Crítica:CINECrítica
i

El buen cine español

El mundo de los colegios, religiosos o no, siempre ha tenido y tiene amplia filmografía. Sólo es preciso echar la vista atrás y recordar al vuelo cuántos cientos de muchachos y muchachas de uniforme desfilaron hasta hoy ante nuestros ojos, llevados de la mano de realizadores, sobre todo extranjeros.Pues si, en literatura, tales temas fueron abordados, en nuestro cine, ni siquiera ese afán de imitar empeños exteriores ha llevado a tocar tales temas afines, fundamentales para comprendernos y de posible realización entre nosotros desde el punto de vista de ambientación o actores. Si hasta hoy tales proyectos -si es que los hubo- no llegaron a tomar cuerpo, se debe en gran parte a la censura. Hablar de ella en el cine resulta ya un tópico, pero hay tópicos que son verdad y es natural que un filme que diera la medida de lo que ha sido, y quizá es aún, un colegio religioso en España, era hasta hace poco irrealizable y mucho menos tal y como lo ha planteado en su película José María Gutiérrez.

Arriba hazaña

Guión: José Sésamo y José María Gutiérrez. Dirección: José María Gutiérrez. Fotografía: Magi Torroella. Intérpretes: Héctor Alterio, Fernando Fernán Gómez, José Sacristán, Gabriel Llopart, Luis Ziges, Quique San Francisco.Dramático. España, 1978. Local de estreno: Gran Vía.

El caso es que sin necesidad de tenebrismos, sin halago, pero con rigor, aquí tenemos ese colegio hoy, con sus problemas de libertad y servidumbre, con sus recuerdos agrios y no por cierto melancólicos, sino apuntando certeramente a la psicología individual como escalón previo a los líderes de grupo. Que ese grupo y, esos colegiales representen a la actual España predemocrática en cuestión que no atañe de modo fundamental al fondo de la historia, ni mucho menos a su interés auténtico. Su interpretación supondría, sobre todo, un punto de vista generacional, por llamarlo de algún modo. A los que conocimos ese tipo de enseñanza en esas mismas casas años atrás podría parecernos su realidad demasiado politizada; a aquellos que pasaron por ellos recientemente o entre sus muros viven todavía les parecerá, probablemente, un colegio real con sus problemas habituales no muy distintos de los que plantea extramuros la vida cada día.

Desde el punto de vista cinematográfico es preciso decir ante todo que el guión, a partir de la novela El infierno y la brisa, y por supuesto de recuerdos personales, narra perfectamente una historia española y actual sin un solo fallo dramático, sin concesiones innecesarias y, por supuesto, sin llamadas a divismos al uso. Entre el humor, la burla y la emoción a veces, va mostrándose la realidad de la vida en el colegio a partir de unos personajes muy bien trazados, repartiendo por igual recelos y simpatías, en un cuadro afinado, vivo y totalmente aceptable, subrayado por la calidad de los diálogos. Quizá las secuencias menos convincentes sean las que se refieren a la labor del nuevo director, pero, excepción hecha de tales momentos, es dificil sustraerse al encanto bienhumorado del relato más agresivo de lo que parece.

Realizado exactamente tal como la historia requería, en un estilo seco y concreto, basa gran parte de su eficacia en sus actores. Héctor Alterio, como complejo director, expresa muy bien sus dudas ante los alumnos, con su amor especial por ellos, capaz de hacerle sufrir sus desafíos y desdenes con tal de no pechar con una soledad que atañe, más que a la suerte de la institución, a las flaquezas de su cuerpo. Fernando Fernán Gómez, ante esa misma soledad, a medias clérigo y a medias soldado, con sus sueños de mando y su canario objeto de ternura como en todos los grandes dictadores, cierra un conjunto que completan otros personajes eficaces y menores.

Todo ello se halla dado -parábola incluida- de tal modo que el público, desde el primer momento, lo acepta y entiende. Ello y el buen estilo del realizador, es decir, su saber narrar cinematográfico, caso verdaderamente excepcional entre sus compañeros más o menos jóvenes, suponen el principal mérito de esta película.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 08 de junio de 1978.