Festival de terror
Sobre muertos vivientes se ha escrito y filmado mucho últimamente, dentro y fuera de España. Los certámenes destinados a elegir la historia que en grado mayor atemorice al público son buena muestra de ello, tanto como la selección que actualmente nos ofrece la pantalla casera, o la misma radio, a altas horas de la noche. Como se sabe, los temores cumplidos a breve plazo siempre sirven para olvidar los que a menudo la realidad nos ofrece, mucho más insistentes y cercanos. Sin embargo, este género, un tanto brillante antaño, a la sombra de Frankestein o Drácula, se repite como el cine en general de modo insistente, parece que los vivos hubieran definitivamente contagiado a un mundo eternamente poblado de terrores. Sus creadores, más que atender a la fantasía, al humor o a la imaginación, como en el caso de Polansky, prefieren hoy jugar la baza del sadismo o los efectos especiales. Tal es el caso de estos muertos recientes, que a ratos caen en detalles pueriles, junto a momentos conseguidos, sobre todo en las primeras secuencias o en el final inesperado, como mandan los cánones.La raíz de su tono menor estriba no en el asunto en sí, que, como sucede en estos casos, es preciso aceptar de antemano para entrar en el juego, sino en la monotonía que supone tal amontonamiento de cadáveres. La verdad es que la idea matriz se queda corta, se intenta salvar con exhibiciones más o menos macabras, que a la larga resultan excesivas, a pesar de que el relato técnicamente resulte realizado de modo brillante. La gris fotografía, el pueblo donde la acción sucede, más amenazador de día que de noche, son las bazas mejores de una aventura que con un guión menos confuso y más ajustado hubiera alcanzado un nivel más conseguido y alto.
Muertos y enterrados
Dirección: Gary A. Shennan. Guión: Ronald Shusett y Dan O'Bannon. Música: Joe Renzatti. Efectos especiales: Stan Wiston. Intérpretes: James Farentino, Melody Anderson, Jack A Ibertson. Terror. 1981. Cine Proyecciones.
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