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Rock y violencia en el recital de Stranglers

En un clima de violencia veraniega actuaron el pasado miércoles en Madrid los Stranglers y 999. El Alcalá Palace se encontraba lleno hasta rebosar de unos incipientes veraneantes con unas ganas de marcha que no se correspondían con el calor asfixiante de la sala. Comenzó el concierto 999, grupo punkie al que afortunadamente se pudo ver en un local adecuado. Si 999 hubieran actuado en un pabellón polideportivo, se habría perdido la mayor parte de su encanto. Su música no es nada más que rock frenético, animal y neurótico; tanto como las actitudes y la presencia física del mismo grupo. Metidos en aquel horno, flotando tortas en el ambiente y en presencia de un público desmelenado, 999 acabaron casi histéricos, felices y contentos por haber conseguido como de teloneros un éxito bárbaro, edificado casi en exclusiva sobre un ritmo imparable.Tras una corta espera aparecieron Stranglers, grupo inglés que sólo de forma lejana tiene algo que ver con el punk. Las coincidencias se basan en el ritmo machacón y en unas letras de carácter bestial; ahí cabe todo. Por lo demás, ni la complejidad de las composiciones ni la utilización de efectos con el sintetizador son demasiado punk. Lo cierto es que Stranglers son un buen grupo de rock, con buen sonido y buena imagen.

Lo que sí quedó demostrado una vez más es la absoluta falta de solidaridad que al parecer provoca esta ciudad. Resulta lamentable el talante borde con que se manifiestan algunos con sus circunstanciales compañeros de platea. Las tensiones registradas por cuestiones tan idiotas como que alguien le ha quitado su sitio al vecino se encuentran siempre al borde de la bofetada. Ocurre que aún quedan quienes no desean emplear ese método para convencer al vecino. Aunque es posible que al final ése sea el último y generalizado argumento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de julio de 1978