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Asignatura pendiente: no sólo la economía

No deberían doler prendas en reconocerlo: al Gabinete salido de la crisis me resisto a llamarlo nuevo, ya que no entusiasmos ha levantado en la opinión pública ciertas razonables expectativas. Considerado globalmente y sin perjuicio de la profunda decepción que, entre otros motivos, produce ver al Ministerio de Cultura considerado como una especie de «premio de consolación» para equilibrio de tendencias. Pero en este tema, el de la cultura, hace mucho tiempo que se está curado de espantos. De modo que no vamos ahora a rasgamos las vestiduras. Y, además, ya dijo un asesor presidencial, en un artículo nunca desmentido, que a Suárez el tema no le interesaba. Sentimiento por lo demás ampliamente compartido por un amplio abanico de la clase política, a quien, por cierto, resulta enternecedor ver ahora compungida por las dificultades del programa televisivo La clave, digno sin duda de mejor suerte, cuando fueron incapaces de derramar una sola lágrima, ni tender una mano, a tantas y tantas empresas culturales fenecidas ante el desinterés y el abandonismo de los que sólo parecen acordarse de santa Bárbara cuando ésta truena en Prado del Rey. Auténtica «vergüenza ajena» causa ver estos alborotos parlamentarios mientras se silencia la gravísima situación que vive la industria editorial española, no se presta la mínima atención al deterioro de nuestro patrimonio artístico, desaparecen semanarios como Triunfo, no existe política de bibliotecas y, en fin, se relega toda la problemática cultural al desván de los trastos olvidados.Pero, en fin, estábamos hablando de las reacciones suscitadas por el Gobierno incluso antes de lanzar su declaración programática. La moviola hacia atrás no se ha agotado con la vuelta de algunos nombres. Así Carrillo ha hablado de «movilización», el PSOE de «credibilidad» y Fraga de «caos».Y los nacionalistas vascos y catalanes han dicho su habitual «sí, pero no» o «no, pero sí». Los partidos políticos españoles deberían patentar algunos vocablos que manejan cada uno en exclusiva y que emplean a destajo en todas y cada una de las oportunidades que se les presentan. Con abstracción, naturalmente, de cada circunstancia concreta. El reparto de papeles es, en la vida política española, tan inamovible y deja tan escaso margen a la creatividad que situaciones y lenguaje se repiten sin solución de continuidad hasta el infinito. O hasta el absurdo. Así se evita, entre otras cosas, un análisis más pormenorizado y riguroso de los hechos. El, posiblemente, «menos malo de los Gobiernos posibles de UCD» hubiera merecido una acogida menos tópica por parte de la oposición, que puede perfectamente seguir siéndolo sin necesidad de repetirse. Y aprovechar además la ocasión para decir algo nuevo. Es también un problema de mera eficacia: la crítica que no se renueva se neutraliza y se hace estéril.

Pero ya tenemos Gobierno. Y, por primera vez desde 1977, en su nacimiento no se habla de provisionalidad. En el fondo, menos la extrema derecha, parece que todos deberían estar de acuerdo en que no sería malo que durase hasta 1983. La necesidad de la normalización constitucional que eso supondría no necesita ser resaltada para un país que, antes que nada, debe consolidar una democracia cuyos enemigos distan mucho de ser ahora más débiles que hace tres años. Y con una ciudadanía que, explicable, pero suicidamente, se ha dejado llevar por la pendiente de la desmoralización y los cantos de sirena de una demagogia reivindicativa que no siempre tiene en cuenta la necesaria contrapartida de la asunción de responsabilidades. Parece ser que el Gobierno, y es lógico que así sea, se dispone a hacer frente al pavoroso problema económico, auténtica madre del cordero de otras muchas cuestiones sobre el tapete. No obstante, no pueden esperar se en ese terreno muchos milagros. El «desenvaramiento» de la democracia requiere entonces, además de planes económicos, un auténtico planteamiento de lo que podríamos llamar regeneración cívica. Y no es hablar del sexo de los ángeles. Este país sigue lastrado, y con escasa conciencia de ello, por usos, hábitos y costumbres franquistas. En el poder y en el tejido social. La democracia no ha supuesto en absoluto un cambio de talante sustancial en muchas pautas de comportarniento. Entre otras cosas, porque los distintos Gobiernos de UCD, salidos de las urnas, cosa que no cabe olvidar, no han sabido o no han querido, no ya romper con muchos aspectos del pasado con los que, quizá, dadas las circunstancias, no había más remedio que contemporizar, sino que incluso han jugado insensatamente a su perpetuación, negándose a la evidencia de que estaban alimentando, y nunca mejor dicho, a nada solapados enemigos de un sistema de libertades. Vistas con un poco de perspectiva, las torpezas en ese terreno han sido dramáticas y las vamos a pagar durante mucho tiempo. La permanencia en las estructuras básicas del poder de fervientes partidarios del antiguo régimen, y entre el revanchismo y el continuismo existían, sin duda, otros caminos, y laconstante exhibición de gestos autoritarios y antidemocráticos en terrenos clave como los de la libertad de expresión, control férreo de los medios de comunicación del Estado, incomunicación con la opinión pública, desigualdad de trato en el modo de enfrentase con ambos extremos políticos, etcétera, han supuesto un constante proceso de erosión no sólo para el Gobierno, sino para todo el régimen. Un ejemplo de estos días de lo último: mientras las declaraciones de Herri Batasuna (por otra parte, intolerables si no hay pruebas sobre la mesa) son remitidas al fiscal, se hace caso omiso de ciertas publicaciones de extrema derecha que son una constante invitación a subvertir el orden constitucional o a la pura y simple sublevación. La otra cara de ese proceso que, con razón, asombró al mundo enturbió torpe e innecesariamente la transición.Y con el riesgo de embarrancarse ahí.

Si este Gobierno quiere avanzar en el camino de la democracia, y dado bastantes de los hombres que lo forman hay una razonable esperanza, la economía no puede constituir el único objetivo. Es, sin duda, el más importante, junto con el terna de la violencia y el de las autonomías. Pero hay otros que harían mal en considerarlos marginales. La lucha contra la corrupción a todos los niveles, lo que debería ser exquisito cuidado en la protección de las libertades ciudadanas (buen principio: el día que el Gobierno tomaba posesión se prohibía un acto en defensa de la libertad de expresión), el progresista desarrollo de la Constitución (¿existe alguna sociedad democrática sin divorcio?), la atención y la protección a la escuela pública y a la cultura, etcétera, son objetivos políticos que este Gobierno se plantea o habremos entrado definitivamente, y no tan a largo plazo, en el infierno de la involución. O, en el mejor de los casos, en el limbo. Llenar de contenido, real esta democracia no es sólo un problema de sanear la economía. El Gobierno tiene que hablar también de un proyecto de sociedad, un proyecto desdibujado y diluido en los últimos meses, cuando no decididamente adulterado. Conviene no olvidarlo.

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