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Editorial:

El discurso de Puebla

EN 1976, cuando el entonces cardenal arzobispo de Cracovia predicaba un retiro en el Vaticano, dijo: «Jesús es un signo de liberacíóni de la opresión de las estructuras económicas y sociales en América Latina» y, evidentemente, estas palabras son las que se hubieran querido oír y las que casi todo el mundo esperaba que se repitieran sólo dos años después en el suelo mismo de esa América Latina, y con la autoridad papal que ahora posee el antiguo cardenal Wojtyla. Pero ha ocurrido todo lo contrario. En el discurso inaugural de la Conferencia Episcopal de Puebla, pronunciado por Juan Pablo II, el tema central no ha sido el de ese Cristo liberador de la injusticia, sino, por el contrario, el de las desviaciones doctrinales y pastorales de esa teología de la liberación, y éstas han sido condenadas con un tal énfasis y tan sin la debida comprension para la situación de terrible injusticia del continente, que cualesquiera que sean ahora las matizaciones que puedan hacerse parece que el principio mismo del cristianismo, incompatible con las injusticias y promotor de justicia, y el del Cristo liberador es el que ha sido liquidado.Lo que sorprende no es que el papa Wojtyla haya prevenido a los teólogos y a los clérigos o simples cristianos en general sobre la confusión de la figura de Jesús con la de un revolucionario político y social o contra el empleo de la violencia, sino que en el continente de la utilización global y diaria del catolicismo como elemento integrante y sustentador de inhumanas dictaduras, que emplean sistemáticamente la tortura para sobrevivir, no haya tenido una alusión concreta para este estado de cosas y sólo haya hecho una alusión abstracta a los derechos humanos que no va a molestar a esos mismos dictadores. Lo que sorprende y pasma es que en unos países donde la demografía es galopante y la miseria, enfermedad y la mortandad infantiles alcanzan cotas impresionantes, donde las oligarquías muestran un total desprecio de toda ética sexual o matrimonial y han corrompido a pueblos enteros en este sentido, o donde los derechos de la mujer son desconocidos y vilipendiados, el Papa hable contra los métodos anticonceptivos o del divorcio como un peligro actual derivado de una campaña de concienciación o ponga al mismo nivel de eticidad divorcio, métodos anticonceptivos y aborto. Lo que sorprende, en fin, es la aserción un tanto retadora y nada ecuménica de la antropología católica como única verdadera y que nadie pueda referirse a Dios sin una referencia a la Iglesia católica, afirmación que sitúa de repente al papa Woityla, y quizá a todo su pontificado, dentro de la teología preconciliar.

¿Qué pensar de la incitación a las miserables masas campesinas a la espera de una situación mejor o del llamamiento a los poderosos para que hagan progresar la justicia, progreso que, precisamente, sus intereses no podrán consentir jamás? ¿Qué pensar de esa refléxión sobre la eventual infelicidad de muchas familias ricas y de la felicidad de muchas otras pobres? Si eso se une a las grandes concentraciones de estos días para aclamar al Papa y del excelente papel de éste como hombre que sabe estar con las multitudes, aparece, sin duda, una imagen de Epinal realmente encantadora. Pero ¿ha ido Juan Pablo II a México a inaugurar una exposición de crisantemos, como suele decirse, y a ver bailar el folklore azteca o más bien a dar una respuesta de la Iglesia católica al inmenso desafío de un continente donde las gentes mueren de hambre?

En julio pasado, un grupo de mujeres, esposas, hermanas, madres o hijas de víctimas de la represión de los catolicísimos Gobiernos latinoamericanos que profesan la filosofía de la «seguridad del Estado» se dirigieron a Jean Paul, Sartre para que éste escribiera al Papa, último recurso, según ellas, al que podía apelarse, para que aquellos catolicísimos Gobiernos supieran de manera neta, por la voz autorizada del Pontífice, que no podían seguir llamándose católicos y utilizar a la vez sus métodos de Gobierno, justificando la tortura y el horror con la teología y la fe católica. ¿Y ahora?

Entre las víctimas mismas de esas dictaduras ha habido, además, cristianos, clérigos e incluso obispos; y países de América Latina hay donde la consigna gubernamental ante la lucha de la Iglesia católica local al lado de los pobres es: «Construye la Patria y mata un cura.» ¿Y ahora?

¿Es que estos miles de cristianos comprometidos, movidos por su fe, sólo eran comunistas disfrazados y personajes subversivos, como los definen esas dictaduras? ¿Cuáles van a ser las consecuencias de la desautorización papal de su lucha, además de la obvia consecuencia de la amargura?

Lamennais ha sido de nuevo sacrificado, el trágico error de su condena y de la contricción a que saliera de la Iglesia, parece que se ha renovado ahora. Entonces, la condena de Lamennais significó para la Iglesia la pérdida del proletariado y un abismo inmenso abierto entre ella y el pueblo, y no hace falta ser muy lince para suponer en qué medida el catolicismo latinoamericano puede quedar ahora hipotecado. Porque, por una parte, y cualesquiera que puedan ser las decisiones de Puebla, las palabras del papa Wojtyla podrán ser manejadas para seguir sosteniendo intereses y privilegios y anatematizando toda opción por la justicia bajo pretexto de herejía y comunismo, y el catolicismo latinoamericano seguirá bajo el signo de la ambigüedad.

La pregunta inmediata es: ¿el discurso papal de Puebla hipotecará también todo un pontificado? ¿Abre un pontificado resueltamente conservador? No cabría afirmarlo rotundamente: quizá, después de todo, lo que ocurre con este discurso de Puebla, un discurso perfectamente clásico, con alusiones a Tomás de Aquino, Maritain o el padre De Lubac, es que el lugar y el tono no son seguramente los más apropiados para esas afirmaciones, y esto las hace aparecer como más polémicamente conservadoras de lo que son en realidad. De este modo, incluso una fórmula. original y que podría estar cargada de consecuencias, como la de que «toda propiedad privada está gravada por una hipoteca social», puede pasar inadvertida y no parecer otra cosa que un juego de palabras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de febrero de 1979