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Tribuna:

El mundo de Arlequín

Allardyce Nicoll, el famoso historiador inglés, director del departamento de arte dramático de Yale, publicó hace quince años un espléndido estudio crítico sobre la Commedia dell'arte, que aparece ahora entre nosotros, publicado por Barral, bajo el título de El mundo de Arlequín. La edición se propone, con un prólogo corto y lúcido, de Guido Davico Bonino, en que el profesor de Bolonia reconoce la autoridad y vigencia del trabajo de Nicoll y recuerda a los españoles que ya en 1538, fecha en que, según parece, una compañía italiana participó en las fiestas del Corpus sevillano, la comedia del arte tuvo actividad entre nosotros. Lo que, por cierto, equivaldría a sostener, divertidamente, que la fase europea de los comediantes italianos es anteriormente legal a su nacimiento regular, legitimado en Padua en el invierno de 1545.Lo importante de este dato no es su picardía, sino su valor testimonial como ingrediente en la formación de nuestro teatro nacional. Actores y arquitectos se renovaron, pisaron los escenarios, profesionalizadas como actrices, las primeras mujeres españolas, y, naturalmente, la vida teatral, liberada con Lope de Rueda de sus ricos patronos, encaró con Lope de Vega su reafirmación dentro de un clima cultural por el que estaban transitando los comediantes italianos. (La historiografía aquí es, casi toda, de tendencia romántica: Mérimée Schack y Menéndez Pelayo quieren creer en una formidable espontaneidad lopesca.) Directa o indirectamente -quiero decir a través del teatro valenciano- Lope de Vega, dramaturgo culto, conoció la influencia del gracioso y lo utilizó hasta un desarrollo máximo. En las propias y maduras explicaciones de Lope está implícita la anterior existencia de esas figuras.

El valor del libra de Nicoll, impecablemente traducido por Carlos Manzano, reside en la ponderada utilización de unos documentos generalmente interpretados de forma primaria y colorista. Nicoll parte del irrefutable dato de que Arlequín es absoluta y rigurosamente contemporáneo de Hamlet. Dos géneros distintos, dos personajes casi antagónicos, el héroe de la tragedia y el héroe de la fiesta, nacen el mismo año. Dos siglos se mantiene el teatro de Arlequín -la denominación Commedia dell'arte es del siglo XVIII- penetrando y generando vida teatral desde Valencia a Moscú. Sus virtudes, a menudo regateadas, eran una excelente combinación de acción y lenguaje, con el propósito de organizar una comedia y no una buffoneria. Por eso insiste Nicoll en que se comete un error si se clasifican como meros «tipos» a los personajes de la comedia del arte. Son tipos de variantes casi infinitas y, por tanto, disponibles para ser configurados como seres vivos (un excelente ejemplo de ese poder dinámico sería, por ejemplo, la transformación del Pedrolino alegre e intrigante en el triste y simple Pierrot). De ahí que la correcta traducción del «arte» de esas transformaciones sea «habilidad». Y así Comme, dia dell'arte vendría a ser comedia de habilidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de agosto de 1977