En memoria de Jorga Cafrune
Con Jorge Cafrune nos vino una imagen de Hispanoamérica bien diferente de aquella que hasta ese Momento se encontraba definida por Jorge Negrete, por las almibaradas versiones de María Dolores Pradera y del inefable trío Los Panchos. Cafrune fue más una imagen concienciadora que una verdad probada y contrastada. Nadie tuvo tiempo de ahondar en su pasado, en sus convicciones más íntimas. Las reservas mentales que en algunos provocaba esta presencia barbada de gaucho gordo y endomingado se ocultaban celosamente. Alrededor de Cafrune se extendió una complicidad inocente que él, consciente o inconscienteniente, nunca defraudó.Los que en la segunda mitad de los años sesenta asistíamos a los balbuceos universitarios de la canción popular castellana sabíamos sus canciones de memoria. Esas mismas canciones eran cantadas en los veraneos por el amigo/a que sabía tocar la guitarra. Mientras esperábamos que surgiera una canción con la que identificarnos, Cafrune (más cercano que Atahualpa o Violeta) servía de polo de atracción para quienes buscaban en la canción un contenido que permitiera sobrellevar omnipresentes y semidesconocidas censuras.
Cafrune, tal vez sin saberlo, pasó por nuestro país dejando una tenue pero perceptible estela de esperanza. Después se fue y habrá quien diga que pasó al limbo de los olvidados. Sin embargo, sus discos usados permanecen aún en las colecciones de muchas personas que escucharon (o quisieron escuchar) en ellos un primer grito de libertad.
Ahora Cafrune ha muerto desde su caballo. Una muerte que, cosas de la nostalgia, hace revivir otros años, otras emociones y una cierta gratitud al payador sin importar que fuera o no perseguido.
La importancia de un cantante viene dada por muchos factores. En el caso de Cafrune, el factor principal fue un momento, una época determinada.
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