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Inventario de verano

Cristino Mallo, en la barbacana del café

La biografía de Cristino Mallo está básicamente marcada por acontecimientos artísticos, como si su vida no pasara por más meridianos que los de la creación escultórica. Tenía solamente dieciocho años (había nacido en Tuy, Pontevedra, en 1905) cuando ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Cuatro años ocupó en terminar sus estudios. El primer reconocimiento a su talento creador le llegó también, insólito hecho, en plena juventud. Apenas ha cumplido veintiocho años cuando recibe el Premio Nacional de Escultura. Dos años más tarde, en 1935, obtiene plaza de profesor en la Escuela de Artes y Oficios de Salamanca. En 1954 consigue otro de sus más preciados galardones, la medalla de oro de la Exposición Nacional de Bellas Artes. En diciembre de 1973, cuando el artista cuenta 68 años, ingresa como académico de número en la Real de Bellas Artes de San Fernando. El volumen y la calidad de la obra de Cristino Mallo excusa la tentación de citar las más importantes. Por simple proximidad, los habitantes de Madrid recuerdan de inmediato la fuente llamada de Los Delfines, en la plaza de la República Argentina.

Desde el año 1948, en horario de mañana y tarde, Cristino Mallo está sentado en el peluche del café Gijón. Es ya un personaje empotrado en el mobiliario, forma un todo con el paisaje, lo mismo que el tenderete del cerillero. Es muy fácil saber quién es. Entre usted en el café a las ocho de la tarde, cualquier día de cualquier año, aunque esté Tejero asaltando el Parlamento, eche una mirada por encima del barullo de mariquitas, chulos de bocadillo, hadas madrinas con suspensorio y demás artistas que esperan la gloria al pie de la barra, y en la primera mesa, detrás del túmulo de la cripta, verá a un señor con cara de pájaro. Probablemente usted se preguntará en seguida qué hace el general Gutiérrez Mellado allí a esa hora. Pues bien, ese señor es exactamente el escultor Cristino Mallo. También lo puede ver a mediodía, atornillado en el mismo asiento, y entonces existe otra señal para descubrirlo. Es el único ejemplar de republicano superviviente en el planeta que lee devotamente el diario Abc. A las nueve de la noche, si uno es muy amigo suyo y él lo ha pasado cuatro veces por el filtro, puede sentarse a su mesa, poner la oreja y escuchar lo que dice:-Yo me he paseado en esta vida por mucho cementerio, más que nada por ver mausoleos. ¿no?: por el de San Justo y el de San Isidro, que son muy bonitos, como jardines, en cambio, por el de la Almudena he ido poco, porque se parece a unos grandes almacenes. En el de San Isidro veía el mausoleo de la marquesa de Bermejillo del Rey, con una cultura de Clará, muy buena, titulada Serenidad, que está todavía allí, o el mausoleo de la Fornarina, que se lo hizo Benlliure, con un ángel asomado a la puerta, ¿no?", con el dedo así, ¿no?, pidiendo silencio, ¿no? Siempre me ha gustado leer las inscripciones en los nichos, algunas muy bonitas, por ejemplo, esta que recuerdo del cementerio de Vallehermoso, que decía: «El feto González. Sus padres no le olvidan ». Y había otros con exclamaciones terribles. El cementerio de Vallehermoso tenía unos cipreses enormes, los más antiguos de España. Allí estaba el mausoleo de don Juan de la Pezuela, virrey de Perú. Después de la guerra pasé por delante y resulta que vivía una familia dentro, durmiendo en los nichos. Un chico salió de allí a pedirme una peseta. En el de San Isidro está enterrada Cayetana, la duquesa de Alba, y hace años, cuando se exhumo su cadáver para que el doctor Blanco Soler analizara si había sido envenenada por la reina María Luisa, se vio que la faltaba un pie.

La conversación de un castizo

Habla con media boca, como un pichi de la Cava Baja, con el trémulo chuleta del castizo que suelta las palabras goteando sílabas por el colmillo. Con la puntualidad férrea que rige en la astrología, a las siete y una décima de segundo de la tarde, Cristino Mallo aparta la cortina de la entrada y aparece en el café con esa cabeza estrecha como un bajorrelieve, la nariz que tira de ella hacia adelante, una nariz tan importante que le impediría meter el hocico en una copa de coñá, el periódico en la axila y una pulcritud de magistrado del Supremo en los puños, en, el cuello de la camisa en el nudo de la corbata, y allí, de pie, su preocupación consiste en encontrar una mesa que esté a salvo de pelmazos. Solo habla con los amigos.

-Yo. aunque no lo parezca. nací en Tuy. Soy gallego. Y desde allí, de muy niño, me fui a Gijón, donde trasladaron a mi padre, que era del cuerpo de Aduanas, y luego a Avilés. De lo primero que me acuerdo en mi vida es de una epidemia de tifus y de ver cómo sacaban enfermos en colchones de una casa que se estaba incendiando. Eran enfermos de tifus. Yo, de epidemias, sé un rato. Recuerdo la gripe de 1917; yo vivía en la calle del cementerio y no veía pasar más que muertos, caían como ratas, todo eso junto a la huelga tremenda de aquel año, cuando volaron con dinamita un transformador y apareció un montón de camiones con la Guardia Civil y en mi casa pusieron colchones en las ventanas por la cosa del tiroteo. De niño, yo pegaba mucho la oreja. A mi casa venía una peinadoraa arreglara mi madre, y recuerdo que durante más de un año hablaron mucho de Canalejas cuando lo apiolaron; yo, entonces, me pasaba los días delante de aquella foto en que se ve a Canaleías cayendo para atrás, con la chistera en el aire, y a Pardiñas disparándole en el cogote. Oía a la peinado ni y me desesperaba, porque yo no sabía leer y no me enteraba de nada. A Canalejas lo tuve metido en la cabeza hasta que en 1922 vine a Madrid, y lo primero que hice fue ir a la hemeroteca a leer los periódicos de aquella época. Y luego estaba el crimen del capitán Sánchez, al que mataron, descuartizaron y empotraron en una pared. Al llegara Madrid viví en la misma casa, en el mismo piso don de se cometió el famoso crimen de la calle de Fuencarral, en el siglo pasado, en una casa que todavía existe, esquina a Divino Pastor, que tiene dos miradores. Es posible que ini padre lo supiera, pero por lo visto le daba igual. Yo había leído el relato, la criada Fli ginia Balaguer que mató a su ama. Luciana Barcino, viuda de Varela, una tía que es condía el dinero bajo los ladrillos y se hacía ella misma la comida por miedo a ser envenenada. Primero echaron la culpa de su muerte al hijo de la señora, pero, después se supo que había sido la criada, que la quemó con petróleo en la cocina. Como yo sabía todo esto, estaba un poco mosca.

Una España de soldados con traje de rayadillo, ros de hule y alpargata valenciana, embarcando para Marruecos, aliadófilos y germanófilos tirándose al pescuezo en los casinos, don Tancredo matando en zancos o rejoneando en bicicleta, era el panorama patriótico cuando Cristino Mallo empezó a estudiar el bachillerato, en 1913, en Avilés, en el colegio de los hermanos Casariego, un centro donde se respiraba cierto aire anticlerical en aquel clima que Clarín había creado en Asturias. Cristino Mallo se pasaba el día haciendo monigotes en el cuaderno, junto al teorema de Pitágoras, hasta el punto que el profesor de Química le dijo a su padre que en aquel chico podía haber un diamante en bruto, nada menos que un artista. Le recomendó que asistiera a la escuela de Artes y Oficios. Allí pasó algunos años modelando narices y ojos a granel, de noche, gratis, en compañía de marineros del puerto. Después se trasladó a Madrid.

-Me matriculé en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando el 13 de septiembre de 1923, el mismo día en que Primo de Rivera daba el golpe militar, con toda la calle llena de soldados, ya ves. Y allí, en la escuela, en seguida conocí a Dalí, que estaba en un curso superior. Este Dalí, a los diecisiete anos, ya tenía la cosa de la propaganda bien organizada, oye, no pasaba día en que no se hablara de él, que si había hecho esto o lo de más allá. Y encima tenía pasta. Recuerdo que nos daba una peseta por llevarle los libros. El fue el primero que trajo a la escuela un libro de Picasso que le había comprado su padre en Francia, y así nos enteramos de quién era Picasso. A Dalí lo expulsaron a patadas de la escuela porque en un examen de teoría de las Bellas Artes, después de sacar las bolas, se puso de pie y recusó al tribunal, llamándole incompetente e ignorante, diciendo que el sabía más que todos ellos juntos. Por otro lado, yo hacía una vida muy aislada, aunque a veces caía por Pombo para oír a Ramón Gómez de la Serna, o por la Granja del Henar para ver a Valle-Inclán, pero sin atreverme a chistar. Nosotros, entonces, teníamos mucho respeto a aquella gente tan bragada, más que nada era miedo, uno no abría la boca en aquellas tertulias por si acaso te soltaban el estacazo, como yo observé una vez que Valle-Inclán le dijo a uno que hablaba mucho: «Oiga, pollo, que se va usted a pisar la lengua».

La cara de Unamuno

No es como ahora, que cualquier pelmazo puede acercarse a tu mesa a darte la lata. Yo conocí a Unamuno en Salamanca, en el año 1936, cuando estuve allí de profesor en la Escuela de Artes y Oficios, y, claro, entonces era de rigor echarle una visita a don Miguel, pero con un respeto bárbaro, ya digo. Recuerdo que una vez llegó Solana a hacerle un retrato por encargo del ministerio y yo le acompañé a que tomara unos apuntes, y lo hizo sobre una caja de puros. Al salir de la casa de Unamuno me dijo Solana: «Hay que ver lo inteligente que es este hombre. Lo único que me fastidia es la cara de cangrejo que tiene». Dio en el clavo, oye, Unamuno era muy colorado, y con el pelo blanco aún resaltaba más.

Desde aquel café de las Salesas donde veía a Antonio Machado sentado, con el sombrero puesto, las manos en el puño del bastón, la colilla en una esquina del labio, toda la ceniza en la solapa y el traje revuelto como una cama deshecha, junto a su hermano Manuel, tan atildado; al actor Ricardo Calvo y las hermanas Tormo, hasta ayer mismo por la tarde, que estaba en la barbacana de peluche, en el café Gijón, con medio cabreo envasado, contemplando la nueva fauna, la vida de Cristino Mallo ha sido la de un gato solitario, pero con horario fijo. Levantarse, tres horas de trabajo en el taller, dos horas de tertulia al mediodía, almuerzo en casa flanqueado por sus dos hermanas, tres horas más de trabajo, dos horas más de tertulia, un vaso de leche y a dormir. Así cincuenta años, mientras el sistema planetario ha pasado por encima de su cabeza, sin amoríos, sobresaltos, lujos ni aventuras, sólo con un callejeo individualista como única juerga hasta aprenderse las cosas más raras de Madrid, una rutina que interrumpió la guerra sólo por tres temporadas.

-Yo pertenecía a la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Fui teniente en el frente

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de Teruel, pero antes de disparar un solo tiro caí enfermo de los bronquios y me retiraron al hospital base de Valencia. Y desde mi habitación del hospital yo veía al acorazado Canarias, que andaba ya por allí merodeando, hasta que la cosa se cayó a pedazos y nos dijeron que en la puerta había unos autobu ses para el que quisiera irse a Alicante. Era terrible ver bajar por la escalera una cantidad de gente escayolada, muchos sentados incluso sobre la propia escayola, que, al fin y al cabo, huían hacia una ratonera. Yo me largué a Burjasot y allí me detuvo el jefe de Falange de Valencia, un tal Marcos, acompañado del zapatero del pueblo, en cuya casa yo había vivido algún tiempo, que me quería mucho porque yo le había regalado latas de suministro. Era muy buena persona, uno de esos al que los rojos creían de derechas porque iba al casino, y, claro está, por haber sufrido un poco de persecución, al terminar la guerra, le dieron un fusil para hacer vigilancia. Se portó muy bien conmigo este zapatero, me regaló chocolate y me acompañó hasta la puerta de la cárcel, cosa muy de agradecer, porque entonces, en las cunetas, Sucedían cosas, ¿no? Ingresé en la prisión de Monteolivete y me cayeron ocho meses y pico por auxilio a la rebelión. Luego me vine a Madrid y no moví nada en el ministerio para que me pusieran en la cátedra, bah, bah, tampoco lo he hecho ahora con esto de la democracia; que les den morcilla. .

En los años cuarenta, Cristino Mallo era ese artista silencioso que antes de sentarse en cualquier café vigilaba a conciencia que no hubiera en un radio de siete metros alguien con cara de fascista, nadie que llevara bigotito imperial, insignias de victoria y otras señales de peligro, una labor que cada día se volvía más difícil. Su figura obedece a la del tipo qué no está dispuesto a tragar. Tampoco tragó entonces. Podía estar dos minutos en una tertulia soportando el triunfalismo de cualquier imbécil, pero era casi imposible que llegara a los dos minutos y medio. Cristino daba un salto de gato escaldado por encima de la consumición y se largaba sin decir adiós muy buenas, con ese cabreo callado que aún hoy sólo le descubren los muy íntimos. Su ,timidez le mantiene envarado y te mira impasible con las gafitas de aumento, lo oyes mascullar media imprecación o soltar una ironía con sonido Lavapiés y no se sabe sí está contento o a punto de reventar. Después de la guerra sobrevivió solo, con la cabeza debajo del colchón y el corazón republicano puesto en el desembarco de Normandía, esperando que aquellas tropas entraran por los Pirineos mascando chicle. En 1947, el arquitecto Emilio Peña le hizo una exposición en su galería de la calle de Jovellanos; también Eugenio d'Ors lo incluyó en uno de sus salones. Cristino Mallo se mantuvo apartado de cualquier grupo y trató a los amigos de uno en uno.

-De Solana se tenía él concepto de que era un ordinario, un guarro perdido. Yo no lo veía así. Soltaba algún taco, pero con naturalidad. Era muy correcto, lo que pasa es que le gustaba mucho el chorizo, que fue de Id que palmó realmente. A veces, daba fiestas en su casa; yo fui a alguna de ellas, y Solana cantaba, tenía un vozarrón enorme y presumía de dar el do de quijada, que consistía en soltar un grito furibundo y resistir hasta que se quedara desencajada la mandíbula. Yo le veía mucho por la calle del León, y me preguntaba: «¿A dónde irá este hombre?». Claro, iba a comprar chorizo a una tienda que habla allí; iba con su hermano, que era más absurdo y estaba aún más loco que él, los dos. discutiendo, uno delante y otro detrás, llamándose hijo de puta a grito pelado desde cincuenta metros de distancia. Se gastaron toda su fortuna comiendo chorizo. Los Solana tenían minas de plata en México, lo que pasa es que no se ocuparon de eso y un pariente se las sopló. A Solana le dieron la medalla de honor ya muerto. Siempre se la negaron por un voto: el de Sánchez Camargo, que era su mejor amigo y luego fue su albacea. Camargo era un frívolo, y se lo daba siempre a Segura o algo así, no sé si por cosas de El Pardo o del ministro Ibáñez Martín. Cuando se la dieron a Pancho Cossío yo estaba en el jurado, y Sánchez Carnargo, en esa ocasión, también le dio el voto a Segura.

El escultor Cristino Mallo, arrastrando su arte y su cartilla de racionamiento después de la guerra, sentó plaza en solitario pos varios cafés de Madrid -en el Lión, en el Prado-, hasta que en 1948 quedó varado en el peluche del café Gijón, donde en este momento está explicando un reciente viaje suyo a Portugal. Dice que allí la vida está muy barata: una copa de anls, un duro; un taxi, treinta pesetas; una limpieza de zapatos, tres duros. Alguien de la tertulia se admira ingenuamente y pregunta muy preocupado: «Y en Portugal, ¿de qué viven los limpiabotas?».

-¿De qué van a vivir, muchacho? Pues de dar brillo y esplendor. Se dice que este hombre, que es soltero desde su nacimiento, hace 75 años, aún permanece virgen, como un santo laico, amparado por una timidez mordaz. Nadie le ha visto jamás con una mujer, nunca ha bajado la guardia ante cualquier caderazo.

-La verdad es que nunca hice demasiado caso a las señoras, aunque a veces me han mareado un poco. Reconozco que tienen unas cosas agradables y otras desagradables. Al empezar en la escuela de San Fernando vi en seguida el panorama. Me di cuenta de que uno tenía que apechugar tanto si le va bien como si le va mal. Si está uno solo, los problemas los tiene uno solo, ¿no? La casa, la familia, pueden malograr a cualquier artista se han dado muchos casos. Yo, por ejemplo, de haber estado casado, después de la guerra hubiera tenido que ir al ministerio a dar, explicaciones para ver si me reponían en la plaza. Así que ni eso.

Un escultor único

Cristino Mallo es un, escultor que no admite encargos; hace piezas únicas sin reproducciones; esto quiere decir que no le interesa el dinero, ni las mujeres, ni el más allá. Se ha quedado a solas con la sensibilidad de sus yemas. Desde que en 1933 fue premio Nacional de Escultura, con sus dedos ha fabricado cientos de criaturas poseídas de una temblorosa belleza. Cristino Mallo es el mejor escultor del país, pero no pide nada, no desea nada, no espera nada importante, sólo que venga pronto el camarero.

-Yo hice la primera comunión fuera de fecha para retrasarla lo más posible. Iba a misa de pequeño detrás de los soldados del regimiento del Príncipe de Asturias, más que nada para ver cómo se quitaban el gorro cuando levantaban el copón. Comprendo que la gente sea feliz con una esperanza. Yo quiero convertirme en oxígeno o que cojan mis cenizas y las mezclen con aceite, a ver si se arma otro lío con mi anilina. Fíjate en la pompa que han dado a la muerte de Pemán, cuando este señor no era másque el tercer hermano Quintero. Pues ahí lo tienes. Aquí lo que hay también es mucho pintor golpista que aprovecha cualquier descuido para dar la emboscada en el ministerio. A mí, que me dejen en paz.

Para Cristino Mallo, el veraneo sólo consiste en cambiar de café. Lo que hace durante todo el año en el café Gijón lo hará durante el mes de agosto en La Austríaca, en Santander, todo medido al milímetro, a la décima de segundo, los mismos pasos, unt, idéntica expresión de pájaro sagaz, un silencio de centinela alerta sobre el velador, y arriba, el universo, dando vueltas de relojería suiza, aunque nunca tan exacta como las órbitas que Cristino da sobre sus días, sobre sus horas. En Santander no trabaja, por eso duerme la siesta, sólo para acelerar el tiempo de bajar al café y dejar colgado de la percha su perfil de Gutiérrez Mellado.

-Estoy harto. Un día de éstos me voy a dejar barba, porque lo mismo me confunden con él y cualquier burro me arrea un tantarantán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de agosto de 1981