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Los costaleros, temporeros de la Semana Santa sevillana

El pasado domingo, cuando salió a la calle La Borriquita, se renovó un año más una tradición de varios siglos que forma parte ya del espíritu de Sevilla: las procesiones de Semana Santa. Otras 54 cofradías no faltarán tampoco a esta cita popular a caballo entre la religiosidad y el folklore. Y todo ello gracias a quienes cargan con la cruz de ir debajo de los pasos, anónimos y sudorosos. A los costaleros.

El costalero es el individuo joven o maduro, devoto o folklórico, que lleva sobre. sí el peso de las imágenes qué los demás admiran. Antes eran profesionales, descargadores del muelle y otro personal forzudo. Hoy quedan tres o cuatro cuadrillas en toda Sevilla que cobran por este trabajo. Lo normal son los hermanos costaleros; es decir, cofrades que se aventuran a ocultarse bajo los faldones de los pasos y cargar con ellos.Y no una sola vez. Desde los primeros días de febrero hay hermandades que están haciendo ensayos, que entrenan a sus costaleros sacando las procesiones (las imágenes cubiertas, eso sí) por las calles de su recorrido habitual para armonizar movimientos y corregir aquel fallo del año pasado. La imagen sorprende al forastero pero está perfectamente integrada en el paisaje vital de la ciudad durante la cuaresma.

En la iglesia de San Esteban se inicia el ensayo de los costaleros de la hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Salud y Buen Viaje y María Santísima de los Desamparados y San Juan de Ribera (el único santo sevillano de la puerta Carmona, donde se enclava la iglesia, según aclara un cofrade). Son las once de la noche de cualquier día de estos y el pequeño templo aparece casi lleno de hombres de todas las edades, que esperan las órdenes de los capataces o curiosean.

«El costalero es un hermano que hace penitencia no sólo física, por llevar el peso, sino espiritual, ya que tiene que ir sin hablar, con todo el respeto que hay que demostrar en estos casos (...). Sí, ya sé que hay una versión por ahí de que se bebe mucho, y esto es poco menos que una juerga, pero eso entra dentro de la leyenda de la Andalucía de pandereta», comenta José Luis Gómez Soto, miembro de la Junta de Gobierno de la Hermandad, que cuenta actualmente con 1.200 hermanos y un centenar de hermanas que, por ahora, ni son costaleras ni salen como penitentes.

«Ahí debajo te encuentras de todas las edades, partidos y formas de pensar, y todos se unen para esto La mayoría ya no viven en el barrio, pero siguen considerándolo su patria chica y no faltan nunca, como ese que está en Torremolinos y ha venido esta noche expresamente para el ensayo», continúa Gómez Soto, agregando que los hermanos costaleros permiten salvar la estabilidad financiera de la cofradía, porque una cuadrilla profesional cobraría cuatrocientas o quinientas mil pesetas.

El capataz ha dado la orden y ya están los costaleros debajo del paso del Cristo. Cada uno tiene su puesto previamente asignado: los pateros, lógicamente, al lado de las patas; los fijadores, a su lado; los costeros y los corrientes..., y todos con el mismo leve equipaje, formado por el paño que cae desde la frente hombros abajo (el costao y el cilindro de tela reliada (la morcilla) justo en la primera vértebra, sobre la que descansará todo el peso. En la cintura, la faja, que protegerá los riñones. Una escasa vestimenta para aguantar cuarenta o cincuenta kilos.

La salida es difícil. Los costaleros han de caminar de rodillas porque la puerta de la iglesia es pequeña. Parece increíble que el palio de la Virgen no choque contra el techo o los laterales, pero así es, y ellos mismos le quitan importancia a una técnica que tiene siglos y que no permite el menor descuido. Manuel Fernández Floranes, teniente de alcalde delegado de Hacienda del Ayuntamiento de Sevilla (PSOE), lo explica: «Esto es más fácil que cobrar los impuestos, porque es cuestión de corazón, y allí, por mucho corazón que le eches ... », y se mete bajo los faldones.

Es también una técnica que tiene que dominar el capataz. Para igualar junto al bordillo de una acera, a los costaleros según la altura de la cerviz, colocando en el primer madero transversal (trabajadera) a los más altos, y a los más bajos, en el último, en la trabajadera de los ratones, para dosificar el esfuerzo durante el recorrido, graduando la duración de las chicotás (tramo que se recorre entre una parada y la siguiente), gritar «¡A esta es!» para levantar el paso y «¡Ahí queó! » para bajarlo con el tiempo medido para no adelantarse ni retrasarse y evitar así la consiguiente multa a la hermandad, hasta sufrir la broma del joven costalero que, al menos en el ensayo, cuando se pregunta si están todos, contesta: «No, falta la gallina Caponata.»

Diccionario del cofrade

Hay mucho de arte en estos capataces, que, claro es, antes han sido costaleros muchos años. Por eso pueden enseñar a los nuevos para que no se lastimen, avisan qué calle supondrá mayor esfuerzo para los costeros y cuál más para los corrientes y están en el secreto de todos los ritos de una Semana Santa que es ritual hasta el limite y que es capaz de crear un diccionario cofrade con más de 2.000 palabras y expresiones como el que acaba de publicarse (la vaporá: dícese del pescaíto frito que se toman los hermanos de la Exaltación cuando terminan el montaje de los pasos).Ellos han hecho posible que ayer, Martes Santo, la hermandad hiciera su recorrido con el consabido esplendor y vistiera la túnica color crema y la capa y el antifaz azul de penitentes lo mismo el taxista regordete que el joven administrativo o ese trajeado dueño de cuatro cortijos, como tanto le gusta presumir a la gente de derechas. «Pero que conste que la cofradía no existe sólo en función del Martes Santo y la procesión, que para mascaritas ya está autorizado el carnaval», aclara Gómez Soto.

Por lo menos, en Nuestro Padre Jesús de la Salud y Buen Viaje y María Santísima de los Desamparados es así. Los diecinueve hermanos que componen la junta de gobierno (hermano mayor, prioste, mayordomo, diputados y demás) no admiten a nadie en la cofradía durante el mes de marzo para impedir la frivolidad de los que acuden atraídos por el brillo del capirote. Y durante cuatro años dirigirán el proceso de renovación de la hermandad en un sentido asistencial y benéfico que poco a poco intenta perder su estigma de ropero de caridad. Aquí se organizan campamentos de verano para más de doscientos niños, se costean algunas becas para niños inadaptados, se edita un boletín de información bimensual, aunque las hermanas no han podido liberarse de su dedicación a los cursos de corte y confección. Ya lo dijo el alcalde Uruñuela: «Las hermandades son piedras angulares sobre las que se asienta nuestra convivencia.»

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de abril de 1980

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