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Crítica:

Alaska y los Pegamoides: un gran cambio

Era algo así como el concierto de despedida de Alaska y los Pegamoides, pero no era un adiós definitivo, sino más bien un hasta luego, un descanso tras unos cuantos meses en los que el grupo ha pateado la capital de punta a cabo. Tal vez por ello la sala Rockola no presentaba un lleno.Total, que Alaska y los Pegamoides lo tenían todo a favor, exceptuando tal vez un sonido algo chirriante, pero que tampoco era nefando. Por otro lado, una parte significativa del respetable debía haber visto al grupo en múltiples ocasiones y tuvo la oportunidad de comprobar cómo y cuánto pueden haber cambiado.

Hasta hace poco, el que esto escribe pensaba que Alaska y los Pegamoides nunca serían capaces de llevar a una práctica decente sus maravillosas y chocantes ideas. Durante muchísimo tiempo, sus actuaciones fueron caóticas, sonaban mal, desafinaban, no se acoplaban y otras menudencias técnicas por el estilo. Cierto es que no aburrían, porque esta gente siempre tiene algo que ofrecer, aunque sólo sea presencia escénica; pero en lo musical andaban bajo mínimos. Bueno, pues ahora, no. Desde un tiempo a esta parte, y por las razones que sean (posiblemente trabajo coherente), Alaska y los Pegamoides se han convertido en un grupo capaz de combinar canciones tan asombrosas como Tokio, El indio Cochone u Otra dimensión con una forma de hacer más que aceptable.

Su música sigue siendo el pop más provocativo que pueda encontrarse por Madrid y parte del extranjero. Sigue siendo una locura divertida, un sinsentido cargado de sentido. Sigue siendo eso y un espectáculo. Alaska iba vestida con un traje de esqueleto y lanzaba miradas aviesas al tiempo que cantaba aquello de «Quiero ser un bote de Colón y salir anunciado por la televisión».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de junio de 1981

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