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Haig, un general transformado en diplomático por Nixon

Alexander Haig, 56 años, es, ante todo, un general que debe su fulgurante carrera política y diplomática a Richard Nixon y Henry Kissinger. El que fuera comandante en jefe de las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de 1974 a 1979 tiene fama de trabajar dieciocho horas diarias los siete días de la semana.No era más que un coronel cómodamente asent ado en la burocracia, con 44 años, cuando Kissinger, recién nombrado consejero del presidente Nixon para Asuntos de Seguridad Nacional, le llama a la Casa Blanca, en enero de 1969, para convertirle en su consejero militar.

Curiosamente, este soldado favorito de los presidentes republicanos adquirió su reputación gracias a un Gobierno demócrata. Con Lyndon Johnson se convirtió en uno de los hombres de confianza con que contaba el entonces responsable del Ejército de Tierra, Cyrus Vance, quien durante el inicio de la guerra de Vietnam pasó a ser subsecretario de Defensa.

Hasta entonces, la carrera militar de Haig había sido más bien gris. Nacido en el seno de una familia católica de la alta burguesía de Filadelfia, se licenció a los veintitrés años en la Academia Militar de West Point. Sirvió en el Estado Mayor del general Mac Arthur en Japón, es ayudante de campo de otro general durante la guerra de Corea, tras la cual pasó tres años en Europa (1956-1959) y dos en Vietnam (1966-1967), intercalando estos destinos con tareas puramente administrativas o lectivas.

Durante toda esta época «preparatoria», este hombre, cortés y seductor, hizo gala de un agudo sentido de la observación, de un don natural para la diplomacia y de una gran capacidad de organización, que le hicieron merecedor de ocupar los delicados puestos desempeñados en la Casa Blanca, primero en 1969, y posteriormente, en 1972 (jefe del Estado Mayor conjunto del Ejército de Tierra, momento en que pasó a ser general), 1973 (en pleno escándalo Watergate, Nixon le nombró jefe de personal de la Casa Blanca cuando su presidencia empezaba a hacer aguas por todas partes) y en 1974 (tras la dimisión en agosto de Nixon, cuando Haig y Kissinger aseguran la delicada e inédita transición hacia la persona de Gerald Ford, presidente accidental).

Se afirma que fue Haig el que negoció el tan controvenrtido perdón decretado por Ford, en favor de su antecesor, caído en desgracia. De la mano de Nixon y Kissinger, el general Haig adquirió una singular experiencia en política exterior. Se vio directamente ¡inplicado en todas las negociaciones encaminadas a poner fin a la guerra de Vietnam, realizando frecuentes viajes a Saigón y París.

Asimismo fue él quien viajó en enero de 1972 a Pekín para preparar la histórica visita del presidente Nixon a China, dejando todo listo en menos de una semana

«Es uno de los militares más asombrosos que he conocido en mi vida», asegura Henry Kissinger. «Si alguna luz queda encendida de madrugada en la Casa Blanca, seguro que es la del despacho de Haig», comentaba, allá en el año 1973, Richard Nixon.

«Es un simple sí señor, que siempre acaba poniendose de acuerdo con el patrón», critican, en cambio, sus detractores, muy numerosos sobre todo entre los altos mandos del Pentágono, celosos de su fulgurante ascenso.

Su controvertido protagonismo en el desenlace del escándalo Watergate traerá, sin duda, intensos debates en el Senado. Entre otras cosas, los demócratas le acusan de incitar al presidente Nixon a cesar arbitrariamente al fiscal especial Archibald Cox, obstinado en conseguir el acceso a todas las cintas grabadas en la Casa Blanca relacionadas con el Watergate.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de diciembre de 1980