Editorial:Editorial
i

El ayuno del señor Escuredo

CADA CUAL es muy dueño de responder en la forma en que le venga en gana a los contratiempos y amarguras que suele deparar la vida cotidiana, sin más limitaciones que el respeto a la legislación vigente y a los derechos y libertades del prójimo. Es bien conocida la tendencia de los niños, enfurruñados ante las resistencias de la realidad, a boicotear la merienda o a rechazar el postre para manifestar su protesta ante una imposición paterna. Y tampoco es infrecuente contemplar a algún irritado dominguero pegando puntapiés al automóvil que le ha dejado imprevistamente tirado en la carretera, frustrando una agradable excursión familiar.La decisión del señor Escuredo, presidente de la Junta de Andalucía y diputado del PSOE, de declararse en huelga de hambre para protestar contra las disposiciones, verdaderamente discriminatorias, adoptadas por el Gobierno para convocar el referéndum autonómico de Andalucía podría clasificarse, así pues, en ese cuadro general de las respuestas estrafalarias, pero al fin y al cabo respetables, de los seres humanos ante las contrariedades. Es cierto que las huelgas de hambre están asociadas en nuestra memoria a situaciones límite bastante más dramáticas, como las violaciones brutales de los derechos humanos que comportan muertes, desapariciones o torturas, o a luchas de horizonte épico, como la resistencia pasiva de Gandhi contra la ocupación británica de la India. Pero también es verdad que el señor Escuredo, al limitar su decisión de no ingerir alimentos al plazo de 72 horas, ha optado más bien por un ayuno cuaresmal prolongado o por una dieta radical contra las grasas.

El presidente de la Junta de Andalucía viene haciendo gala de una notable versatilidad en sus reacciones ante el infortunio. Hace escasas semanas, anunció su inquebrantable propósito de dimitir de su cargo, posibilidad que en esta ocasión descarta por entero, si el Gobierno retrasaba el referéndum más allá del 28 de febrero. Su razonamiento, no demasiado fácil de seguir era que el aplazamiento, aunque fuera tan sólo por un día, le crearía problemas morales de tal índole que su conciencia y su sensibilidad ética le obligarían a abandonar su puesto. Tampoco es sencillo, ahora, entender la relación causal entre la política gubernamental respecto al referéndum andaluz y la huelga de hambre del señor Escuredo.

Ni que decir tiene que cualquier crítica sería impertinente si se tratara de enjuiciar la conducta de un particular, por muy desaforada, incongruente o rara que pudiera parecer su respuesta ante un contratiempo. Pero el inminente huelguista de fin de semana es nada menos que presidente de la Junta de Andalucía, miembro del Congreso y dirigente del PSOE, esto es, un hombre público llamado a desempeñar ahora ciertas responsabilidades en las instituciones preautonómicas andaluzas y tal vez en el futuro, si su partido llega al Gobierno, cargos en el Estado. En esta perspectiva, no resulta tan inoportuno expresar la opinión de que la vida pública no debería servir de escenario para el desfogamiento pasional o para exhibicionismos teatrales que además confunden la tragedia con el sainete. El público, esto es, los ciudadanos y los electores, merecen un poco más de respeto.

Mala suerte ha tenido el PSOE, o malas designaciones ha realizado, con sus presidentes de entes autonómicos. No son frecuentes políticos tan intensamente preocupados por su imagen personal y tan torpes para promoverla como el señor Albiñana, en el País Valenciano, o el señor Escuredo, en Andalucía. Tal vez estos dos casos sirvan para demostrar que la vocación política apasionada, la capacidad de entrega a unas siglas y las virtudes privadas no son condiciones suficientes para que se encomiende a un ciudadano responsabilidades de poder en su partido y, mucho menos, en el Estado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 31 de enero de 1980.

Lo más visto en...

Top 50