Grandes orquestas en la clausura del festival de San Sebastián
Con un gran concierto de la orquesta del arreglador y trompeta Sy Oliver, terminó el domingo por la noche el XI Festival Internacional de Jazz de San Sebastián; con una sección rítmica sólida, sobria, eficaz y brillante, los viejos ternas de las orquestas de Lunceford, Dorsey y Ellington, parecieron quedar colgados en el tiempo y revivir una vez más en el bellísimo marco de la plaza de la Trinidad.Pero, retrocedamos al sábado para fijarnos en la actuación del grupo francés «Swing Machine» con el batería Sam Woodyard, que era el encargado de acompañar a dos ilustres ex ellingtonianos: el trompeta Cootie Willianis y el trombonista Booty Wood. Uno de los muchos axiomas que uno ha acumulado a lo largo de los años pasados dentro del jazz, es el que explica que, quizá con la única excepción de Johnny Hodges, ningún músico de Ellington ha triunfado lejos del maestro y la mayoría de ellos tuvieron que volver al redil. A Cootie le falta ahora el peso necesario para mantener un concierto y Wood nunca fue un solista destacado.
El domingo, como ya hemos dicho hace un momento, las cosas fueron distintas: el irresistible encanto de la música de las big-bands, (por más que Sy Oliver sólo presentara diez músicos) volvió a resurgir y sonaron otra vez el Ain't she Sweet, Don't Blame Me, Perido etc.., con el sabor de siempre, con la elegancia que Sy Oliver ha sabido derrochar a lo largo y ancho de su carrera y con el ánimo dispuesto y el espíritu adecuado que, en tocarlos, pusieron sus músicos.
En el descanso se entregaron los premios del concurso de jazz aficionado. El grupo ganador en la especialidad de jazz tradicional fue el grupo danés «Peruna», cuyo mayor mérito radica en ser una fídelísima imitación del jazz Nueva Orleans, sin poner prácticamente nada de su parte. En jazz moderno el ganador fue el «Wolf Jazztet Prague» de Checoslovaquia, lo que si bien aparentemente se hace extraño a primera vista, por cuanto hubo al menos tres grupos («Puls», «Koszegui Rhytlim» y «Macaco») muy superiores a él, deja inmediatamente de serlo cuando uno descubre que dos de los miembros del jurado eran nacidos en Checoslovaquia.
Y así, mientras al jurado se le vio claramente el plumero, el festival se cerró con el que indudablemente fue su mejor concierto.
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