conflictividad político-militar, muy intensa durante el primer tercio del siglo, había desaparecido prácticamente desde hace decenios. La creciente profesionalización del personal de nuestras Fuerzas Armadas las mantenía totalmente absorbidas en las actividades que le son propias. Su presencia en las calles como prolongación de las de orden público, habitual en otro tiempo incluido el período republicano- era cosa del pasado. Hace más de cuarenta años que los soldados no reprimen huelgas, no se enfrentan con manifestaciones o sustituyen a los huelguistas "como panaderos, conductores y carteros". Su participación "como comparsas de los festejos populares" se ha reducido prácticamente a cero y el recurso a los militares para ocupar puestos en la Administración civil ha dejado de practicarse, ni aun a título excepcional.Sin embargo, hay gentes con voz autorizada que vienen quejándose desde hace algún tiempo del aislamiento receloso y hostil que creen detectar en el estamento militar. De ser ciertos sus temores, los militares, viviendo al margen de la sociedad y apartados voluntariamente de ella, constituirían un grupo cerrado y amenazante que, lejos de cumplir su misión de defensores del orden constitucional que asímismo se dio el pueblo español, serían su más serio peligro. El único capaz de dificultar su consolidación.

En contraste con esa actitud, los restantes españoles, entusiastas del sistema democrático en sus nueve décimas partes, asistirían temerosos y anhelantes al devenir de los acontecimientos con la aprehensión de que en cualquier instante podrían ser víctimas de la prepotencia de la clase militar que, detentadora de la fuerza y prevalida de sus medios, podría hacer saltar el sistema de libertades por el que desde tan largo tiempo venían suspirando.

Extremando tan simplista esquema, las Fuerzas Armadas, reflactarias a todo cambio, estarían dispuestas, en alianza con las oligarquías detentadoras del poder económico y social, a impedir por la fuerza cualquier modificación sustancial del orden establecido. Su respeto a "cualquier opción política o sindical de las que tienen cabida en el orden constitucional", come¡ proclaman las Reales Ordenanzas, sería una pura farsa.

No sé si este resumen es o no exagerado si refleja o no lo que se piensa en los cenáculos políticos, intelectuales, estudiantiles y sindicales, pero si sé que concuerda lo bastante con lo que se lee y se escucha como para que lo aceptemos y tomemos en consideración, siquiera sea para someterlo a juicio y comprobar si vale como hipótesis en que basar posteriormente generalizaciones.

En mi opinión, aunque no creo que sea este el momento de explicarla, en este supuesto se parte de dos apreciaciones falsas: ni los militares son tan antidemócratas ni la sociedad española es tan fervientemente democrática. Los militares, ni más ni menos que los restantes grupos sociales y varias comunidades regionales, sufren -todavía- la enfermedad de particularismo que Ortega detectara hace ya sesenta años y, aunque el mal ha remitido considerablemente, las recaídas son siempre posibles, y en la actual coyuntura podrían ser de fatales consecuencias. En el común temor a que se produzcan está, creo, la mejor terapia para impedirlas.

La sociedad española no es, o por mejor decir, "aún no es", liberal ni democrática -así lo pienso al menos-, pero sí tiene el deseo y la voluntad de serlo. Fue en su decidido propósito de no recaer en contiendas civiles donde Franco encontró el más firme apoyo para su perpetuación en el poder, y es esa misma determinación la sólida base sobre la que asiento la certeza de que el sistema de convivencia democrática no sólo es posible, sino inevitable. Ni aun "los golpistas" -los pocos que hay- se atreverían a serlo si creyeran que su acción podría degenerar en una confrontación armada.

Esta visión, pesimista, parece hacer depender nuestra paz interior de un equilibrio de temor semejante al equilibrio de terror que mantiene la exterior; pero aquí el estado de ánimo de las gentes nos permite tener el pecho abierto a la esperanza.

La "amenaza" de los demócratas

Los militares, como todos los restantes grupos sociales, viven en su peculiar atmósfera, "con sus principios, intereses y hábitos sentimentales e ideológicos distintos" que hay que respetar e incluso estimular, pero lo que les une a los demás es que tienen clara conciencia de ser parte de un todo, y de ningún modo un todo aparte, como según Ortega, a quien se debe la frase entrecomillada, sucedía cuando la escribió. Hoy, los grupos sociales, hasta los más separatistas, ya no actúan en departamentos estancos y han renunciado, en gran medida, a la acción directa como medio para imponer su voluntad; "el pactismo está revelando a "la ruptura", y la actitud dialogante, al desdeñoso aislamiento. Al hablar de separatismos comprendo no sólo a los hiperniacionalismos periféricos, sino también a los que aún, más irracionalmiente, creen que sugrupo puede bastarse a sí mismo, no necesitar de los demás.

Desde esta nueva atalaya es desde donde debernos contemplar la realidad, renunciando a fáciles, pero falsos, espejismos. La, vida española, lo queramos o no, sufre aún la dicotomía en que la dividió la guerra, pero con un talante totalmente nuevo. Otras veces he citado la frase con que Américo Castro retrataba lo que fue esa realidad en el pasado: La vida auténticamente española ha consistido en lo que llamo conciencia de inseguridad, en la necesidad de convivir con personas y cosas que no son como uno desearía, y en rebelarse contra el hecho de que así sea". La variante, la sustancial variante, es que hemos dejado de rebellarnos contra el hecho de tener que convivir con los que, son o piensan como nosotros, que herrios decidido aceptarles como son y hemos renunciado a someterles, o convertirlos, a estacazos.

En esta renuncia, casi siempre dolorosa, estuvo el punto de par tida de la transición a la demo cracia, y en él las Fuerzas Arma das actuaron de forma ejemplar Como más de unavez nos ha re cordado Julián Marías, nadie puede vanagloriarse- de haber reducido ni en un segundo la vida del régimen de Franco, que mu rió con él de muerte natural y, aun ésta, anormalmente demorada. Después fueron las propias fuerzas sociales y políticas que le respaldaron las que libremente, con el firme sostén de la institución militar y venciendo la débil resistencia de sus fracciones más pétreas, las que se denominaron bunkerianas, decidieron la reforma política, que, refrendada por un pueblo ansioso de cambio y paz, o de cambio en paz, si se prefiere, dio paso a, esta España democrática, hoy en franco pro ceso de estabilización, si no lo impiden los demócratas.

Si en aquel momento auroral las Fuerzas Armadas no opusieron el menor obsbiculo al cambio cuando su acción se hubiera realizado dentro de la legalidad vigente, ¿por qué lo iban a hacer después, cuando necesariamente tendrían que salirse de ella? Por supuesto que sus componentes, formados muy mayoritariamente en unas lealtades y unos principios concretos, se han visto muchas veces obligados a mutilarlos; pero, como dijo Azaña, el militar que no sabe posponer sus sentimientos personales al deber profesional no es militar", y nunca es más de admirar que cuando, por disciplina y abnegación, obedece -aun si "el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda". Hoy, el Gobierno es obedecido por todos, y el peligro no parte de ellos, sino de quienes insensatamente los provocan, con un deseo malsano, inconfesado y muchas veces inconsciente, de verlos alineados con los enemigos del régimen para darse el gustazo de acertar en sus catrastrofistas pronósticos.

Muchas veces he mantenido el criterio de que el máximo peligro que se cierne sobre la convivencia "en la democracia" procede mucho más de las zonas templadas en las que habitan lo puros, los intachables, los incorruptibles, que en aquellas en que residen los extremistas de ambas bandas. Apoyo mi opinión en la convicción de que éstos caracen de peligrosidad reducidos a sus menguadas fuerzas, que únicamente pueden alcanzarla si se empujan hacia ellos a las numerosas gentes de ideología más omenos, afín que aceptan el juego democrático, repudian la violencia y quieren avanzar sinceramente por los caminos de la tolerancia y la transigencia. Estas son muchas, muchísimas, y si no se las acosa, si no se las irrita, no sólo no caerán en la tentación de servir de apoyo a sus interesados afines extremistas, sino que terminarán repudiándoles, negándoles toda simpatía y, desde luego, cualquier tipo de colaboración.

La libertad de expresiónPor el contrario, los necios y gratuitos agravios -difusos o corporativos-, las condenas indiscriminadas, los anatemas dqgmáticos, los sarcasmos con poca gracia y menor originalidad y, fundamentalmente, la insensata identificación generalizadora de comunidades, instituciones, o grupos sociales enteros, con golpistas o terroristas, pueden terminar por hacer caer en tentación -y no faltan tentadores- a quienes vienen resistiéndola denodadamente.

Que los tentadores fomenten la ambigüedad, conocedores de que sólo en el mundo turbio de la imprecisión pueden tener su oportunidad, tiene su sentido, pero hacerles el juego es, cuando menos, una imbecilidad. De ahí mi irritación cuando veo meter en el mismo saco a los militares y a los golpistas, a los vascos y a los etarras, a los antifascistas y al GRAPO, etcétera.

No estoy defendiendo, por supuesto, ninguna cruzada contra la libertad de expresión, pero sí abogo porque al escribir sobre estos temas se atempere la pasión con la razón, "o lo que tanto vale, por la prudencia", como diría el profesor Fernández Carvajal.

Los problemas están ahí y hay que abordarlos. La incomunicación entre militares y civiles tiene frecuentemente su origen en que han sido considerados tabúes o han sido desdeñosamente ignorados por unos intelectuales que no los consideraban interesantes. Muchas veces me he quejado de la absoluta despreocupación de nuestra universidad por las cuestiones que plantea la defensa, en vivo contraste con lo que sucede en esos países que siempre se nos presentan como modelo a imitar.

En una confrontación abierta, muchos malenténdidos quedarían aclarados y superados, como bien se puso de manifiesto recientemente en Televisión Española. Sólo una cosa es necesaria. Que se aborden con espíritu comprensivo y generoso, con el talante liberal de que fue ejemplo insigne el doctor Marañón. Con tolerancia y respeto se puede decir todo y hablar de todo sin ofender a nadie. Es algo que aún no hemos aprendido los españoles las buenas maneras -forma civilizada de relacionarse con los demás-, sin las cuáles no hay democracia posible.

Las buenas maneras entrañan, en el que las tiene, una voluntaria limitación de su libertad, que sacrifica a las exigencias del respeto al próximo, y así mismo, y en esa línea de conducta, la autoridad -que se ejerce por persuasión y también impositivamente- puede y debe exigir ese ajustarse a las reglas del juego a los que carezcan de modales. Esta acción moderadora la realiza por medio de medidas coactivas de carácter social, jurídico y político -leyes- que sirven de asiento al orden civilizado. Como dice Fernández Carvajal, esa coacción sólo es justa cuando es liberadora de otras coacciones injustas. "De aquí la paradoja que entraña toda autoridad: pone la sujeción al servicio de la libertrad, y su meta última es llegar a hacerse inútil, destruirse a sí misma". En ese momento, la democracia que hicieron posible los nos demócratas habrá alcanzado su plenitud. Operar a la inversa podría resultar suicida.

Ramón Salas Larrazábal es general honorario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de enero de 1982