La colza

El síndrome tóxico es una enfermedad sin precedentes en la medicina mundial

La aprobación sin reservas de las actuaciones de la Administración sanitaria española por parte de la Organización Mundial de la Salud, con frases de elogio incluso en informes oficiales transmitidos a otros Gobiernos, y la certeza de que lo que en un principio ya parecía una epidemia con características sumamente extrañas hasido, y sigue siendo, un completo misterio desde el punto de vista clínico y bioquímico, al no conocerse ni el agente causal ni la evolución de la enfermedad, por ausencia total de precedentes en la literatura científica mundial, constituyen las dos poderosas líneas de defensa que esgrime la Secretaría de Estado para la Sanidad ante la avalancha de criticas a su actuación desde que comenzó el caso de la colza envenenada.

En una reunión celebrada durante toda la tarde del pasado viernes con el secretario de Estado para la Sanidad, Luis Sánchez Harguindey, los directores generales de Salud Pública, Luis Valenciano, de Planificación Sanitaria, Luis Munuera, y del Insalud, Gabriel González Navarro; el director provincial de Madrid del Insalud, Eduardo Sanz; el director del gabinete técnico de la Secretaría de Estado para la Sanidad, Gerardo Clavero, y el jefe del Departamento de Medicina Interna del Ramón y Cajal, Manuel Serrano, EL PAÍS tuvo acceso a toda la información posible que dichas fuentes de la Administración sanitaria española pudieron proporcionar.De las más de cuatro horas de conversación, con profusión de datos numéricos, mapas, gráficos y documentación de todo tipo, cabe deducir, desde el punto de vista científico de la cuestión, que en la actualidad la enfermedad se encuentra en una segunda fase, que no tiene prácticamente ya nada que ver con la primera fase inicial (el shok neumónico), y cuya evolución es de difícil pronóstico, ya que la definición del caso clínico típico es muy variable según los distintos enfermos, con cuatro grandes tipos de patologías: problemas pulmonares, afectación hepática, problemas neurológicos y, un cuarto grupo, muy poco frecuente, de otros problemas muy agudos y de sintomatología variada. La enfermedad, oficialmente denominada síndrome tóxico, por la complejidad de sus manifestaciones, no tiene precedente alguno en la historia de la medicina, lo que justifica, a juicio de los doctores presentes en la reunión, las dificultades que se están encontrando de cara a la curación de los enfermos.

Por lo que respecta al aspecto sanitario de la cuestión, en tres ocasiones a lo largo de los últimos cuatro meses, la Organización Mundial de la Salud se ha pronunciado, y de forma sumamente favorable, sobre el seguimiento que la Sanidad española le estaba dando al tema.

Desde el día 9 de mayo, en que se contactó con la unidad de virus de la OMS, la Sanidad española mantuvo informada a la organización, comunicando oficialmente por télex lo que entonces se suponía que era un brote epidémico, a pesar de que la neumonía atípica no es enfermedad de declaración obligatoria. Posteriormente, el doctor Carter, jefe de la Unidad de Vigilancia Epidemiológica de la OMS, firmó un primer documento de agradecimiento a las autoridades sanitarias españolas, emitiendo diversos juicios científicos acerca de la entonces llamada epidemia, y alabando de forma muy clara la rápida actuación de Ia Sanidad española ante un brote que presentaba características poco claras a la luz de los actuales conocimientos de la medicina. Más tarde, y tras haber visitado nuestro país, el doctor Velimirovic, jefe de la Unidad de Enfermedades Transmisibles, de la Oficina Regional Europea de la OMS, envió un informe oficial a todos los ministros de Salud de la región europea, en el que se afirmaba que la etiología era probadamente tóxica (la correlación de la enfermedad con el consumo de aceite tóxico ya había sido puesta de manifiesto en España, y eso fue precisamente lo que originó la visita del doctor Velimirovic), y que, por tanto, salía ya de la esfera de competencia de las enfermedades transmisibles. En dicho documento oficial se elogiaba repetidamente la actuación de las autoridades sanitarias españolas.

Finalmente, la Unidad de Toxicología de la OMS envió a Madrid al doctor Roy Goulding, quien presentó posteriormente un informe en el que destacaba las dificultades inherentes al caso: debido al desconocimiento del agente tóxico y de sus efectos patológicos, sugería distintas líneas de acción y, finalmente, elaboraba unas conclusiones muy favorables a la Sanidad española y a los profesionales de los distintos centros que han trabajado y trabajan en el tema, destacando que la respuesta hospitalaria debía considerarse muy eficaz, a pesar de los aspectos extraños del caso clínico. El informe del doctor Goulding dice textualmente, en uno de sus párrafos, que «parece difícil pensar qué más se podría haber hecho jante un caso semejante».

La OMS va a emitir, a su vez, un comunicado oficial, basado en el informe del doctor Goulding, cuyo contenido no se ha hecho aún publico.

Las recaídas

Por lo que respecta al síndrome tóxico en sí, se trata de una enferniedad que, en un principio, parecía perfectamente compatible con una neumonía aguda, que presentaba un clarísimo patrón radiológico, con infiltrado pulmonar difuso. Esta primera fase de neumonitis intersticial hacía pensar en una infección por microorganismos, y así lo expresaron los expertos de la clínica Mayo, de Rochester, que por aquellas fechas se encontraban casualmente en Madrid para participar en un simposio, así como el epidemiólogo de Atlanta, destacado en Roma, y que se desplazó a Madrid, doctor Baine.

Una vez eliminada la causa, que ya parecía evidente, de la enfermedad, es decir, el consumo de aceite tóxico, en lugar de ir desapareciendo gradualmente los casos, aparecían recaídas, pero con una sintomatología completamente diferente: fuertes dolores musculares, elevada eosinofilia, trastornos neurológicos y afectación hepática, además de otros síntomas menores. Esta segunda fase de la enfermedad vino a complicar las cosas, ya que si bien al eliminar el consumo de aceite venenoso parecía seguro que no iba a haber ya nuevos casos (salvo aquellos que hubiesen incubado, por así decirlo, la enfermedad durante mucho tiempo antes), lo cierto es que muchos enfermos difícilmente podían considerarse curados ante una evolución de la enfermedad que presentaba recaídas a veces sorprendentemente graves.

Por lo que saben actualmente los distintos grupos clínicos de investigación que están trabajando en el caso en los distintos centros hospitalarios afectados, el síndrome tóxico presenta lesiones neuromusculares en un 15% de enfermos; afectación hepática clínica, un 5%; hipertensión pulmonar, un 20%

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(de los que un 15% parece presentar un buen pronóstico, ya que esta manifestación puede ser tratada por los medios habituales ante casos similares, sea cual sea la causa que los originó), y manifestaciones neurológicas periféricas graves, un 10%, de las que un 5% parecen presentar un mal pronóstico. El cuadro general se completa con un tórax patológico, entre un 60% y un 80% de los casos, dolores musculares en prácticamente todos los casos e impotencia funcional dolorosa en uno de cada tres pacientes.

Los investigadores clínicos son muy cautos a la hora de emitir sus pronósticos, debido, sobre todo, a la historia de la enfermedad, ya que a una primera fase de shock neumónico le ha seguido esta segunda fase de enfermedad multisistémica, y nada permite afirmar, ni negar, que la enfermedad no vaya a presentar en el futuro otros problemas.

Signos esperanzadores

Sin embargo, y a pesar de las cautelas médicas, distintos signos esperanzadores comienzan a aflorar. En efecto, es probable que los afectados por el envenenamiento del aceite hayan sido muchos más de los que han pasado por los hospitales. Tendríamos así un primer colectivo «a riesgo», difícil de cuantificar (quizá 50.000 personas), de los que sólo una parte presentaron alteraciones de su salud lo bastantes graves como para pasar por un hospital aquejados del síndrome tóxico (unos 12.000 en total desde el principio del caso). De estos 12.000 enfermos, una parte considerablemente inferior ha necesitado un reingreso hospitalario o siguen en tratamiento médico por presentar problemas todavía graves (aunque la cifra es variable, este tercer colectivo puede cifrarse en alrededor de un millar). Finalmente, un colectivo aún más pequeño de enfermos puede ser considerado de alto riesgo, por la gravedad de sus síntomas, y desgraciadamente a éste pertenecen las personas que van falleciendo.

Todo lo cual significa, por una teoría que podríamos denominar de los círculos concéntricos, que el número de personas que fallecerán por el síndrome podría estar acotado, aunque es difícil evaluar con exactitud dónde se encuentra esa cota, y que asimismo el número de enfermos que quedarán con secuelas más o menos graves está acotado, evidentemente en una cota superior. Aunque ningún responsable sanitario ha citado cifra alguna, por la enorme incertidumbre que presenta el caso, es posible que la primera cota se detenga en un número inferior a doscientos, y que la segunda, lo haga en un número inferior a mil. Es posible, asimismo, que los restantes afectados puedan recuperarse normalmente. Naturalmente, todo esto son estimaciones que pueden fallar si la enfermedad vuelve a ofrecer un nuevo cambio en su curso, cosa no probable pero tampoco imposible, o si la población «a riesgo», hasta ahora sin síntomas, comienza a mostrar signos tardíos de la enfermedad, cosa igualmente poco probable, pero noimposible.

Un segundo signo esperanzador nace del propio tratamiento clínico. Los sanitarios asistentes a la reunión del viernes por la tarde indicaron que el tratamiento a base de esteroides resultaba bastante eficaz en un porcentaje no despreciable de enfermos, y que los sedantes y la rehabilitación permitían concebir esperanzas de mejorar a bastantes enfermos. No obstante, no se nos ha ocultado que todavía se ignora cuál es el tratamiento eficaz para todos los casos, y que algunos de ellos escapan a todo posible tratamiento.

Un tercer signo esperanzador se basa en la posibilidad, que sigue investigándose a fondo, de que las lesiones neurológicas sean de las extremidades neuronales, y no del cuerpo central de la célula nerviosa, proceso que técnicamente se denomina dyinig back. Si así es, cabe, dentro de lo posible, que la célula nerviosa se regenere en su extremo dañado, o que el daño se limite sólo a eso, sin afectación de las demás funciones centralizadas po r la célula.

Un cuarto signo esperanzador, y lo hemos dejado para el final por ser el que más posibilidades parece ofrecer, es la teoría de las membranas celulares descaracterizadas. Según esta teoría, que algunos investigadores denominan asimismo de los «radicales libres», el tóxico sería un compuesto de ácidos grasos poliinsaturados y anilina, cuya identidad concreta se desconoce, pero cuyas señales de identidad bloquímica se intuyen (ácido graso poliinsaturado, con multitud de radicales libres oxidantes). La acción de esta brutal oxidación producida por el tóxico haría desaparecer las membranas celulares, quedando entonces el interior de la célula libre en la sangre; el organismo reaccionaría ante estos cuerpos al no reconocerlos ya como algo propio, y tendríamos así un síndrome de autoagresión inmunológica (lo que parece corroborado por diversos datos, tales como la eosinofilia, el aumento de inmunoglobulina E y otros). La enfermedad podría parecerse, pues, a otras enfermedades de autoinmunización, o a la enfermedad del colágeno. En cualquier caso, esta vía abre la esperanza de una terapéutica basada en la comprensión del proceso, si se confirma que el proceso patológico del síndrome tóxico es éste. La administración de enzimas para la lucha contra la oxidación (por ejemplo, superoxidodismutasa) se está considerando seriamente.

En todo caso, en la primera fase del síndrome (choque neumónico) morían muchos enfermos jóvenes. En la segunda fase, en cambio, comienzan a abundar los fallecimientos de personas mayores, con defensas disminuidas. Ello podría indicar que en la segunda fase intervienen de forma más decisiva las reservas y defensas propias del organismo, lógicamente más poderosas en los jóvenes que en las personas ya mayores. Un dato que parece corroborar esta impresión es que prácticamente no mueren niños, ya en la segunda etapa, cuando en la primera eran muchos los que fallecían o enfermaban gravemente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 12 de septiembre de 1981.

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