Como el caballo del Cid
Gracias, Gonzalo Martínez. Gracias, Torbado y EL PAÍS. Desde la subjetividad, la lírica, lo estrictamente. personal, gracias por haber hecho saltar, una vez más -¡ojalá la última!- las 99 gotas de sangre celtibérica que almaceno -la otra es euskera y no la quiero perder-. Lo objetivo, lo concreto, el expolio multisecular, bien presente hoy, lo habéis puesto magistralmente vosotros.Uno palpa la tierra que va quedando seca -¿por qué tiene que quedar seca una tierra con brazos que la trabajan con primor, como se quiere a un bebé?-, las calles tranquilas, alguno diría muertas, de los pueblos -¿por qué los jóvenes emigran y se ahogan en ellas?-Y se pregunta por qué tiene que aterrizar en este Madrid, o en este Bilbao, o en este Barcelona, rodeado de extremeños, castellanos nuevos, andaluces y paisanos de esa antigua unión viejocastellanaleonesa. Y quisiera echar la culpa a alguien: a las oligarquías caciquiles, vendidas a la comodidad del mejor postor; a los eclesiásticos, militares y profesionales estancados en sus puestos; al pueblo rudo, acallado en la labor -¿sin sentido?- de cada día; a los que hemos salido, sin ninguna intención de volver al solar que se empobrece en estos tiempos de especulación.
Y, sin embargo, recuerden, todavía es verdad la metáfora usada en las riberas del Arlazón: todavía hay quien los tiene como el caballo del Cid. Y, - ¡quién sabe!-, bajo el silencio adormecido de los siglos, el buen Cid cabalga y puede despertar con rabia, con trabajo y con ideas.


























































