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El homenaje del discípulo

Paco Ibáñez dedicó en la noche del sábado pasado su recital de Gijón a Georges Brassens, su maestro.La actuación de Ibáñez, que doce años antes no pudo cantar por imperativos de la censura en Asturias, adonde había viajado, constituyó un éxito rotundo, en el que el componente adicional de homenaje a Brassens tuvo un papel destacado.

«Este tipo de recitales», manifestó al final, «me animan mucho, pues respaldan mi convicción de que la juventud no sigue ciegamente los esquemas que le dictan desde las esferas del poder».

En su opinión, la televisión, la radio y demás medios de comunicación bombardean «a los jóvenes con una música que carece de toda expresión, mientras que a los cantantes comprometidos durante los años difíciles con ciertos planteamientos políticos padecen actualmente un cerco de silencio y se les hace el vacío».

«La muerte de Brassens», añadió, «es una de esas noticias que no deseas creer nunca. El fue mi maestro, mi amigo y mi ídolo. Necesito tiempo para convencerme de que ya no le volveré a ver». Del público asturiano, el cantante salió entusiasmado. «Los asturianos son muy parecidos a los vascos», dijo, «desde el primer momento te siguen, sintiendo contigo lo que cantas. Tenía ganas de cantar aquí, entre otras razones, porque no en vano todos los españoles somos o nos sentimos, por razones históricas, hijos de esta tierra».

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