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Crítica:CRÍTICA DE EXPOSICIONES

"Verso y prosa" y sus pintores

Están por estudiar -se estudian poco a poco- nuestras vanguardias históricas. Lo que gracias a análisis de detalle o a rescates documentales va conociéndose es el perfil más exacto de un territorio en que también cuentan los caminos laterales, las frustaciones colectivas, los equívocos mantenidos por el tiempo. Clarificar todo esto tiene gran importancia para un hoy no tan desligado -ni aquí, ni fuera de nuestras fronteras- de aquellos puntos de arranque. De cómo en cuestión de muy pocos, pero muy intensos años ( 1914-1920), del simbolismo -o, todo lo más, del noucentisme y sus equivalentes castellanos- se pasa a la vanguardia. De cómo, mientras en París, Gris o Picasso llevan años en la brecha de la modernidad, aquí habrá que esperar a que en medio del silencio o de la risa, Ramón patrocine a Los Integros; a que Torres García prefiera la trepidación portuaria cubista (casi la de la «Oda Marítima», de Pessoa) al ideal clásico orsiano; a que Salvat Papasseit se declare no ya gorkiano sino un enemic del poble desde su Barceloneta proletaria; a que bajo los frisos parnasianos de Grecia, en Sevilla, Isaac del Vando Villar acoja a Dadá y a Ultra como, en general, a todo lo nuevo; a que extranjeros llamados Picabia, Huidobro, los Delaunays, los Borges, Barradas, remuevan las tranquilas y académicas imprentas patrias. Y de cómo, unos años después, cuando se celebre el aniversario gongorino, en las páginas de Mediodía o en las de Litoral, el Sur no acoja una agitación tan aparente; y se asiente, en una falsa estabilidad que ya turbaran los años treinta, el debate entre una poesía pura a lo Valéry y un surrealismo que nadie llevará a sus consecuencias radicales, pero que en el ambiente flota; de cómo entre los pintores igualmente habrá quienes tras el período clásico «ingresco» de Picasso no dudarán en cultivar la nueva objetividad o, sin más rodeos, la academia post-cubista, mientras otros permanecerán o se lanzarán a otras aventuras.Es esa segunda edad de la vanguardia, la del veintisiete poético, la que está viva en las páginas de una revista como la murciana Verso y Prosa, reeditada ahora en facsimil (1) y sobre la que Turner, Libros ha abierto una pequeña e interesante exposición. La ciudad, delicada y polvorienta en el recuerdo de Ramón Gaya; la Universidad, recién estrenada y en la que el catedrático de Historia Literaria se llama Jorge Guillén; las huertas, las tapias, las pequeñas fábricas como la que en el cuadro de Luis Garay asoman su chimenea junto a una palmera; la estampa (dibujada por Gaya) de Juan Guerrero, animador de la revista, al que Lorca llamara «cónsul general de la poesía», el amigo de Juan Ramón, sumido en la lectura de las publicaciones hermanas que dibujan una geografía otra.

Turner Libros

Génova, 3

La historia es sencilla. Empieza con el suplemento literario de La Verdad, arduamente defendido por el. entonces redactor-jefe del periódico católico, José Ballester, frente a los detractores, que abundaban tanto dentro del mismo diario como -a todas luces- entre las clases conservadoras de la ciudad. El proceso, el progresivo despegue de un grupo intelectual de sus coordenadas «de clase», tiene una lógica que conduce en un determinado momento a la constitución del suplemento como revista aparte, y de diseño muy avanzado. Esto ocurre en enero de 1927, justo cuando en Madrid se inicia la gran empresa de Giménez Caballero y Guillermo de Torre, La Gaceta Literaria. Los mismos nombres que aparecen en ésta, los publicará Verso y Prosa a lo largo de sus doce números, el último de los cuales es fechado en octubre del año siguiente. Aunque no sea éste lugar para un análisis a fondo, sin duda tiene razón Gaya al comentar que Guerrero poseía una gran seguridad a la hora de aunar los materiales que recibía para componer el boletín: «regateando cada cosa, escondiéndola, valorizándola». Sin olvidar, por supuesto, el nada despreciable papel de Guillén como asesor.

Hablar de los escritores que allí publican, equivaldría a hacer un recuento de la llamada generación, del veintisiete y de sus aledaños. Para el campo que nos ocupa, bien reflejado por la muestra de Turner, lo más vanguardista son los. dibujos y cartas de Lorca y los maniquís de Maruja Mallo (presente en las páginas de la revista, pero que en la exposición figura con un cuadro de máscaras, pintado ya en su exilio argentino). Un bodegón de Gregorio Prieto, fechado en 1927 y en el que el motivo central son ejemplares de Verso y Prosa, nos acerca más -a pesar de su distinta procedencia- al mundo peculiar y más tradicional de los pintores murcianos vinculados a la revista. Estos -Pedro Flores, Luis Garay y Ramón Gaya- ilustran la mayoría de los números. Entre los tres ocupaban. la escena local avanzada, aunque también. tuvo en su momento importancia un núcleo de pintores ingleses de los que uno -Cristóbal Hall, residente entonces en Alcalá, de Guadaria- figuraba en las páginas de Verso y Prosa con su obra de un realismo casi mágico.

Flores fue con el tiempo, para bien y para mal, uno de los pintores españoles de la Escuela de París. Garay ha tenido una trayectoria local. En cuanto a Gaya, como es sabido sigue pintando hoy, y tuvo su papel durante la guerra en el seno de Hora de España. En 1927 los tres eran jóvenes «que prometian», y como muchos pintores de aquel momento cultivaban no la pintura surrealista, sino el post-cubismo.

(1) Galería Chys. La edición es de setecientos ejemplares.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de marzo de 1977