La caída del "Skylab" no produjo víctimas ni daños

El laboratorio espacial norteamericano Skylab se desintegró ayer por la tarde sobre el océano Indico, sembrando de fragmentos metálicos una franja de 6.000 kilómetros de largo y doscientos de ancho, desde el cabo de Buena Esperanza hasta el continente australiano, y sin que aparentemente se produjeran daños a personas o bienes materiales, pese a que algunas piezas podrían haber caído en Australia.

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La estación espacial, de 77 toneladas de peso, comenzó su caída definitiva a las seis y media de la tarde del miércoles, hora de Madrid, pero la lluvia de fragmentos incandescentes se prolongó durante unos cuarenta minutos. Informes recogidos anoche en el centro de información de la NASA en Washington indicaban que desde algunos puntos de la costa australiana, donde era de noche, pudieron verse claramente piezas envueltas en llamas que caían sobre el océano.Los portavoces de la NASA, tras una tensa noche en la que hubo momentos en que se temió que la estación espacial se estrellara contra áreas densamente pobladas de América del Norte, se mostraron satisfechos de la forma en que se desarrolló la operación y de la zona de impacto del Skylab, aunque expresaron su preocupación ante la posible caída de algún fragmento en territorio australiano. «El Gobierno de Australia acaba de comunicarnos que hasta el momento no tiene noticias de daños producidos por algún fragmento», dijo, a las ocho de la noche de ayer, el portavoz de la NASA.

Una hora antes, el director adjunto de la Agencia Nacional de Aeronáutica y del Espacio, Richard Smith, había confirmado que el Skylab había chocado contra la corteza terrestre, después de haber permanecido en el espacio durante seis años y haber orbitado la tierra 34.985 veces. «Esto ha terminado y estamos contentos de que así sea», dijo Smith a los centenares de periodistas que abarrotaban la sala de prensa habilitada por la NASA en un edificio de la avenida de Maryland, a escasos metros del Museo del Espacio de Washington, donde puede verse un laboratorio espacial gemelo al Skylab.

Mientras llegaban informes de aeropuertos y de ciudadanos particulares que habían visto desintegrarse fragmentos del Skylab en las ciudades australianas de Esperance, Albany, Perth y Kalgoorlie, los científicos norteamerícanos parecían tranquílos sobre la posibilidad de que alguna pieza hubiera alcanzado territorio australiano, ya que la órbita del Skylab sobrevolaba el desierto de Victoria, lo que reduce a posibilidades minúsculas el daño a personas o propiedades.

El susto real se produjo a primeras horas de la mañana del miércoles, hora de Madrid, cuando los técnicos advirtieron un error de cálculo en la órbita de la estación espacial y vieron la posibilidad de que la lluvia de fragmentos incandescentes comenzara a producirse en el oeste de Canadá, sobre Vancouver, para, cruzando todo el país, terminar más allá de Terranova, sobrevolando las cercanías de Montreal y Ottawa, así como el estado norteamericano de Maine.

Fue entonces cuando el centro de mando de Houston decidió enviar por radio una orden al Skylab, para hacerle girar sobre sí mismo y prolongar su estancia en el espacio, retrasando en unos minutos su entrada en la atmósfera y, por consiguiente, colocando el punto de impacto en una zona de la órbita cubierta completamente por el océano Atlántico y el Indico y continuada por Australia y el océano Pacífico.

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Desde Fresnedillas, el ingenio espacial fue situado en una órbita de entrada inofensiva

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La señal, emitida desde la estación de seguimiento de la NASA en España, se dio hacia las nueve de la mañana del miércoles y fue, en palabras de uno de los técnicos de la NASA, «más un arte que una ciencia». Mediante la liberación de nitrógeno comprimido y un cambio de postura en los giróscopos del laboratorio espacial se consiguió retrasar su entrada en la atmósfera y colocar el punto y el momento de caída en las coordenadas elegidas por la NASA.

La órbita final del Skylab cruzó la parte norte de Estados Unidos y el sur de Canadá, descendió por el Atlántico y alcanzó el océano Indico, al sur del cabo de Buena Esperanza. La estación de seguimiento situada en la isla de Ascensión, en el Atlántico Sur, informó poco después de las seis de la tarde, hora de Madrid, que el Skylab había perdido ya sus paneles solares y caía en picado, a una velocidad inicial de 16.000 millas por hora.

La enorme fricción con la atmósfera hizo que ardieran las dos terceras partes de la nave espacial, pero se cree que unas veinticinco toneladas de trozos metálicos, con pesos que oscilan entre medio kilo y dos toneladas y media, llegaron a la superficie, sepultándose en el océano Indico la inmensa mayoría de ellos.

Se puso fin así a un «suspense» internacional que duró casi dos días y que en algunos casos llegó a motivar órdenes de suspensión de vuelos comerciales. También se puso fin a un ingenio espacial que fue, en su día, un importante instrumento en la carrera del hombre por el dominio del espacio. Tres tripulaciones de astronautas vivieron en él durante meses, recorriendo 874 millones de millas.

La exactitud en la predicción de la hora y prácticamente del punto geográfico de caída del Skylab supuso una inyección de prestigio para la NASA, que se encuentra bastante olvidada de la opinión pública desde que se abandonara el programa espacial norteamericano.

Un suspiro de alivio se escapó en la noche de ayer no sólo de los técnicos de la NASA, que pusieron el Skylab en órbita en 1973, y del Gobierno, que hubiera corrido con la responsabilidad y las indemnizaciones en caso de algún accidente, sino de la inmensa mayoría de la población, que siguió en la radio y la televisión los boletines informativos sobre la caída del laboratorio.

En Las Vegas, una de las pocas ciudades en que el juego es legal, se cursaron millares de apuestas sobre el posible punto de impacto, con los estados de Wisconsin y Nevada como los favoritos, pagando veinte a uno, mientras que otros, donde por cierto estuvo más cerca de caer, como Delaware, sólo estaban a 140 contra 1.

En otras ciudades, como Washington, donde el juego está prohibido, algunos de los pools más populares, como el del restaurante Dove and Hawk, frecuentado por senadores y congresistas, fueron interrumpidos por la policía, que obligó a devolver el dinero a los apostantes. En Las Vegas, la apuesta que colocaba el casino como lugar de impacto se pagaba a 200.000 dólares contra uno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 11 de julio de 1979.

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