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Reportaje:100 días de régimen militar en Turquía / 1

Las democracias occidentales aprobaron tácitamente el golpe de Estado

Por tercera vez en los últimos veinte años, el Ejército turco tomó el poder, el pasado mes de septiembre, alegando la incapacidad del sistema democrático para hacer frente a los graves problemas del país, desde el terrorismo a la crisis económica. La importancia estratégica de Turquía y el grado de deterioro que había alcanzado la situación política interna hicieron que la intervención militar fuera recibida con un suspiro de alivio por más de un Gobierno occidental. En la serie que hoy iniciamos, un enviado especial de EL PAÍS a Turquía informa sobre los primeros cien días del nuevo régimen.

Cuando, en las primeras horas de la mañana del viernes 12 de septiembre de 1980, la noticia de que acababa de producirse un golpe de Estado en Turquía llegó a las capitales de Europa y América, los líderes de las democracias occidentales, del Mercado Común, la OTAN y el Consejo de Europa adoptaron dos tipos de actitudes: unos aprobaron de forma tácita la intervención militar y el resto no la condenó expresamente.La amable acogida dispensada por las cancillerías e incluso por la mayor parte de los medios de comunicación occidentales al golpe de Estado que derrocó al Gobierno del primer ministro conservador Suleyman Demirel hizo que se comenzara a hablar de un modelo turco de golpe militar.

Para los partidarios de trasplantar esta fórmula de suspensión del juego democrático a otros países del sur de Europa, el modelo turco tiene la virtud de que permite el establecimiento de un régimen «fuerte», dictatorial, sin que ello lleve consigo la condena al ostracismo ni el inmediato repudio de las naciones democráticas, que se ven obligadas a aceptar un «mal menor».

Un diplomático de un país europeo miembro de la OTAN lo explicaba así en Madrid hace algunas semanas: «Por supuesto que nonos gusta un régimen militar en Turquía. Pero ¿cuál era la otra salida posible?, ¿una guerra civil?».

Hay quienes, aun aceptando el golpe de Estado, piensan que la fórmula no es trasplantable, por dos argumentos básicos. De una parte, el deterioro irreversible a que habían llegado el sistema parlamentario y la situación político-económica en Turquía; de otra, las especiales características de las fuerzas armadas turcas, que las hacen muy diferentes de cualquier otro ejército europeo.

«La democracia no podía funcionar en Turquía con más de veinte muertos diarios, víctimas de la violencia política; con un Parlamento incapaz de aprobar una sola ley en seis meses, ni de elegir siquiera a un presidente de la República desde el mes de abril; con una inflación del 120% y con la cuarta parte de la fuerza de trabajo en paro forzoso », asevera el diplomático occidental, para quien «si el Ejército turco ya intervino dos veces, en 1960 y 1971, en la vida política, para retirarse después a sus cuarteles, ¿por qué no va a hacer ahora lo mismo, una vez saneada la situación? ».

Sin embargo otro diplomático europeo comentaba que las democracias occidentales han cometido, en el último trimestre del año que acaba, dos errores muy graves y que, a la larga, pueden pagar caro. De un lado, han aprobado tácitamente el golpe militar en Turquía; de otro, no han condenado la agresión de Irak contra Irán, que es una clara violación del derecho internacional.

"Operación democracia"

En su despacho del Ministerio de Asuntos Exteriores de Ankara, el director general de Información, Kaya Toperi, dijo la semana pasada a EL PAÍS que los aliados occidentales han mostrado una «amplia comprensión» hacia el nuevo régimen turco. «Todos han entendido, como explicó nuestro ministro en la reciente reunión de la OTAN, que para tener democracia hace falta tener primero paz y orden».

Los funcionarios turcos, los comunicados oficiales e incluso la Prensa nunca se refieren a un golpe de Estado, sino a la «operación del 12 de septiembre». La jerga oficial, en ocasiones especialmente solemnes, describe la intervención militar como la «operación del J2 de septiembre para defender y proteger la República».

En su primera conferencia de Prensa, celebrada en Ankara cuatro días después del golpe, el actual jefe del Estado, general Kenan Evren, dijo que cesto no es un golpe de Estado corno los que se describen en los libros de historia. Esta es una operación destinada a hacer desaparecer las amenazas contra nuestra democracia, de acuerdo con los deseos del pueblo y del Ejército».

Desde luego, de lo que no puede acusarse a los militares turcos es de no haber avisado. El propio Evren, como jefe del Alto Estado Mayor, había entregado, a principios de 1980, un comunicado de las Fuerzas Armadas al presidente de la República, Fahri Korutürk, en el que se afirmaba que «frente a la anarquía, la crisis económica y los movimientos separatistas, el Ejército no puede permanecer en silencio». En mayo y en agosto hubo dos nuevas advertencias similares, en términos de claro ultimátum.

Por consiguiente, cuando las fuerzas armadas turcas tomaron el poder en la madrugada del 12 de septiembre, mediante una «operación» rápida, eficaz, incruenta y casi silenciosa nadie se sintió realmente sorprendido. Nunca un golpe de Estado se había esperado desde hacía tanto tiempo. Como en una tragedia griega, todos los personajes habían caminado fatalmente hacia el dramático desenlace.

Los tanques M-48 de la 28º brigada mecanizada de Mamak entraron en Ankara poco después de la medianoche y ocuparon los edificios y puntos estratégicos. Al mismo tiempo, y con una precisión quirúrgica, los jefes de las restantes regiones militares daban la orden y los golpistas, sin disparar un solo tiro, controlaban a las cuatro de la madrugada las 67 provincias turcas. No hubo disensiones en el seno del Ejército. La «operación democracia» habla sido cuidadosamente planificada mucho tiempo antes, a falta sólo del día D y la hora H.

El general Evren explicaría después que los preparativos de la operación se habían llevado en el más absoluto secreto y que «ni nuestras mujeres ni nuestros hijos sabían nada». El hecho de que se anunciara el golpe de Estado antes en Washington que en Ankara motivó acusaciones de que la intervención militar había sido teledirigida por Estados Unidos y la OTAN, deseosos ambos de reforzar el flanco sureste de la Alianza.

Los golpistas negaron cualquier conexión exterior, pese a que el jefe de, la Fuerza Aérea, general Tahsin Sahinkaya, había regresado de una visita técnica a Washington el día anterior. Según la versión oficiosa, la noticia del golpe se dio primero en la capital estadounidense, porque un militar turco telefoneó a un colega norteamericano para advertirle, una hora antes del inicio de la operación, y éste lo comunicó a Washington. Otra versión dice que fue un agregado militar estadounidense quien vio un tanque estacionarse en la puerta de la Embajada, en el bulevar Atatürk, y envió un cable al Pentágono. Nadie explicó qué hacía a esas horas de la madrugada un agregado militar en su oficina.

Los agregados militares de las embajadas acreditadas en Ankara enviaron a sus capitales informes sobre el desarrollo del golpe de Estado. La circunstancia de que el agregado militar español fuera el coronel Federico Quintero, antiguo jefe superior de policía, creó un discreto revuelo en España, cuando, algunas semanas después del golpe, alguien filtró a la Prensa la existencia de un llamado informe Quintero sobre el golpe de Estado turco.

El coronel Quintero no quiere recibir a periodistas españoles en Ankara. Fuentes dignas de crédito restaron importancia a tal informe («que era su obligación hacer como agregado militar»), al que, por otra parte y dado su carácter reservado, sólo escasas personas, altos mandos militares esencialmente, han tenido acceso a ese informe Quintero.

Políticos arrestados

Más de 150 personalidades políticas fueron detenidas por los militares en esa primera noche. El primer ministro Suleyman Demirel, de 55 años, ya había sido derrocado por el Ejército en 1970. En esta ocasión, un amigo le llamó por teléfono para advertirle que «algo raro está pasando ». Demirel no tuvo tiempo de hacer averiguaciones. Un grupo de oficiales llamó a la puerta de su casa, en el barrio residencial de Cankaya, y le comunicó que estaba bajo la protección de las fuerzas armadas. Le dieron hora y media para hacer sus maletas.

El líder de la oposición y ex primer ministro, Butent Ecevit, también de 55 años, fue arrestado casi al mismo tiempo. Su esposa pidió que le dejaran telefonear a un amigo para que se cuidara de dar de comer al gato durante su ausencia. Demirel y Ecevit, dos enemigos políticos irreconciliables, fueron confinados juntos, en compañía de sus familias, en un centro de vacaciones del Ejército en los Dardanelos. Semanas después serían puestos en libertad, con la prohibición expresa de desarrollar cualquier actividad política o de hacer declaraciones a la Prensa.

El coronel retirado Alparslan Türkes, de 63 años, dirigente del Partido, de Acción Nacional, de corte fascista, fue advertido y logró escapar, aunque se entregó a las autoridades dos días después. Actualmente está detenido y tendrá que hacer frente a varias acusaciones. Necmetín Erbakan, 54 años, líder del Partido de Salvación Nacional, fundamentalista islámico, simpatizante de la revolución iraní, también continúa detenido y será juzgado igualmente.

Los militares disolvieron la Asamblea Nacional (Parlamento), ilegalizaron todos los partidos políticos y centrales sindicales, a excepción de la moderada TURK-IS, impusieron un estricto toque de queda y la ley marcial en todo el país, además de borrar de un plumazo la Constitución de 1961. Un Consejo de Seguridad Nacional, o Junta Militar, presidida por Evren y formada por los Jefes de los tres ejércitos y de la gendarmería, se hizo cargo del poder ejecutivo y legislativo.

El general Kenan Evren, de 62 años, un artillero veterano de la guerra de Corea y muy vinculado a la OTAN, ocupó la jefatura del Estado (vacante desde abril, dada la incapacidad de los parlamentarios, tras más de un centenar de votaciones, de elegir un presidente de la República) y anunció los objetivos de la operación del 12 de septiembre: preservar la unidad nacional, proteger vidas y propiedades frente al terrorismo, reinstaurar la autoridad del Estado, asegurar la paz y la armonía social, crear un régimen laico y republicano basado en la libertad individual y el respeto a los derechos humanos y, por último, devolver el poder a la Administración civil. después de un período razonable de tiempo.

Bélgica retiró de unas maniobras de la OTAN que se estaban desarrollando en Tracia su contingente de quinientos paracaidistas, como protesta por el golpe de Estado. Fue el único gesto, más simbólico que otra cosa, de repudio del nuevo régimen. Las democracias europeas expresaron su preocupación y, ya en octubre, el Consejo de Europa advirtió que Turquía sería expulsada del organismo si el régimen militar no respetaba los derechos humanos y las libertades básicas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de diciembre de 1980