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Crítica:

Pintar para tener algo que mirar

Con retraso y en miniatura acaba de llegar a Madrid el pop-art y también con la imprevisible paradoja de abarcar, en su demora, los dos frentes en que una manifestación artística, o comunicativa, tan propia de nuestro tiempo, planteó la batalla Londres y Nueva York Trazada hace unos días, la crítica de las exposiciones del británico David Hockney y del yanqui Andy Warhol, hoy Gonzalo Armero nos ofrece la reseña del también norteamericano Claes Oldenburg, junto a otras consideraciones generales en las que abunda Santiago Amón, para cerrar el ciclo.

Hace algo más de un par de lustros, algún lector ocasional pudo ver, en las revistas, cierta imagen de un señor que, tocado de sombrero y abrigado por gabardina, recorría la acera de una calle de la gran ciudad, dramáticamente abrazado a un inmenso tubo de dentífrico. Era una imagen que, acogida por el gris tenue de la noticia, llegó como aviso de aquellas cosas que habían de cambiar para que todo fuera de otra manera. Ahora, al cabo de los años y esta vez felizmente coloreada, aquella misma imagen que llegó con el cartero para anuncio de la exhibición que de la obra gráfica de aquel simpático señor, tocado de sombrero y abrigado por gabardina, se iba a realizar en Madrid. Se trataba de un tal Claes Oldenhurg. Cualquier visitante medio que hubiera perdido los últimos años en seguir la pista de los dimes, diretes y avatares de Oldenhurg, o de cuales quiera de sus amigos, no debería zafarse de un cierto papel inquisitorial. Dos preguntas aparecían evidentes: ¿Es el pop un arte costumbrista?, y, de ser así, ¿no nos llega un tanto fuera de tiempo y de lugar? y ¿qué ocurría mientras tanto por estos lugares? La primera pregunta sugiere una respuesta afirmativa. El pop se nos presenta como una especie de engendro nacido de una unión no querida entre por ejemplo. Marcel Duchamp y un tal McLuhan en una noche de tormenta de verano.

Claes Oldenburg

Fortuny 7.

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La coincidencia temporal de esta muestra con otra de Warhol dejará en el espectador una sensación análoga a la que se produciría otra de arte primitivo africano: ¿qué costumbres bárbaras son esas de las sopas Campbell o de las hamburguesas con pepinillos?, ¿son marcianos? La segunda pregunta tendría una respuesta consecuente a la primera. Eran marcianos. Mientras por allá, en el lejanísimo Nueva York, se inventaba la imagen cínica exuberante e inequívoca de una sensibilidad nueva, aquí se elaboraban torpes proclamas en favor de un desnutrido informalismo cercano a la óptica de Solana o de Valdés Leal, sumergido en la provincia y producto, lo quieran o no. de aquel señor que dicen que existió y que era todo un dictador.

Un discurso sobre estas gentes que campearon, con ínfulas vanguardistas, por estos lugares, fue la primera intención con que extender estas líneas, pero la mediocridad del tema aconsejó contrario. Había otros más contemporáneos.

El artista y su público

Viendo la actual exposición madrileña y recordando lo no expuesto, un cuarto de siglo de actividad plástica, resulta digno de admiración el empeño de Oldenburg en crear a su imagen y desemejanza un decorado ficticio para sus horas. Se puede, se debe pensar que pintaba para tener algo que mirar, que era una afición y una emoción. Así como otros llenan sus días haciendo magníficas reproducciones del edificio de Correos con mondadientes. Pero si Oldenhurg expone en el lejanísimo Madrid, si sus productos forman parte de los más selectos museos y colecciones, si su obra sirve de faro y espejo para jóvenes hornadas de plásticos si es punto y parte de reflexión de articulistas, críticos, teóricos o historiadores, es por que Oldenhurg se empeñó en una curiosa -levemente siniestra— aventura, la de ser artista así que pasen cien años.

La venial acción de aquel que empuña un pincel untado en color y que mediante un leve gesto inunda un territorio con nuevos colores, olores y sabores no es razón suficiente para persistir en ello. El hecho de que dicho empuñador de pinceles encuentre favorable respuesta en el medio, amplio o restringido, en que se mueve, motivo debiera ser para rehuir el hallazgo y cambiar de tercio, más que para la triste complacencia con el público y la aceptación de un estilo, producto de tales y tan públicas bodas. La necesidad de identificación que tiene el público para con los artistas es la que tiene el artista para con el público. Los artistas, del cuplé o de la espátula, se deben a su público, al que no deben defraudar. El artista debe evolucionar, pero siempre que juegue el papel que se le concedió. Puede ser osado, insolente, anarquista, alcohólico, o pasear con un mono al hombro. Todo se le permite, sobre todo, sí desconcierta mucho a su público: todo, excepto una cosa, que deje de ser artista, que traicione su estilo y les deje desprovistos de su coartada estética, la misma coartada, por el envés, que sirve al artista de barato artículo de subsistencia, olvidando que la emoción no tiene destinatario ni compañía posible. Que la emoción de inventar un territorio. Si se condena a costumbres y profesión, puede generar todo ese mundo malsano y pobretón que llamamos arte y del que se puede hacer modus vivendi et moriendi.

«Pintar para tener algo que mirar.» Como aquel adolescente jesuítico que maldibujaba señoras estupendas y desnudas y a su vista complacerse. Quizás esté en este sentimiento, ajeno a toda comunicativa complacencia, la madre del cordero de ese leve matiz que ya desde antiguo dividió a la humanidad en dos sexos, el de aquellos que pintaban para tener algo que mirar y el de aquellos que lo hacían para que los otros tuvieran algo que mirar, el de los nobles y el de los siervos. Aquellos que hicieron profesión del humano gesto de llevarse un lápiz a las manos recibirán su merecido castigo: sus nombres y sus obras colgarán exánimes de las páginas de los manuales. De los otros no quedará recuerdo ni imagen. Mientras tanto, el clown, el artista para regocijo de grandes y mayores nos seguirá deleitando con aquellas obras que como en el caso de Oldenburg, nacieran de la mano de la sensibilidad y la inteligencia, aunque las repitan hasta la saciedad como actores de dramas muy antiguos.

Bien está, quizás, esta disgresión sobre los orígenes de ese impulso que convoca al hombre a hacer cosas inútiles y acerca de la sana conservación de tal impulso pero nunca ello será obstáculo para que Claes Oldenburg deba ser considerado como uno de los más lúcidos plásticos de lo estrictamente contemporáneo, pero ¿a quién importa ya eso?

(A propósito del tema y como aclaración al entrecomillado del título de este excurso, he de aclarar que son palabras de un viejo maestro pintor y neoyorkino. quien. en entrevista, dijo: «Pinto para tener algo que mirar, pero mientras existan gentes adineradas que paguen por conservar ese triste recuerdo de mis manías, considero conveniente el hacerlo cada vez mejor.»)

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 1977

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