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Entrevista:

Hilarión Capucci: "Condeno la violencia, pero, apoyo la resistencia del pueblo palestino"

Hilarión Capucci, 54 años, obispo melquita católico, está en Madrid donde ha inaugurado la Semana Palestina, organizada por la Asociación de Amigos del Pueblo Palestino. Lleva dieciséis años de obispo, de los que tres y medio ha pasado en cárceles de Israel, acusado de «echar una mano a la causa palestina». Se declara contrario al terrorismo, pero partidario decidido de la resistencia en nombre de su condición de pastor de la iglesia, que «no abandona a su pueblo cuando viene el lobo». Es delegado del Papa para las minorías cristianas no católicas en Europa y asume eventualmente misiones especiales por encargo del Vaticano.

Pregunta. Hilarion Capucci, usted es un obispo católico, pero distinto de lo que por aquí es costumbre.Respuesta. El Papa es nuestro jefe y por él siento la mayor estima. Le he visto varias veces. Pero yo soy un oriental y mi jefe inmediato es el patriarca Máximos V. Oriente es la cuna de la Iglesia. En Cesare de Filipos, que es Oriente, se fundó la Iglesia; en Antioquía, que es Oriente, se empezó a hablar de los cristianos. Orientales eran Jesús, María... Sin nosotros, vosotros no existiríais.

P. Su historia no ha sido un camino de rosas. El Gobierno israelí le metió en la cárcel.

R. Tengo 54 años, de los cuales dieciséis son de obispo. He pasado tres años y medio en la cárcel.

P. ¿Por ser un obispo políticamente comprometido?

R. Rechazo de plano ese calificativo. Yo soy un obispo. Y el obispo es el buen pastor, no un mercenario que huye cuando viene el lobo. Como obispo tengo encomendado el cuidado de los palestinos; de todos, tanto cristianos como musulmánes, judíos o árabes. A ellos me debo.

P. ¿Por qué le encarcelaron?

R. Según el tribunal judío, repito, según el tribunal que me juzgó, me condenaron porque eché una mano a la causa de los palestinos.

P. ¿Por participar, pues, en la lucha de liberación del pueblo palestino?

R. Sí, pero conviene dejar muy clara la diferencia entre terrorismo y resistencia. Yo condeno el terrorismo pero apoyo, la resistencia. Imaginaos que un buen día el invasor saquea vuestros campos y ocupa vuestro hogar, ¿podríais, en conciencia, cruzaros de brazos? Eso es la resistencia, luchar en conciencia por vuestra patria.

P. Con una idea religiosa de la patria.

R. El amor a la patria es, de alguna manera, el amor de Dios. Si amáis a Dios y tenéis conciencia, debéis defender vuestra patria. Lo contrario seria traición; seríais un renegado. Yo quiero ser un hombre y no arrastrar una caricatura de hombre. El hombre no existe sin libertad ni dignidad. ¿Cómo ser libre con la ocupación? ¿Cómo mantenerla dignidad sin patria?

P. Volvamos a vuestro encarcelamiento. Usted ha nombrado la causa alegada por el tribunal. ¿Cuál fue la causa real? Porque se habló de armas...

R. Yo no puedo decir más.

P. En su liberación intervino el Vaticano. ¿Puso como precio la renuncia del obispo a la resistencia palestina?

R. No es cierto. Por supuesto que un hombre de Iglesia no debe meterse en política. Pero el problema palestino es, en su raíz, un problema humanitario que luego se ha politizado. La Iglesia tiene que hacer suya la causa de hombre. Palestina ha sido ocupada dos veces, en 1948 y en 1967. Desde entonces, los palestinos andan errantes, de mala manera, por el mundo. Yo asumo el clamor de mi pueblo. Pero comprenda que nada pueda decir ni sobre las condiciones de mi liberación ni sobre mis conversaciones con el Papa.

P. Es decir, que usted apoya pastoralmente la causa de su pueblo pero sin enrolarse en sus instrumentos políticos; algo así como hacía Oscar Romero en El Salvador.

R. Yo soy yo y no me gusta compararme con nadie. Mi deber es ayudar a quien sufre.

P. Aunque sean americanos.

R. Efectivamente, aunque sean americanos. No vale la pena recordar cuál es la política de Estados Unidos para con nosotros. Pues bien, yo he celebrado misa tres veces para la liberación. de los rehenes; hice todo lo que pude para su liberación dirigiéndome al Gobierno iraní. Y acompañé los cadáveres de los americanos muertos en Tabas cuando aquella expedición de la Administración Carter. Les acompañé hasta Suiza, donde fueron entregados a la Cruz Roja Internacional.

P. Aunque sean judíos.

R. También a los judíos, mis hermanos. Cuando la persecución nazi yo no tenía los medios de que ahora dispongo. Sólo contaba con mi pluma y con ella traté de defenderles. No soy antisemita porque yo mismo soy un semita.

P. Usted se dio a conocer en el mundo entero con su encarcelamiento. Desde su liberación se le ve a usted en el frente diplomático de la lucha palestina. ¿Qué ecos encuentra su causa entre los políticos?

R. Estamos avanzando, incluso en Europa. Valoramos muy positivamente la declaración en Luxemburgo de la Comunidad Europea, que reconoce el derecho de autodeterminación del pueblo palestino. Esta Europa que se ha significado tradicionalmente por la defensa del hombre debe interesarse en defender el derecho de los palestinos porque Palestina es la causa de todos los árabes. Y de Oriente viene el petróleo.

P. Claro que los intereses económicos de los europeos pasa por Washington.

R. También los americanos tienen necesidad de nosotros.

P. A ustedes les duele Jerusalén, la nueva capital israelí.

R. No sólo a nosotros, también les debe preocupar a ustedes, los españoles, y a todos los europeos. Esa decisión unilateral va contra todo derecho internacional: contra los acuerdos de Ginebra, contra las declaraciones de la ONU, contra las decisiones del Consejo de Seguridad. Hasta el Vaticano, hace tiempo ya, pidió un statu quo para Jerusalén. La cláusula sexta decía que ninguna de las partes podía apropiarse en exclusiva la Ciudad Santa.

P. En su rechazo de la decisión de Israel hay más que razones políticas.

R. Jerusalén es la ciudad de los Santos Lugares de las tres grandes confesiones: la cristiana, la musulmana y la judía. Si los creyentes se van, la Ciudad Santa se convierte en un museo, en una esfinge.

P. Y los cristianos se van.

R. Se están yendo. Antes de 1948 había 340.000 cristianos. Ahora somos 80.000.

P. ¿Por qué se van?

R. Porque la vida es dura en Israel. Hasta los judíos abandonan su tierra. Es mayor el número de los que emigran que el de los que llegan. Muchos judíos de la diáspora, los rusos por ejemplo, en vez de asentarse en Palestina se quedan en el camino, en Europa o América.

P. Los árabes también se van.

R. No es agradable vivir en esclavitud. Más vale comer sólo pan con dignidad que vivir en la molicie sin libertad.

P. Usted viene a abrir la semana palestina de Madrid. ¿Qué va a decir a los españoles?

R. Mi objetivo es mostrar a Occidente, y en especial a los españoles, lo que nuestra causa es en realidad. Mostrar el verdadero espíritu humanitario de nuestra tragedia, que además de una dimensión política tiene esta vertiente humana de un pueblo expulsado por la fuerza de su patria en 1948 y en 1967. Desde entonces, una parte del pueblo palestino vive extranjero en su tierra bajo la ocupación, y otra parte en el exilio. Este pueblo de cinco millones de habitantes reclama los derechos de cualquier otro pueblo.

P. ¿No cree que esa constante referencia religiosa complica la solución política?

R. ¿Por qué la había de complicar?

P. Decía Voltaire, y perdone la referencia, refiriéndose a las guerras de religiones, que «Europa encontró la paz cuando los Estados dejaron de hacer teología».

R. La religión nada tiene que ver con el fanatismo. Si los judíos se acordaran de los tiempos en que eran un pueblo errante, como lo somos nosotros ahora, la solución sería posible. Mire, amigo, la vida es corta. Lo más grande de la vida no es el dinero ni la riqueza. Es la atmósfera. En esa atmósfera se encuentra la amistad, el amor y Dios. Y Dios no nos ha hecho para que nos destrocemos unos a otros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de febrero de 1981

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