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Editorial:

Ucronías

MIRANDO HACIA atrás, en el 25º aniversario de la revolución argelina, y practicando con un poco de soltura literaria el juego de la ucronía, se puede pensar que si Francia hubiese escuchado las propuestas del moderado farmacéutico Ferhat Abbás, la independencia argelina se hubiera realizado sin violencias, sin guerra, con una colaboración más amplia con Francia y con Occidente y con un régimen de corte esencialmente distinto al actual, sin la tirantez con Marruecos -que probablemente no se habría endurecido, y habría podido llegar con Túnez, Libia y Argelia, al sueño del Magreb unido- y quizá con una mayor satisfacción general para sus habitantes.Nada nos impide, en este campo de lo arbitrario histórico (no mucho más arbitrario que las interpretaciones que se suelen hacer sobre la historia real, que ha pasado) lo distinta que sería la situación en Asia si Francia hubiese negociado la guerra de Indochina, sin esperar su derrota militar en Dien Bien Fu; o si, más tarde, Vietnam del Sur no se hubiera opuesto, apoyado por Estados Unidos, a las elecciones de reunificación previstas por los acuerdos de Ginebra. O qué hubiera sido de Cuba si Estados Unidos hubiera negociado con Fidel Castro cuando aún era posible y éste no se había proclamado marxista-leninista, en lugar de responder con el bloqueo y los intentos de invasión.

El examen de la historia, tal como se ha producido -es decir, de la concatenación de acontecimientos que han pasado en la realidad-, nos induce al espejismo de creer en su lógica y en su inevitabilidad. Todas las escuelas de pensamiento histórico han caído en esa falacia: desde las que creen en el providencialismo a las del mektub, el destino en manos de Alá; desde las partidarias del determinismo histórico hasta las del progreso científico y geométrico de la historia, siguiendo el proceso de la lucha de clases. Supersticiones envueltas en distintos celofanes. El hecho de que algo ha sucedido induce a creer que tenía que suceder. Como examinar la situación de las especies en el mundo de hoy ha hecho creer al biologismo que se trataba de una evolución planificada, hasta conseguir un equilibrio ecológico admirable, desdefiando la inmensa cantidad de azar que ha intervenido en el ejercicio de la necesidad, y obviando la trágica presencia de la entropía.

La conformidad con lo que ha sucedido, tanto con resignación como con entusiasmo empírico, sin permiso legal o científico para imaginar lo que hubiera podido ser, terminará por privamos de la capacidad para modificar nuestro presente o nuestro futuro. Nadie puede estar conforme con el triunfalismo argelino de estos días de aniversario, que tiende a creer y a hacer creer que todo se ha desarrollado por lo mejor en el mejor de los mundos posibles, como decía el Pangloss, de Voltaire, como no se debe aceptar que la Cuba de Fidel Castro sea la mejor de las Cubas posibles. Podría extenderse este juicio a cualquier país; comenzando por el nuestro, por razones de nacionalismo y de inmediatez. Y de consideración por lo que está pasando.

Lo que quizá podría obtenerse de este vistazo, tal vez tendencioso, al pasado imposible-posible, es el de que la persistencia en las situaciones de fuerza ha terminado a lo largo de este siglo por debilitar a quien creyó que podía más. Lo creyó Gran Bretaña, a pesar de que en un mo mento dado la defensa de su imperio le costaba más de lo que le producía, y hoy no tiene presupuesto ni siquiera para llegar al mundo que fue suyo con las ondas de la BBC; lo creyó Portugal, estirando hasta el infinito su guerra colonial hasta que alcanzó la metrópolis. Como alcanzaron sus metrópolis la lucha de Argelia, que enve nenó la sociedad francesa; o la de Vietnam, que destruyó la de Estados Unidos, que no ha vuelto nunca a reconstruirse sobre sus moldes anteriores de autoseguridad y de solvencia.

Parece que hoy existe, entre los que poseen la fuerza, cierta división de opiniones, cierto enfrentamiento de opciones, entre los que creen que la violencia sigue siendo el medio de regular el mundo a su favor y los que estiman que el riesgo de la violencia es superior al de la negociación y al de la concesión. Es cierto progreso. Débil, endeble. A la menor duda, la alternativa vuelve a inclinarse por las soluciones de intransigencia. Y así, tras aquella Argelia o aquella Cuba o aquel Vietnam, el Occidente se sigue encontrando con este Irán, o con esta Nicaragua, incluso con esta Bolivia de ayer mismo. Las lecciones tardan siglos en aprenderse. A veces no se aprenden nunca, y los imperios se debilitan, envejecen y mueren por su propia fuerza, cuando podrían engrandecerse por su propia disolución en entidades mayores. Y más justas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de noviembre de 1979