Sánchez Barbudo
Los anticuarios ingleses denominan «cardenales comiendo langosta», o algo por el estilo, a toda esa pintura académica de género que representa escenas y tipos de los siglos XVI, XVII y XVIII en interiores sobrecargados de muebles, tapices, vajilla y, eventualmente, algún príncipe de la Iglesia.Aunque se trata de una denominación irónica, y, por tanto, extensible a las infinitas variantes de un género que gozó de grandísima estima en los, últimos treinta o cuarenta años del pasado siglo, se asombrarían ustedes del número de cardenales, obispos y canónigos, departiendo, bebiendo, sermorneando y hasta comiendo langosta, que uno allí se encuentra, como les asombraría también saber que ese tipo de pintura es impermeable a las alzas y bajas del mercado artístico: los Rembrandt y los Cézanne pueden llegar a rematarse mañana mismo en la chamarilería e la esquina.
Salvador Sánchez Barbudo (1857- 1917)
Galería Jorge JuanJorgeJuan, 11
Pero los «cardenales comiendo langosta» prevalecerán. O prevalecerán al menos mientras exista una clientela dispuesta a confundir los placeres de la pintura con los de la mesa. Porque, como ya se habrán imaginado, esa clientela no es otra que la burguesía, promotora tradicional de la pintura de género en las diversas acepciones que le han sido propias a lo largo de la historia del arte moderno.
La acepción de marras parecerá quizá menos decorosa que las que le dieron los pintores de los Países Bajos en el siglo XVII, Chardin o Paret en el siglo XVIII, los biedemeier en el siglo XIX, etcétera, pero constituye todavía la expresión más cabal del gusto burgués, cuando no de su propia ideología.
La irrevocable identidad burguesa de esta pintura explica, por ejemplo, el retraso con que llegaría a España en el siglo XIX y el talante cosmopolita de quienes la practicaron durante la restauración. Lo más chocante, sin embargo, es que los pintores españoles del género, importado en la década de los sesenta por Fortuny, Zamacois, Ferrándiz.... destacaron de inmediato en el mercado internacional, circunstancia que les llevaría a residir fuera de España o a producir casi en exclusiva para los marchands, de París, Londres, Roma, Berlín, Filadelfia o Buenos Aires.
El caso más sobresaliente es, sin duda, el de Fortuny, que arrebató a Meissonier su liderazgo en la pintura de «casacas», que es como se llama entre nosotros a los «cardenales comiendo langosta» de los ingleses. Fueron, por otra parte, los pintores españoles quienes ampliaron la nómina eclesiástica con la inclusión de los «monaguillos», subgénero donde se riza el rizo de la insensatez de un género que se rige siempre por esta regla de oro: trivializar lo sublime y sublimar lo trivial.
Salvador Sánchez Barbudo pertenece a la segunda generación de pintores de «casacas». Nacido en Jerez de la Frontera, en 1857, fue discípulo de don José Villegas y recibió una medalla de tercera clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1881, con Un salón de esgrima. Por influencia de su maestro Villegas, que era amigo de Rosales, Fortuny, Zamacois..., y pintor con magnífica clientela -Vanderbilt, Stuard, Krupp...Sánchez Barbudo se inició en el género de moda, el historicismo costumbrista, alcanzando al poco tiempo cierta fama de pintor «exquisito», en Inglaterra muy especialmente.
La exposición organizada por la galería Jorge Juan es muy breve, pero tiene el acierto de reunir bocetos y cuadros acabados, lo que permite un examen atento de todos los recursos técnicos que ponían en juego los pintores de su cuerda, y el acierto, además, de recoger sus temas más característicos: Venecia, moros corriendo la pólvora, bodas principescas y -¡cómo no!- cardenales.
Sánchez Barbudo demuestra en sus obras un perfecto dominio de lo que seguramente funda la prosperidad del género de «casacas»: la astuta combinación de naturalismo burgués y un preciosismo desflecado de corte falsamente «moderno», pero apetitoso. Por eso, los valores naturalistas, que aparecen en los bocetos resueltos de acuerdo con la mejor tradición académica, se mantienen en la versión definitiva -reforzados incluso cuando se trata de rostros o de manos-, pese a la factura rápida y esmaltada, a base de toques menudos, de los trajes y el escenario. Así habían trabajado ya Fortuny o Martín Rico y así trabajarán los pintores mundanos de fin de siglo. Algunos, como Sorolla, disfrazándose de «plenairistas»; otros, como Sánchez Barbudo, acentuando hasta el paroxismo las recetas de la vieja escuela. Todos, en cualquier caso, buscando esas calidades comestibles de que hablaba Umberto Eco a propósito de los retratos de Boldini: los cardenales se comen su langosta y nosotros nos los comemos a ellos.
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